Hacia años que no se disfrutaba de un duelo en el condado, por lo que todo el pueblo se había reunido en aquel amanecer de 1793. No es que fuesen muchos, pero el barullo era importante. Las gentes formaban un círculo en el bosque, dejando en el centro, en un claro, el escenario donde debían batirse dos de los tres hermanos Wayne. El más pequeño se limitaba a portar las armas, guardadas durante años en una caja forrada de terciopelo azul de su padre, y a poner muecas de aburrimiento mientras con la punta del pie escarbaba un agujero en el suelo. Su padre, por cierto, se había opuesto categóricamente a que usasen sus armas, aunque no le hicieron ningún caso.
Jimmy Wayne, el mayor, había tratado de casarse desde los 18 años, pero su constitución débil y el desproporcionado lunar de su nariz no hacían de él un hombre atractivo para las mujeres, al contrario que su hermano Froyd, el mediano, musculoso y vivo. Así que cuando en la primavera de aquel año Jimmy conoció a Estella y pocas semanas después, tras haberse prometido y habiéndose ella ganado la aprobación del padre, encontró a su futura mujer, en la habitación de Froyd, envuelta en la seda de las sabanas y, para más INRI, con cara de gozo, el mayor de los hermanos Wayne no tardó en contemplar la posibilidad de perder a su hermano mediano. Eso sí, según las reglas entre caballeros. El hermano mediano, en cambio, se hartó de asegurar, que en ese momento del día, estaba en una casa de señoritas. Estella no volvió a decir nada, se quedó muda, hasta después del duelo.
Reunidos en tal ocasión los hermanos, vestidos con trajes de paño verde, chorreras y la coleta bien atusada, calentaban los brazos en una difícil mañana en la que la bruma se desparramaba por encima del barro, humedeciéndoles los tobillos.
-Hace un frío terrible -murmuró Jimmy, frotándose las manos.
Froyd, que alcanzó a escucharle, barruntó una respuesta.
-Siempre has sido una niña.
Antes de que el mayor saltase encolerizado sobre el mediano, al que se acercaba haciendo aspavientos, se interpuso el pequeño, cuidando de no dejar caer la caja azul, y les recordó la regla esencial de los duelos.
-Caballeros… hermanos, la sangre sólo después de contar los pasos - y regresó, para hundir el pie en el agujero, que ya mostraba una dimensión considerable. Las gentes suspiraron, decepcionadas por no ver un poco de acción previa a los disparos.
Froyd, por cierto, odiaba los disparos. Tenía un problema de oído, y cada vez que había tenido que disparar el rifle de su padre había sufrido mareos y una sensación comparable al delirum tremens. Los médicos decían que no era un problema de tímpano, más bien pensaban que el mediano de los hermanos Wayne tenía un problema en la sesera. Opinión que no desentonaba con la imagen general de los vecinos, a la vista de las extenuantes correrías nocturnas que Froyd se pegaba por los gallineros del pueblo. Mas tuvo que aceptar el duelo. Un duelo por un delito carnal que según él no había cometido. Pero qué clase de hombre no acepta un duelo.
-¿Empezamos o esperamos a que cante el gallo? - preguntó Jimmy con tono rencoroso, mirando al cielo, que ya iba clareciendo.
Froyd y el pequeño miraron a su vez al cielo. Se miraron. Miraron a Jimmy y se encogieron de hombros.
-¡¡¡Empezad ya!!! -rugió la muchedumbre, algo fría para andarse con esperas, el padre de los hermanos incluido.
-Empecemos pues - concluyó el pequeño, y las gentes aplaudieron.
Los dos hermanos juntaron sus espaldas. A la señal del pequeño, que abrió ceremoniosamente la caja delante de cada hermano para que tomaran su pistola, comenzaron a caminar. Uno contaron al unísono, separándose. Dos, los susurros entre la muchedumbre conquistaron el silencio caótico del bosque. Tres, y la niebla se espesó. Durante el cuarto, quinto y sexto paso, no ocurrió casi nada. Pero en el séptimo un cuervo se posó en el agujero del hermano menor. En el octavo empezó a canturrear, señalando con su pico ora a Jimmy, ora a Wayne.
