Podía sentirlo. El aire palpitando en el aire. El bosque rejuvenecido y sus flores rotas recuperadas por la primavera. La tierra muriendo con una sonrisa – gracias amigo, esto no lo olvidaré – obviando las últimas palabras antes de su largo sueño. El hombre caza al hombre, a la oveja, al lobo y a la tierra. El hombre morirá el último, el más pobre, el más triste, ahogado por las lagrimas que dejará por la oportunidad perdida. Alfred procuraba ocupar todo su tiempo en proteger el viejo robledal que vivía tras su finca. Los troncos gruesos a los que se abrazó de pequeño eran toda su familia, como sus hojas, tan bellas de marrón como de verde vestidas. Podaba minuciosamente cada rama, acariciaba cada brote y saludaba cada nuevo día con la esperanza de que todos los árboles siguiesen allí. Hacía un par de meses que iban desapareciendo. En sus paseos matutinos podía encontrarse con un enorme agujero, donde algunos gusanos se asomaban desconcertados, ni tan siquiera las raíces permanecían allí. La luz que antes no se filtraba al suelo, ahora daba calor a una nueva vida seca. La humedad se evaporaba y hacía tiempo que no llovía. Aún así era un misterio. Un árbol no se levanta y camina y un hombre no puede arrancarlo de cuajo sin ser oído, visto o al menos sentido.
Federico Cadáver vivía bajo tierra. Cuidaba del robledal que había junto a la casa. En cada lugar, cada bosque, cada mar o cada pantano hay un pequeño hombre con el ceño fruncido, que vive bajo tierra, como un feo ángel guardián de la naturaleza. Federico Cadáver tenía una cuerda. Tiraba de ella, accionando el habitual chirrido de una polea que restaba resistencia a las raíces atadas por la soga. Con un poquito de esfuerzo el árbol daba la vuelta y se tendía copa abajo bajo tierra, dejando un enorme orificio. Lo mismo pasaba con el agua, el aire y todos los seres vivos que con hilos invisibles estaban atados al mundo. Federico Cadáver era testigo todos los días de un monumental paisaje, donde los monos recorrían kilómetros sin tocar el suelo, donde las plantas, de tantos colores que su visión mareaba, se descapullaban sin recelo cada nuevo sol. Su sol. Allí, a pesar de aquel techo de tierra, se podía respirar.
En Madrid, un chico de unos quince años, llamado Pedro, trataba de encestar una lata en una papelera y se jactaba de haber fallado.
En Grecia, el equipo completo del Panathinaikos se acicalaba en el vestuario tras el partido, usando todo tipo de lacas y desodorantes.
Un poco más lejos, en Tokio, una mujer, a la que acechaba la cincuentena, en pleno ataque de nervios, rompía una hoja tras otra en sus vanos intentos por escribir un poema de amor.
Federico Cadáver tiraba de su cuerda y un nuevo roble se filtraba por el suelo, hacia el gran invernadero de los ángeles guardianes de la tierra.Alfred no lograba entender nada. Llegó a pensar que se volvía loco cuando tres mañanas seguidas contó una árbol de menos bajo la luz del sol. Su sol. Continuaba sus quehaceres con la parsimonia habitual, aunque receloso de que el bosque tuviese vida propia. Trepó a un roble alto, comido por los musgos. La impresionante copa se coloreaba con los haces de luz y con el rocío de la mañana. Hados multicolores saltaban de unas hojas a otras, mientras Alfred se encaramaba de rama en rama, como había aprendido de chico. Portaba una casita de madera para pájaros que colgaría un poco más arriba, donde los Chipes de cara dorada se posan cuando vienen atraídos por el calor. No lo vio venir. La casita se descolgó hasta el suelo, segura de lo que iba a ocurrir. Un leve crujido inundó el bosque, como un mecanismo accionado, un tanto oxidado, siempre olvidado. El roble comenzó a hundirse tan lentamente que Alfred dudó si saltar o no, pues podía ser un temblor pasajero, mas cuando la copa ya tocaba el suelo decidió apearse y huir, sin darse cuenta que al hacerlo el árbol ya se había hundido completamente, como una trampa, a una velocidad inaudita. Si el árbol cobraba vida o la tierra se había vuelto majareta ya poco le importaba ¡se ahogaría si seguía tragando tierra.
