Un viejo caballero con espada y sombrero se apoyaba en un gran roble. El sol le doraba el cabello blanco de la barba y arrancaba un brillo de plata de su armadura de hojalata. Intentaba descansar después de una larga caminata por el bosque.–Ya viene – susurraba el caballero–. Ya viene…
–Adiós entonces – respondió el roble, dejando caer una lluvia de frutos pardos–. Llévate algunas bellotas para el camino.
El hombre lloró unos minutos antes de seguir caminando por una senda rebosante de matorrales, ardillas y árboles frutales.
– ¿A dónde vais con tanta prisa caballero? – preguntó una ardilla muy peluda, con la cola tan larga que se le enroscaba como una espiral.
–Ya viene –contestó cariñosamente, antes de agacharse para acariciar el lomo del animal y darle algunas bellotas.
–Entonces, adiós querido caballero.
Finalmente y tras mucho caminar, mucho habla y mucho descansar, el caballero, que cada hora parecía un año más viejo, llegó a un río de aguas serenas. Se quitó el sombrero emplumado, su armadura y dejó la espada en la orilla. Luego se baño, dejando que la corriente arrastrara el polvo de su cuerpo, mientras el riachuelo cantaba:
Él vendrá, con sus pies sucios
por nuestro bosque andará, con sus pies negros,
la tierra a su paso morirá, por sus pies sucios,
y un nombre maldito llevará, el Pies Negros.
El caballero escuchaba muy triste la canción. Dejó que el aire de la montaña secase su larga cabellera pálida. Comió un poco de pan y fruta y esperó a hacer la digestión. Cuanto más esperaba, más arrugas aparecían en su rostro y menos fuerzas le acompañaban. Le costo volver a calzarse las botas.
– Amigo río, ya viene. He de irme.
– Adiós mi caballero, rellena tu cantimplora con mis aguas limpias.
Debía dar la vuelta al bosque para avisar a todos del peligro que corrían. Miró a sus espaldas y vio como una gran oscuridad avanzaba hacia él. Ya casi no había tiempo. El anciano caballero echó a correr y por todos los rincones se extendió su grave voz.
–Ya viene, amigos árboles – y estos movían sus ramas para que los pájaros huyesen y para que sus últimos frutos cayesen –.Ya viene, amigos zorros – y estos corrían gimiendo para que los conejos les escuchasen –Ya viene, amigos buhos – y estos volaban hacia los ríos y los pequeños charcos de lluvia, con pequeños cestos de hojas para salvar todo el agua que podían.
Así avisó a todos los seres que habitaban en el gran bosque. Corrió durante un largo rato sin darse cuenta que su viejo corazón ya casi no latía y que sus lágrimas se secaban antes de estallar en el suelo.
El sol ya no brillaba y la oscuridad casi le alcanzaba. Cuando ya no pudo correr más, se desplomó y su cara se bañó en barro. Le costaba tanto respirar. Y ya no quiso ver lo que sucedía.
Había muchos rumores sobre los poderes del Pies Negros. En las lejanas tierras del Norte se deslizaban habladurías sobre una nube gris, maloliente e infinita que él les llevó. En el Sur las miradas decían que les había traído el silencio y nunca nadie pudo conocer a nadie y que la gente sólo se hacía amiga de otra gente por su cara o su vestido. Un hombre del Oeste le contó una vez que cuando el Pies Negros apareció ya nunca más se filtro la luz y la gente sólo podía ver sus propios pies.
El viejo caballero tuvo miedo y sin embargo se durmió. Temía no poder volver a despertar.
Mas si que despertó, pero a su alrededor sólo vio una pesadilla. La tierra ya no era como la tierra que él había conocido. Los árboles no tenían hojas y en vez de madera su tronco era de humo. Ningún ave canturreaba y ningún animal jugueteaba. Los ríos se habían secado y su bosque era un gran desierto ahora.
El aire era tan cálido que secaba la piel y cortaba los labios. Su armadura se había oxidado y su cara era la de un hombre de más de cien años, pero sus ojos aun eran jóvenes y podían ver a muchos metros de distancia.

Y así lo hicieron, pues en el horizonte se podía distinguir un minúsculo sendero negro. El caballero fue hacia él, cojeando y usando su espada como bastón. Que calor hacía. Tuvo que tirar su sombrero y su coraza para no asfixiarse. Mas que sorpresa se llevó cuando descubrió que aquel reguero negro no era un camino si no una huellas. Huellas negras. Huellas del mismo tamaño que su propio pie. Huellas idénticas a las suyas pero oscuras como una noche sin luna, sin estrellas y sin sueños.
