Baye Bayaye era un vendedor que iba en bicicleta. Solía salir todas las mañanas con un amasijo de cestas, ganchos y bolsas sobre las dos ruedas que, a ritmo lento pero marcial, surcaban los inexactos caminos de la selva ruandesa. Llevaba cerca de un mes enamorado, por eso recorría todos los días los diez kilómetros que separaban su cabaña de la de Okello, una mujer algo madura pero hermosa, a cuyo cargo tenía cinco niños y un marido. Se había visto con ella un par de semanas, aunque Baye al que realmente deseaba era a su marido. A Baye Bayaye le gustaba su porte y pensaba que no le quedaban nada mal las camisas blancas.
Despertó esa mañana algo cansado, y eso que la bendición de la sombra selvática daba a los amaneceres un aire distinto al de la ciudad. Casi fresco. Después cogió la bicicleta y se estiró durante unos minutos. Partió rápido pues tampoco había nada para desayunar.
Llevaba un rato pedaleando, sorteando la maleza y el resto de abundancia desordenada y adivinando unas sendas sólo aptas para ojos expertos, cuando rememoró el último beso. Llevaba un mes bastante bueno. Muchas noches, de vuelta en su esterilla, aún le parecía sentir esos besos, su calor y su ternura. Y luego, durante la hora y media que tardaba hasta casa de Okello, le servían para divagar y alimentar algunas esperanzas.
Era su primera ruta de la jornada y no deseba hacer más. Pero era lo que tocaba. La aldea contaba con ciento veintitrés vecinos repartidos en veinte cabañas. Aunque Baye casi siempre visitaba aquellas en las que le ponían un cuenco de cacahuetes. En las que le ponían cerveza, a veces. Sea como fuere pasaba 16 horas al día cargando los bultos llenos de peines, paños, cuchillos y otros útiles en boga de ese momento del mercado. Pasaba otras tres horas en el bar. El bar le gustaba. Allí podía discutir y beber.
Esta vez tardó menos tiempo, había pedaleado rápido. Aparcó su bicicleta frente a la puerta de chapa de la casa de Okello y cogió un par de bolsas. Entró y dio una voz. Okello llegó en seguida, debía estar en el huerto. La saludó de forma imparcial. Su marido venía con ella, impoluto y con una expresión distinta. Los niños, a estas horas, debían de estar dando patadas a una lata. Ella le sirvió algunos cacahuetes en un cuenco.
Baye empezó con los cepillos. Había del pelo, grandes y pequeños, otros muy finos para los dientes y alguno coloreado para las coquetas. Estos eran los preferidos de Okello. Casi los coleccionaba. En cinco años ya tenía tres. Esta vez escogió uno azul con líneas amarillas. Al cogerlo rozó la mano de Baye.
La mano de Okello es aspera y pequeña, de gestos pausados. La de su marido también es áspera, pero robusta.
Ya caen algunas cáscaras de cacahuete al suelo cuando Okello niega con la cabeza. No hay dinero para el cepillo. Pero quizá sí para uno de los cuchillos. Había conseguido bastantes en su último viaje a la ciudad, en el campamento que hay junto a la carretera. Mientras la gente espera a que un camión llegue y, si hay suerte, les lleve, van vendiendo sus pocos objetos personales. Casi nunca les recogen, así que muchos mueren allí, y si Baye está presente, algunas cosas le salen gratis. Como esos cuchillos.
Cuchillos hay de dos clases. Los afilados y los que sirven para matar. Los afilados vienen bien para las tareas del día a día, hasta que se desafilan por enésima vez y se convierten en cuchillos para matar. El marido de Okello le ha echado el ojo a uno para matar y Baye se lo ofrece sin un pestañeo. Mientras lo escruta, Baye mira los ojos de Okello. Los mantiene en otro punto de la casa. También evita hablar. La cabaña permanece demasiado silenciosa.
Alguien debería cortar ese ambiente.
Baye Bayaye pregunta si el cuchillo es de su gusto. El marido asiente. Okello se gira y les da la espalda. El marido pasa el dedo por el filo erosionado del cuchillo. Un filo con muescas hace que las heridas tarden más en cicatrizar y que las personas mueran. El marido vuelve a asentir y con un movimiento potente clava el cuchillo en la espalda de Okello. Baye da un salto hacia la puerta y observa como ella se contorsiona y gime. El marido derrama alguna lágrima y casi por cada una asesta una nueva cuchillada a Okello, hasta que ésta se calla y queda como un saco en los brazos de su marido. El viudo mira a Baye.
Podría haber huido, pero Baye se ha quedado y camina despacio hacia la punta del cuchillo, que le mira. El viudo respira muy fuerte y permanece clavado frente a él. Baye se aproxima, marcando bien los pasos, hasta que alcanza el filo con la mano. El viudo se revuelve y le enfila de nuevo, aunque desde más cerca. Baye repite la operación y esta vez logra hacer que el cuchillo baje. El viudo ya no llora. Baye le abraza, y le besa. Y vuelve a sentir la calidez y la ternura de los besos que ha rememorado las últimas mañanas.