!Y se hizo el aire y la luz y la vida! y Alfred vio como sus robles se extendían bajo la capa superficial del único mundo que conocía. Anegados de una luz tenue y un canto de grillos. Todo al revés, pero hermoso y vital. Las aves volaban encantadas, los ratones cuchicheaban, como siempre,. con cada nuevo inquilino y Federico Cadáver, tan sólo, saludó.
– No se como has llegado aquí, pero hola y bienvenido –parco y seco en palabras, Federico, no pronunció nada más y se acercó a inspeccionar el estado del recién llegado roble.
Alfred permanecía boquiabierto, se dio cuenta que hasta se había olvidado respirar. Lo hizo antes de desmayarse. Recuperó el calor en sus mejillas y contuvo sus inevitables ganas de gritar y echar a correr.
– ¿Qué...qué es esto?Federico le observó de reojo, mantenía un par de hojas en la palma de la mano, las introdujo cuidadosamente en el bolsillo de un ancho pantalón de cuadros marrones y verdes y continuó con su inspección.
– Contesta por favor –insistió Alfred, que veía como toda su vida había dado la vuelta en cinco minutos, con uno de esos giros del destino que nadie alcanza a comprender.
Lo peor es que quizá jamás volviese a ver el sol. Su sol.Federico Cadáver contempló los focos que iluminaban la majestuosa cúpula subterránea, a los pequeños topos que giraban grandes ruedas para producir energía y cavaban túneles para filtrar más rápido el agua; y miró a las hojas ulular.
– Es un invernadero, maldito tonto -dijo asombrado de tener que ofrecer tal verdad.
– ¿Y no os parece un poco artificial esta obra contra la naturaleza?
– Yo vivo bajo tierra, pero conozco todo lo que sucede arriba –pronunciaba pausadamente el ceñudo guardián –y se que lo artificial reina arriba, aquí la palabra para definirnos es precaución.
– Pero nos dejaréis sin árboles ni animales.
Federico se carcajeó con un gruñido agotado. Negó con la cabeza y siguió a lo suyo. Pero, Alfred tenía ganas de insistir, de encontrarle un significado más allá de lo extravagante de la situación.– ¿Cuándo estos seres verán el sol o notaran el aire cortar su figura, si permanecen a una milla de todo ello?Federico cerró sus puños y afianzo las piernas en el entablado recio que cubría todo el suelo, parecía que iba a embestir.
– ¡Cuando el ser humano se de cuenta de que la tierra no es su tierra, que el aire no es su aire y que el sol no es su sol!
Dicho esto se dio media vuelta, en dirección a una madriguera donde unas ramas taponaban la entrada. Alfred dudó. Se sentó abrazándose las rodillas. Así se sentía más seguro de si mismo. Quizá, aquel hombre desaliñado y con un tic en el ceño, quería decir que no éramos libres y estábamos sujetos a unas normas de convivencia con lo natural o tal vez defendía que la evolución no es más que la aplicación de esas normas. Desde ese punto de vista éramos los seres más idiotas del planeta. Hermoso punto de vista. Comprendió que debía irse.
– Deseo volver. Deseo que todo cuanto vive aquí, regrese. La gente debe comprender y tal vez una voz más no cambie las cosas. Pero las voces aman a las voces y en algún momento sabremos que el rumor que corre no somos nosotros quejándonos sino la tierra, que le duele.
Federico Cadáver estaba convencido de eso desde siempre y agradeció que alguien “de arriba” estuviese de acuerdo. Los dos últimos que bajaron, muy su pesar, no duraron ni cinco minutos antes de coger los frutos que un ratón deseaba mordisquear. Se compadeció de él y de la bondad que el hombre, realmente, lleva dentro. Mucho. Demasiado. Ato a Alfred a su cuerda, invirtió el mecanismo y se preparó para tirar. Ya no hablaron. Con un gesto de cabeza los dos se dijeron “hasta otra”. Adiós amigo, esto nunca lo olvidaré. Cuando Federico tiró de su cuerda, el artilugio ronroneo haciendo vibrar todos los robles; en ese momento sus bellotas se desprendieron formando una lluvia de frutos que repiqueteaban contra el suelo y el eco amortiguó su caída. Para regocijo de las ardillas.Alfred colocó en cada agujero de su bosque, perdón, del bosque, unos carteles en los que oraba “Te esperamos amigo” y rezó para que en poco tiempo todo volviese a su rumbo y la tierra girase tranquila.
Él convenció a los que pudo.
Publicado en el Magazine Siglo XXI (Mayo 2007)
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