Escrito por Jon F. Herbert en su habitación del hospital Bradbury Mayne, muy lejos de cualquier montaña, donde lleva meses postrado por una inesquivable enfermedad.
La tarde del 24 de noviembre de 1992, Jon F. Herbert, llegó indefectiblemente al principio y al final de su vida. Su caminó no acabó en un hospital, si no en un pueblo, y no al pie de las montañas, instalado en la cumbre de una, levantado como un cinturón por todas sus vertientes, de mínimas casas clavadas en la nieve, y en su punta, en su afilada y cruda punta, había una ermita, llena de grietas, perdida en el rincón más remoto de una senda improbable que no venía de ninguna parte y que concluía en todo. Era el final de un viaje que habría de narrar la existencia, finita y desconocida, de un hombre que conquistó el espacio entre el infalible pasado y el brumoso futuro.
Después de dejar Jon Herbert su mochila atiborrada en un punto oscuro de la ermita, se aventuró hasta el altar. En él un cirio apuraba su cera y unos cuencos con romero machacado luchaban por el olfato frente a la madera húmeda de las tres filas de bancos, frente al orín de rata y frente al propio hedor grotesco, y a pesar de la rima, animalesco que expedía su cuerpo.
Desde un vidriera usurpada por un ángel y su arpa, llegaban saetas de luz que se clavaban en las losas, antes de un blanco eufórico, ahora grises por las cenizas del tiempo.
Se arrodilló, penitente, recomponiéndose su barba espesa. No había en las paredes cruces, ni había santos, ni había en él síntomas de cansancio. Y oró.
Gracias por no hacer que me rinda,
por el júbilo de tu cima,
por la oportunidad que me brindas.
Murmura el viento. Un cordero bala.
Me has dejado ser,
y me has dejado ver.
Ve una sombra cruzar la vidriera. Ahora los minutos cuentan. Se levanta. Sacude el polvo de sus pantalones de pana, patea en el suelo con las botas. Se acicala, y camina hasta la última fila de bancos, donde se sienta, notando por fin el rigor de la montaña. Carraspea, y espera.
Ya son dos los corderos que balan, y muchos los vientos que se estrellan contra la fachada.
La puerta se abre con voz de madera vieja, dejando pasar algunos copos de nieve. En el umbral se adivina una figura deseable de mujer, su melena se bate en el aire, sus manos portan una vara, y el calor se ha ido.
Un trueno se escucha cerca. Se apagan las saetas de luz, acogotadas por las nubes negras. La llama de la vela se agita. Estalla la tormenta.
La mujer entra, aunque la sombras no desvelan su presencia. Vienen con ella tres corderos impecables. Jon F. Herbert se frota, aunque es más una caricia, sus manos desangeladas. Ya no queda mucho. Ya sabe que se marcha.
-Jon, ¿puedo?
Puedes, piensa en decir Jon Herbert, pero ella ya se ha sentado. La ermita se llena de claridad por un segundo. Luego llega el sonido del trueno. Ha sido tiempo suficiente para descubrir que ella sonreía triste.
-¿Es por este dolor en el brazo que vienes a buscarme?- pregunta Jon.
Los corderos se acercan silenciosos al banco, hasta que la punta de la vara frena sus intenciones.
-No debiste esforzarte tanto escalando la montaña. Todos en el pueblo lo decían cuando te observaban.
Jon F. Herbert tuvo la sensación de que lo habían observado siempre. La lluvia planeaba soledades fuera, con un goteo perenne que sitiaba la ermita.
-No importa -murmuró Jon-, era lo que tenía que hacer.
No esperaba ninguna confirmación, pero ella asintió con la cabeza. Quiso llegar más arriba, quiso dejar a los demás abajo, y tenía que pagar el precio. No era cuestión de vanidad, era cuestión de espíritu. Tal vez de belleza.
-¿Nos vamos ya? -preguntó Jon, impulsándose en la madera para ponerse en pie.
Ella utilizó la vara para levantarse. Se acercó a los corderos y pasó la mano por cada uno de sus lomos.
-¿Acaso tienes prisa?
Jon F. Herbert caminó hasta ella. Miró al ángel esculpido en cristales, ahora opacos y lacrimosos.
-No mucha, la verdad -respondió.
La piedra húmeda invadía la nariz de Jon. La mujer se agachó para besar a sus corderos.
-Aún puedes hacer una última cosa.
La última cosa. Jon F. Herbert nunca se lo había planteado, aunque su situación le limitaba las posibilidades.
-Estoy cansado -dijo.
Ella se acercó y le cogió las manos. Le besó la mejilla y hundió sus dedos en la barba, mansamente.
-Te acabas Jon, pero te quedan tiempo y fuerzas.
Jon Herbert buscó su mochila en la oscuridad. Del bolsillo superior sacó un cuaderno y un lápiz.
-Me gustaría escribir algo -y durante horas de noche y tormenta se dedicó a su última tarea.
En su relato había una montaña, y una mujer, y nubes negras que cubrían el cielo e impedían saber si quedaba algo por encima de la cumbre. Empezaba y acababa la tarde del 24 de noviembre de 1992. Al terminar, guardó el cuaderno, se echó su mochila a la espalda y tendió una mano a la mujer. Ésta, acompañada por los corderos, le llevaron fuera. Abajo, en el pueblo, reinaba la luz y el calor, y las gentes hormigueaban por las calles.
Con la mano libre, Jon Francis Herbert arrastró la puerta hasta que se cerró. Ella dijo algo, pero el sonido del viento apagó su voz.