En el noveno se hizo un silencio sepulcral. Pájaro y bosque incluido. Y en el décimo los dos hermanos mayores se detuvieron, dieron media vuelta, alzaron con más o menos estilo el arma, apuntaron cuidadosamente, con la lengua fuera y un ojo guiñado, y apretaron el gatillo.
Y no sucedió nada.
Volvieron a apretar el gatillo y, de nuevo, nada de nada. Comprobaron si las armas estaban cargadas. Lo estaban, así que apretaron el gatillo, otra vez, y nada de nada de nada.
Un coro de risas se elevó mientras el bosque recuperaba su sonido. Luego, cuando los hermanos accionaban frenéticamente las pistolas, el jolgorio general se convirtió en un abucheo general. Y, en general, la gente se fue marchando. El cuervo dejó de nuevo el agujero libre, y aleteó hasta una rama cercana. Entre éste, el padre de los hermanos y algunos vecinos, solo permanecieron un par de decenas de ojos. Jimmy, Wayne, y el hermano menor se reunieron junto al agujero.
-Somos patéticos -apuntó el mediano.
-Cierra la boca estúpido y busca una solución -respondió el mayor.
El mediano se enfadó. Golpeó con la culata al mayor y ambos se enzarzaron en una pelea sucia, formando un remolino de mordiscos, quejidos y chorreras.
Los pocos que quedaban, menos el padre, que hablaba solo y algo nervioso, y el cuervo, se marcharon, algunos haciendo aspavientos groseros, otros riendo. El hermano pequeño, que veía como la reputación de su familia se venia abajo, trató de interceder, con tan mala fortuna que hundió el pie en su agujero, tropezó, voló un tiempo y cayó en medio del remolino brutal, dejando caer la caja de terciopelo de su padre, desmontándose ésta, revelando un fondo secreto y siendo arrojado al barro un dibujo sobre papel grueso. Un dibujo sobre papel grueso de Estella desnuda, muy bien proporcionada. Y con una sonrisa impúdica.
Hay pocos momentos en la vida de un padre en los que ésta se ve amenazada por sus hijos. Pero parecía ser uno de esos momentos. Harry Abraham Wayne, engendrador de tres muchachos, esposo y sastre, echó a correr en busca del dibujo, sorteó el vendaval de tortas de Jimmy y Wayne, y reunió fuerzas para saltar sobre su hijo pequeño, quien llegó antes que el, cogió el dibujo, lo observó y se relamió a tiempo de ver como las garras del cuervo se lo arrebataban de las manos antes de que su padre lo tumbase. Los dos, en el suelo, exhortaron al cuervo a regresar, quien no quiso, por lo que el padre se incorporó y se lanzó a perseguirlo, topándose con el agujero de su hijo, volando también un tiempo y abriéndose la cabeza con el tronco de un árbol. Harry murió en el acto y el cuervo acabo perdiéndose en el horizonte, bañado ahora de azul y marfil.
Ningún hermano se movía ya. Ni se mordía. Observaban el cadáver de su padre, los mayores incrédulos, el pequeño alucinado.
-Como ha pasado -preguntaron Jimmy y Froyd al unísono.
-No tengo ni idea -dijo el pequeño de los hermanos con los ojos improbablemente abiertos, guardando el secreto.
Jimmy se arrodilló junto al cuerpo sin vida de su padre. Y Froyd le imitó. Y el pequeño.
-Ha sido por mi culpa -resumió el mayor.
-Tienes toda la razón -le correspondió el mediano-, y nuestro padre merece ser vengado.
Jimmy Wayne calibró las posibilidades de que su hermano hablase en serio. Muchas, concluyó. El pequeño se llevó una mano a la frente, suspiró y comenzó a recoger la caja y las maltrechas pistolas.