Así que después de todo el Pies Negros era un hombre y si era un hombre podía vencerle. Aunque ahora era muy anciano y casi no podía levantar su espada. Pero podía vencerle con las palabras ya que su mente también se conservaba joven. Siguió las huellas negras hasta que distinguió un horizonte negro. Desde allí llegaban los sonidos de los árboles caer y del aullar de los lobos, del llorar del agua y del bramar de los osos. Eso enfureció al caballero, que apretó el paso, sin embargo sus piernas flaqueaban y se dio cuenta de que nunca podría alcanzar la oscuridad y que jamás podría enfrentarse al Pies Negros.
Un relincho. Dos. Hasta tres, contó el caballero. Un caballo. Dos. Hasta tres, contó el caballero. Tres caballos blancos le observaban temblorosos, como si en él reconocieran el mal más absoluto. Pero el anciano caballero era bondadoso, tanto que ni siquiera les pidió que le llevaran, pues los caballos eran tan viejos o más que él y sus patas se agitaban como las hojas con el rocío.
El hombre se sentó sobre la dura y salvaje tierra. Una tierra agrietada y del color del fuego. La oscuridad se alejaba dejando a su paso un extenso desierto, una cruel soledad.
Un caballo de indómito pelo rubio le acarició con su morro húmedo, obligando al hombre a alzar la vista. Cuando lo hizo, pudo ver como los otros dos animales ya cabalgaban veloces hacia la lejanía. El hombre se puso en pie y se montó en el caballo y este trotó después de andar y cabalgó después de trotar, hasta alcanzar a sus dos hermanos blancos. Durante una hora, el caballero cabalgó sobre el primero de los viejos caballos. La siguiente cabalgó sobre el segundo. Y luego sobre el tercero. Y así lo hizo para que pudieran descansar, pues él también era viejo y podía entender como sufrían por el esfuerzo.
Por fin llegaron a la inmensa oscuridad y se adentraron lentamente en ella. Dentro nada se veía y el sueño les invadió. Los tres caballos cayeron rendidos y se hundieron en el reino de las pesadillas. El caballero resistió, dejó caer su espada y se dispuso a encontrar al Pies Negros.
Podía ver, a pesar de la negrura, como los troncos de nogales, olmos, sauces o pequeños matorrales se consumían. Como una estampida de ardillas, gatos del monte, ratones o grillos huían espantados a su alrededor, como un círculo de vida que se aleja. Podía ver la tierra secarse, el agua evaporarse y las aves volar hacia el cielo ceniciento.
Al que no podía ver era al Pies Negros, que si era tan negro como las sombras que lo envolvían, jamás podría encontrar. El caballero ululó. Llamo a los búhos. Huhu… huhu… y del cielo descendieron una decena de aves blancas, negras y grises, grandes y pequeñas, hermosas todas ellas. Y estas, sabiendo que los caballeros siempre ayudan a la tierra, sobrevolaron lo que quedaba del bosque, buscando con sus ojos luminosos a la criatura oscura.
Mucho rato tardaron y el hombre se entretuvo haciéndose trenzas en la barba, que ya casi le llegaba al ombligo. Cuando ya no tenía más pelo con el que jugar, uno de los búhos, uno muy pequeño, se posó en su hombro y le susurró al oído.
– Lo he visto, mi querido caballero. He visto a una criatura caminar entre tinieblas. No está muy lejos, sígueme si de veras quieres encontrarlo.
El caballero, que de veras quería encontrarlo, tuvo dificultades para no perder de vista al búho, aunque este esperaba pacientemente en una rama que se esfumaba o en una roca que se desgranaba. No pasó mucho tiempo antes de que lo encontrara y una vez que el hombre se quedó frente a frente con el Pies Negros, el búho se marchó.El anciano hombre no podía creer lo que veía. A sí mismo. El Pies Negros era como él había sido de joven. Muy bello, con una larga melena morena y delgado como un tallo de trigo. Más alto que todos sus hermanos e incluso que su padre, y con una cálida voz. Al Pies Negros le brotaban jirones de sombras que se perdían en la maleza, consumiendo todo cuanto alcanzaban.