Jorge Jiménez Ríos, diciembre de 2007
Despertó esa mañana algo cansado, y eso que la bendición de la sombra selvática daba a los amaneceres un aire distinto al de la ciudad. Casi fresco. Después cogió la bicicleta y se estiró durante unos minutos. Partió rápido pues tampoco había nada para desayunar.
Llevaba un rato pedaleando, sorteando la maleza y el resto de abundancia desordenada y adivinando unas sendas sólo aptas para ojos expertos, cuando rememoró el último beso. Llevaba un mes bastante bueno. Muchas noches, de vuelta en su esterilla, aún le parecía sentir esos besos, su calor y su ternura. Y luego, durante la hora y media que tardaba hasta casa de Okello, le servían para divagar y alimentar algunas esperanzas.
Era su primera ruta de la jornada y no deseba hacer más. Pero era lo que tocaba. La aldea contaba con ciento veintitrés vecinos repartidos en veinte cabañas. Aunque Baye casi siempre visitaba aquellas en las que le ponían un cuenco de cacahuetes. En las que le ponían cerveza, a veces. Sea como fuere pasaba 16 horas al día cargando los bultos llenos de peines, paños, cuchillos y otros útiles en boga de ese momento del mercado. Pasaba otras tres horas en el bar. El bar le gustaba. Allí podía discutir y beber.
Esta vez tardó menos tiempo, había pedaleado rápido. Aparcó su bicicleta frente a la puerta de chapa de la casa de Okello y cogió un par de bolsas. Entró y dio una voz. Okello llegó en seguida, debía estar en el huerto. La saludó de forma imparcial. Su marido venía con ella, impoluto y con una expresión distinta. Los niños, a estas horas, debían de estar dando patadas a una lata. Ella le sirvió algunos cacahuetes en un cuenco.
Baye empezó con los cepillos. Había del pelo, grandes y pequeños, otros muy finos para los dientes y alguno coloreado para las coquetas. Estos eran los preferidos de Okello. Casi los coleccionaba. En cinco años ya tenía tres. Esta vez escogió uno azul con líneas amarillas. Al cogerlo rozó la mano de Baye.
La mano de Okello es aspera y pequeña, de gestos pausados. La de su marido también es áspera, pero robusta.
Ya caen algunas cáscaras de cacahuete al suelo cuando Okello niega con la cabeza. No hay dinero para el cepillo. Pero quizá sí para uno de los cuchillos. Había conseguido bastantes en su último viaje a la ciudad, en el campamento que hay junto a la carretera. Mientras la gente espera a que un camión llegue y, si hay suerte, les lleve, van vendiendo sus pocos objetos personales. Casi nunca les recogen, así que muchos mueren allí, y si Baye está presente, algunas cosas le salen gratis. Como esos cuchillos.
Cuchillos hay de dos clases. Los afilados y los que sirven para matar. Los afilados vienen bien para las tareas del día a día, hasta que se desafilan por enésima vez y se convierten en cuchillos para matar. El marido de Okello le ha echado el ojo a uno para matar y Baye se lo ofrece sin un pestañeo. Mientras lo escruta, Baye mira los ojos de Okello. Los mantiene en otro punto de la casa. También evita hablar. La cabaña permanece demasiado silenciosa.
Alguien debería cortar ese ambiente.
Baye Bayaye pregunta si el cuchillo es de su gusto. El marido asiente. Okello se gira y les da la espalda. El marido pasa el dedo por el filo erosionado del cuchillo. Un filo con muescas hace que las heridas tarden más en cicatrizar y que las personas mueran. El marido vuelve a asentir y con un movimiento potente clava el cuchillo en la espalda de Okello. Baye da un salto hacia la puerta y observa como ella se contorsiona y gime. El marido derrama alguna lágrima y casi por cada una asesta una nueva cuchillada a Okello, hasta que ésta se calla y queda como un saco en los brazos de su marido. El viudo mira a Baye.
Podría haber huido, pero Baye se ha quedado y camina despacio hacia la punta del cuchillo, que le mira. El viudo respira muy fuerte y permanece clavado frente a él. Baye se aproxima, marcando bien los pasos, hasta que alcanza el filo con la mano. El viudo se revuelve y le enfila de nuevo, aunque desde más cerca. Baye repite la operación y esta vez logra hacer que el cuchillo baje. El viudo ya no llora. Baye le abraza, y le besa. Y vuelve a sentir la calidez y la ternura de los besos que ha rememorado las últimas mañanas.
Jorge Jiménez Ríos, diciembre de 2007


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