-A espadas, será mejor -dijo -y al amanecer. Y esta vez que uno muera, nuestro padre merece respeto.
Sus dos hermanos mayores asintieron. Se echaron el cuerpo de su padre sobre las espaldas y tomaron el camino al pueblo. El pequeño de los hermanos enterró la caja en su agujero, dejo caer alguna lágrima y se dispuso a buscar una buena piedra para afilar las armas y clavar la cruz de madera de su padre.
Enero de 2008
Jimmy Wayne, el mayor, había tratado de casarse desde los 18 años, pero su constitución débil y el desproporcionado lunar de su nariz no hacían de él un hombre atractivo para las mujeres, al contrario que su hermano Froyd, el mediano, musculoso y vivo. Así que cuando en la primavera de aquel año Jimmy conoció a Estella y pocas semanas después, tras haberse prometido y habiéndose ella ganado la aprobación del padre, encontró a su futura mujer, en la habitación de Froyd, envuelta en la seda de las sabanas y, para más INRI, con cara de gozo, el mayor de los hermanos Wayne no tardó en contemplar la posibilidad de perder a su hermano mediano. Eso sí, según las reglas entre caballeros. El hermano mediano, en cambio, se hartó de asegurar, que en ese momento del día, estaba en una casa de señoritas. Estella no volvió a decir nada, se quedó muda, hasta después del duelo.
Reunidos en tal ocasión los hermanos, vestidos con trajes de paño verde, chorreras y la coleta bien atusada, calentaban los brazos en una difícil mañana en la que la bruma se desparramaba por encima del barro, humedeciéndoles los tobillos.
-Hace un frío terrible -murmuró Jimmy, frotándose las manos.
Froyd, que alcanzó a escucharle, barruntó una respuesta.
-Siempre has sido una niña.
Antes de que el mayor saltase encolerizado sobre el mediano, al que se acercaba haciendo aspavientos, se interpuso el pequeño, cuidando de no dejar caer la caja azul, y les recordó la regla esencial de los duelos.
-Caballeros… hermanos, la sangre sólo después de contar los pasos - y regresó, para hundir el pie en el agujero, que ya mostraba una dimensión considerable. Las gentes suspiraron, decepcionadas por no ver un poco de acción previa a los disparos.
Froyd, por cierto, odiaba los disparos. Tenía un problema de oído, y cada vez que había tenido que disparar el rifle de su padre había sufrido mareos y una sensación comparable al delirum tremens. Los médicos decían que no era un problema de tímpano, más bien pensaban que el mediano de los hermanos Wayne tenía un problema en la sesera. Opinión que no desentonaba con la imagen general de los vecinos, a la vista de las extenuantes correrías nocturnas que Froyd se pegaba por los gallineros del pueblo. Mas tuvo que aceptar el duelo. Un duelo por un delito carnal que según él no había cometido. Pero qué clase de hombre no acepta un duelo.
-¿Empezamos o esperamos a que cante el gallo? - preguntó Jimmy con tono rencoroso, mirando al cielo, que ya iba clareciendo.
Froyd y el pequeño miraron a su vez al cielo. Se miraron. Miraron a Jimmy y se encogieron de hombros.
-¡¡¡Empezad ya!!! -rugió la muchedumbre, algo fría para andarse con esperas, el padre de los hermanos incluido.
-Empecemos pues - concluyó el pequeño, y las gentes aplaudieron.
Los dos hermanos juntaron sus espaldas. A la señal del pequeño, que abrió ceremoniosamente la caja delante de cada hermano para que tomaran su pistola, comenzaron a caminar. Uno contaron al unísono, separándose. Dos, los susurros entre la muchedumbre conquistaron el silencio caótico del bosque. Tres, y la niebla se espesó. Durante el cuarto, quinto y sexto paso, no ocurrió casi nada. Pero en el séptimo un cuervo se posó en el agujero del hermano menor. En el octavo empezó a canturrear, señalando con su pico ora a Jimmy, ora a Wayne.
