CAPÍTULO IX

Yo vivo para enseñar a vivir, después ya podré morir. Lo dijo tan lúcido, rociado con la luz vaporosa de la sala, tan firme, que Michalak pudo ver el fin calmado de Centenario. Su sonrisa apenas esbozada, la misión cumplida. Su curiosa y sincera misión. Quién no encuentra el sentido de su vida es porque nunca se ha parado a pensar por qué sería capaz de morir. Por amor. Por una familia, por su dicha. Centenario moriría por su pequeño granito de arena en pos de cambiar el mundo. Erwin Michalak tal vez no iba tan lejos. Erwin Michalak sería capaz de morir por una mujer hermosa, de profundas pupilas de mar, de mejillas sonrojadas y pechos infieles a la gravedad. Por poseerla, por ser amado. Por la hora en que dudas que el universo no sea capaz de esculpir formas perfectas, ínfimas nebulosas rubias, pensadas y estudiadas para que la soledad sea tan sólo la promesa del amante.

Centenario aguarda que sus fuerzas regresen, tendido en su pequeño camastro, con los pies colgando. Ha crecido demasiado rápido. Fuera, ciertas alimañas esquivas se esconden con el manto nocturno y sombreado. Michalak arranca, de una flauta, ebrias melodías y piensa en su trabajo, en el que le espera en la ciudad. Decide presentar su dimisión al regresar. Abre la ventana y deja que los resplandores plateados de la luna se derramen sobre los muebles y libros. Luego sigue con su música y la eleva hasta la mañana siguiente, hasta el alba y el genio de esa noche se queda con él y ya no lo abandona y cada noche suena su inspirada voz. Su aliento crea la magia y sus manos la moldean. No, no necesita su trabajo. Ahora puede hacerle el amor al mundo. A cada mujer. Mirar su tierra y la tierra. Poseer cada cumbre, si acaso eso es posible. Cada centímetro de piel y de cielo. Si, Michalak, va a hacerle el amor al mundo.

-¿Qué significa amar?

Centenario susurra dormido. Susurra una pregunta que nadie acertó a contestar, pues cuando se tiene la respuesta se desatan las tormentas del espíritu. Olvidas tu ser y te fundes con millones de besos que se imprimieron en la historia, con millones de corazones rotos, de cartas de amor, de despedidas, de mañanas de victoria. La respuesta te abruma, te asusta. Ahora perteneces a lo que amas, has perdido tu vida y has creado tu patria. La respuesta la tenemos todos, pero sólo los invencibles la despiertan de su letargo. La única forma que posee un hombre de abandonar su carácter mortal es amando con su parte eterna, con el alma.

-He amado todo lo que me ofreció la tierra, amé al lobo cuya vida arrebaté, el viento de la batalla y su llano, los ríos donde descansé -Erwin se pone en pie y reposa su cuerpo contra la puerta, la cortina multicolor se agita graciosa-. Pero no ha habido mujer alguna cuyo abrazo tejiese un infinito. No he amado a otra persona, si acaso a ti, Centenario, pero no me enfrentaría a la soledad por estar contigo. No ha existido mujer que sustituya mi paz por la monótona guerra de todas las mañanas. Nadie en quien pensar, durante el resto de mi vida, antes de entregarme al sueño de cada noche.

Centenario quizá no escucha. Se revuelve en el lecho, dolorido, angustiado y ajeno a las meditaciones de Michalak. Y a pesar de todo, habla.


-¿No forma la soledad parte del amor?


Y al decirlo se hizo anciano.


2 comentarios:

Mcarrisal dijo...

Perdona la aclaración, pero las preguntas no se saben, se tienen, son dudas, es algo abstracto todavia, por lo tanto no se pueden saber.

Interesante blog.

Saludos desde chile.

Jorge J.R. dijo...

En mi opinión si se conocen las preguntas. No todas, claro, ahí estaba la magia del título... y... ¿existe Dios?... no lo sé, pero la pregunta sí.

Me sobran huevos para hacer surf en esta playa.

Un saludo para Chile, se hace raro saber que te leen desde tan lejos. Pero reconforta.