– ¿Quién sois vos que osáis molestarme mientras recorro el mundo? – masculló el Pies Negros, con un eco que se extendió por los confines de la tierra y que llegó a los oídos de las gentes del Norte, del Sur y del Oeste.
El caballero no sabía que decir, había estado tan concentrado en encontrar a su adversario que no había tenido tiempo de pensar como vencerle. Ya no tenía su espada y tampoco hubiera servido, pues sus músculos ya no eran fuertes y sus manos no podían sostener ni una cuchara de palo.
– Yo soy el Caballero del Bosque del Este, y he venido para venceros.
El Pies Negros mostró una sonrisa silenciosa que luego se convirtió en una risa aguda y después en una sonora carcajada.
– ¿Vencerme a mí? No puedes vencerme, no sabes quién soy ni porqué estoy aquí. No puedes vencerme porqué no me conoces – exclamó la negra criatura.
El caballero volvió a fijarse en el Pies Negros. Sus manos, las mismas que de joven habían dibujado los paisajes de su tierra. Sus ojos claros que siendo niño habían visto marchar al viento y venir al mediodía. Sus propios labios que habían hablado con las niñas de limpias faldas. Era como mirarse a un espejo nocturno y roto, un espejo en que los años se habían detenido. El caballero sonrió, pues lo entendía.
– Sí te conozco. No te gusta la luz porque te deja ver lo que piensan los demás y por eso ocultaste el sol del Oeste. No te gusta conocer a la gente para que ellos no te puedan conocer a ti y descubran que en el fondo eres igual que ellos, un ser con sentimientos, bondad y maldad, errores, con ternura… y por eso arrebataste la voz a las gentes del Sur. Crees que una sola persona no puede cambiar el mundo y por eso en vez de intentarlo contaminaste el aire del Norte, para no tener la opción de hacer lo correcto, para que no te doliese la esperanza. Y, sobre todo, no crees en ti mismo; por eso huyes y siembras a tu paso la soledad, como en este bosque del Este. Querido amigo, si te conozco. Tú eres yo. Yo soy tú. Tú eres la parte del hombre que no cree. Yo soy aquella parte que aun confía. Y no necesito vencerte pues el peor enemigo de un hombre es no conocerse y no descubrirse y el peor enemigo de la tierra son los hombres que todavía no se han atrevido a mirarse en su espejo nocturno y no han adivinado que el mal y el bien son las dos caras de una misma persona y que somos nosotros los que elegimos. Y por eso no he de luchar, sólo he de elegir.
Y el anciano caballero cerró sus ojos grises y un rayo de luz atravesó la oscuridad y el Pies Negros se elevó hacia el cielo, deshaciéndose en centellas brillantes que se llevó la brisa.
El aire volvió a refrescar y la cara del hombre viejo lo agradeció y ya no estuvo seca y sus labios volvieron a humedecerse.
Notó como las raíces crecían bajo sus pies y como la hierba arropaba sus botas. Volvió a escuchar el rumor de los ríos y el trino de los gorriones. Las ardillas volvían a correr y los zorros a esconderse entre los arbustos. El sol se manifestó con una luz de oro y las nubes se marcharon hasta que la lluvia las llamara.
El caballero abrió sus ojos y vio el bosque renovado. Sus manos volvían a notar la fuerza de sus brazos, corrió hasta el río más cercano. Allí le esperaban los tres caballos blancos, que se alzaban robustos y regios. El hombre miró su reflejo en las aguas cristalinas y advirtió que ya no era viejo. Su barba había desaparecido y las arrugas de su cara se habían escapado sin dejar rastro. Sus cabellos canos volvían a ser de un moreno brillante y sus piernas ya no temblaban.
Se dio cuenta de que nunca había dejado de ser joven, se moría al morirse la tierra y la esperanza, igual que los caballos que le habían llevado. Se alegró de poder volver a correr y a disfrutar de cada hoja y de cada sonido de la naturaleza y lloró por última vez, pero ahora de alegría. Lloró mientras reía, mientras cantaba e incluso mientras soñaba.En el Norte el aire se limpió de nuevo y sus gentes respiraron el aire más puro y no dejaron que nada volviese a contaminarlo. En el Sur, sus habitantes recuperaron la voz y pudieron de nuevo conocerse y muchos fueron amigos sin importarles las caras o los vestidos. La luz resurgió en el Oeste y todos vieron con claridad su futuro y lucharon juntos por llegar hasta él. En el Este, los árboles crecieron más altos que nunca y el caballero no volvió a envejecer.