La tarde del 24 de noviembre de 1992, Jon F. Herbert, llegó indefectiblemente al principio y al final de su vida. Su caminó no acabó en un hospital, si no en un pueblo, y no al pie de las montañas, instalado en la cumbre de una, levantado como un cinturón por todas sus vertientes, de mínimas casas clavadas en la nieve, y en su punta, en su afilada y cruda punta, había una ermita, llena de grietas, perdida en el rincón más remoto de una senda improbable que no venía de ninguna parte y que concluía en todo. Era el final de un viaje que habría de narrar la existencia, finita y desconocida, de un hombre que conquistó el espacio entre el infalible pasado y el brumoso futuro.
Después de dejar Jon Herbert su mochila atiborrada en un punto oscuro de la ermita, se aventuró hasta el altar. En él un cirio apuraba su cera y unos cuencos con romero machacado luchaban por el olfato frente a la madera húmeda de las tres filas de bancos, frente al orín de rata y frente al propio hedor grotesco, y a pesar de la rima, animalesco que expedía su cuerpo.
Desde un vidriera usurpada por un ángel y su arpa, llegaban saetas de luz que se clavaban en las losas, antes de un blanco eufórico, ahora grises por las cenizas del tiempo.
Se arrodilló, penitente, recomponiéndose su barba espesa. No había en las paredes cruces, ni había santos, ni había en él síntomas de cansancio. Y oró.
Gracias por no hacer que me rinda,
por el júbilo de tu cima,
por la oportunidad que me brindas.
Murmura el viento. Un cordero bala.
Me has dejado ser,
y me has dejado ver.
Ve una sombra cruzar la vidriera. Ahora los minutos cuentan. Se levanta. Sacude el polvo de sus pantalones de pana, patea en el suelo con las botas. Se acicala, y camina hasta la última fila de bancos, donde se sienta, notando por fin el rigor de la montaña. Carraspea, y espera.
Ya son dos los corderos que balan, y muchos los vientos que se estrellan contra la fachada.
La puerta se abre con voz de madera vieja, dejando pasar algunos copos de nieve. En el umbral se adivina una figura deseable de mujer, su melena se bate en el aire, sus manos portan una vara, y el calor se ha ido.
Un trueno se escucha cerca. Se apagan las saetas de luz, acogotadas por las nubes negras. La llama de la vela se agita. Estalla la tormenta.
La mujer entra, aunque la sombras no desvelan su presencia. Vienen con ella tres corderos impecables. Jon F. Herbert se frota, aunque es más una caricia, sus manos desangeladas. Ya no queda mucho. Ya sabe que se marcha.
-Jon, ¿puedo?
Puedes, piensa en decir Jon Herbert, pero ella ya se ha sentado. La ermita se llena de claridad por un segundo. Luego llega el sonido del trueno. Ha sido tiempo suficiente para descubrir que ella sonreía triste.
-¿Es por este dolor en el brazo que vienes a buscarme?- pregunta Jon.
Los corderos se acercan silenciosos al banco, hasta que la punta de la vara frena sus intenciones.
-No debiste esforzarte tanto escalando la montaña. Todos en el pueblo lo decían cuando te observaban.
Jon F. Herbert tuvo la sensación de que lo habían observado siempre. La lluvia planeaba soledades fuera, con un goteo perenne que sitiaba la ermita.
-No importa -murmuró Jon-, era lo que tenía que hacer.
No esperaba ninguna confirmación, pero ella asintió con la cabeza. Quiso llegar más arriba, quiso dejar a los demás abajo, y tenía que pagar el precio. No era cuestión de vanidad, era cuestión de espíritu. Tal vez de belleza.
-¿Nos vamos ya? -preguntó Jon, impulsándose en la madera para ponerse en pie.
Ella utilizó la vara para levantarse. Se acercó a los corderos y pasó la mano por cada uno de sus lomos.
-¿Acaso tienes prisa?
Jon F. Herbert caminó hasta ella. Miró al ángel esculpido en cristales, ahora opacos y lacrimosos.
-No mucha, la verdad -respondió.
La piedra húmeda invadía la nariz de Jon. La mujer se agachó para besar a sus corderos.
-Aún puedes hacer una última cosa.
La última cosa. Jon F. Herbert nunca se lo había planteado, aunque su situación le limitaba las posibilidades.
-Estoy cansado -dijo.
Ella se acercó y le cogió las manos. Le besó la mejilla y hundió sus dedos en la barba, mansamente.
-Te acabas Jon, pero te quedan tiempo y fuerzas.
Jon Herbert buscó su mochila en la oscuridad. Del bolsillo superior sacó un cuaderno y un lápiz.
-Me gustaría escribir algo -y durante horas de noche y tormenta se dedicó a su última tarea.
En su relato había una montaña, y una mujer, y nubes negras que cubrían el cielo e impedían saber si quedaba algo por encima de la cumbre. Empezaba y acababa la tarde del 24 de noviembre de 1992. Al terminar, guardó el cuaderno, se echó su mochila a la espalda y tendió una mano a la mujer. Ésta, acompañada por los corderos, le llevaron fuera. Abajo, en el pueblo, reinaba la luz y el calor, y las gentes hormigueaban por las calles.
Con la mano libre, Jon Francis Herbert arrastró la puerta hasta que se cerró. Ella dijo algo, pero el sonido del viento apagó su voz.
Febrero de 2008


2 comentarios:
Siento la poca atención prestada, como me haces supervisarlos todo...jejje:p
Hola mi amor!! Desde París todo mi apoyo jejeje. TE QUIERO
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