Ventilador asesino


Basado en hechos reales

Hoy ha venido mi suegra a visitarnos y, casi sin querer, la hemos matado. A riesgo de caer en el tópico, he de decir que la odiaba.

En casa tenemos un ventilador instalado en el techo, y a pesar de que nuestras cuatro paredes albergan un permanente verano, casi nunca lo usamos para refrescarnos. Sólo lo conectamos cuando las visitas empiezan a ser molestas. Se les ponen los redaños de corbata cuando observan su tempestuoso girar en el techo.

No se nos ocurrió encenderlo cuando compramos la casa, y no nos dimos cuenta de que el supuesto yeso que anclaba el ventilador al techo era en realidad corcho pintado. El primer día que lo encendimos comprobamos como en cualquier momento iba a salir disparado en pos de alguna coronilla, pendiendo de unos cables que poco o nada aseguraban que su agitar loco no acabase en tragedia. Y, al final, así ha sido.

Mi esposa no para de dar vueltas por la casa. Y mi suegra, como he dicho, yace sin vida, y muy flácida, en el suelo.

Nosotros, matrimonio cauto, siempre escogemos las sillas para sentarnos cuando hay visitas, permitiendo a los invitados ocupar el sofá. El sofá que hay debajo del ventilador. Cuando la tarde transcurre despacio, la conversación se pone tensa, o simplemente no tenemos ganas de tener a nadie en casa, conectamos el ventilador. Este empieza a girar, a balancearse y a resoplar nervioso, como con ansías de lanzarse a por algún hueso. Las visitas, educadamente, se marchan. No ha habido ocasión en que nos hayan pedido que lo apagásemos. Y tampoco íbamos a aceptar órdenes en nuestra propia casa.

Ahora la sangre de mi suegra, que ni siquiera es la madre de mi mujer, sólo la esposa de su padre, se coagula en el suelo y en el borde de un cojín –creo que el sofoco de mi señora es por la tapicería más que por el vínculo familiar, y putativo, que las une-. El ventilador ha acabado en el otro extremo del sofá. Una de sus aspas se ha astillado, y habrá que repararlo, o comprarnos un perro maldito, que ladré, lama y muerda.

Lo cierto es que lo de mi suegra no me importa. Llevaba tiempo deseando no volver a verla. Mortificó a mi mujer por no poder tener hijos, me mortificó a mí cuando me echaron del trabajo y mortificó a mi propia madre por, como mi suegra dice -o decía-, no haber criado a un hombre de provecho. A mi entender, no merecía vivir y mucho menos aún compartir mi mesa.

Vamos a tener que llamar a la policía, explicar que todo ha sido un accidente. Diremos que llevábamos tiempo con la intención de repararlo, que nunca pensamos que pudiese suceder algo así. Mentir, vamos, pero sólo después de deshacernos del alicate con el que, minutos antes de que llegase mi suegra, trasteamos en el ventilador.






Para los que todavía puedan ponerlo en duda: amo a mi suegra.