En el noveno se hizo un silencio sepulcral. Pájaro y bosque incluido. Y en el décimo los dos hermanos mayores se detuvieron, dieron media vuelta, alzaron con más o menos estilo el arma, apuntaron cuidadosamente, con la lengua fuera y un ojo guiñado, y apretaron el gatillo.
Y no sucedió nada.
Volvieron a apretar el gatillo y, de nuevo, nada de nada. Comprobaron si las armas estaban cargadas. Lo estaban, así que apretaron el gatillo, otra vez, y nada de nada de nada.
Un coro de risas se elevó mientras el bosque recuperaba su sonido. Luego, cuando los hermanos accionaban frenéticamente las pistolas, el jolgorio general se convirtió en un abucheo general. Y, en general, la gente se fue marchando. El cuervo dejó de nuevo el agujero libre, y aleteó hasta una rama cercana. Entre éste, el padre de los hermanos y algunos vecinos, solo permanecieron un par de decenas de ojos. Jimmy, Wayne, y el hermano menor se reunieron junto al agujero.
-Somos patéticos -apuntó el mediano.
-Cierra la boca estúpido y busca una solución -respondió el mayor.
El mediano se enfadó. Golpeó con la culata al mayor y ambos se enzarzaron en una pelea sucia, formando un remolino de mordiscos, quejidos y chorreras.
Los pocos que quedaban, menos el padre, que hablaba solo y algo nervioso, y el cuervo, se marcharon, algunos haciendo aspavientos groseros, otros riendo. El hermano pequeño, que veía como la reputación de su familia se venia abajo, trató de interceder, con tan mala fortuna que hundió el pie en su agujero, tropezó, voló un tiempo y cayó en medio del remolino brutal, dejando caer la caja de terciopelo de su padre, desmontándose ésta, revelando un fondo secreto y siendo arrojado al barro un dibujo sobre papel grueso. Un dibujo sobre papel grueso de Estella desnuda, muy bien proporcionada. Y con una sonrisa impúdica.
Hay pocos momentos en la vida de un padre en los que ésta se ve amenazada por sus hijos. Pero parecía ser uno de esos momentos. Harry Abraham Wayne, engendrador de tres muchachos, esposo y sastre, echó a correr en busca del dibujo, sorteó el vendaval de tortas de Jimmy y Wayne, y reunió fuerzas para saltar sobre su hijo pequeño, quien llegó antes que el, cogió el dibujo, lo observó y se relamió a tiempo de ver como las garras del cuervo se lo arrebataban de las manos antes de que su padre lo tumbase. Los dos, en el suelo, exhortaron al cuervo a regresar, quien no quiso, por lo que el padre se incorporó y se lanzó a perseguirlo, topándose con el agujero de su hijo, volando también un tiempo y abriéndose la cabeza con el tronco de un árbol. Harry murió en el acto y el cuervo acabo perdiéndose en el horizonte, bañado ahora de azul y marfil.
Ningún hermano se movía ya. Ni se mordía. Observaban el cadáver de su padre, los mayores incrédulos, el pequeño alucinado.
-Como ha pasado -preguntaron Jimmy y Froyd al unísono.
-No tengo ni idea -dijo el pequeño de los hermanos con los ojos improbablemente abiertos, guardando el secreto.
Jimmy se arrodilló junto al cuerpo sin vida de su padre. Y Froyd le imitó. Y el pequeño.
-Ha sido por mi culpa -resumió el mayor.
-Tienes toda la razón -le correspondió el mediano-, y nuestro padre merece ser vengado.
Jimmy Wayne calibró las posibilidades de que su hermano hablase en serio. Muchas, concluyó. El pequeño se llevó una mano a la frente, suspiró y comenzó a recoger la caja y las maltrechas pistolas.
-A espadas, será mejor -dijo -y al amanecer. Y esta vez que uno muera, nuestro padre merece respeto.
Sus dos hermanos mayores asintieron. Se echaron el cuerpo de su padre sobre las espaldas y tomaron el camino al pueblo. El pequeño de los hermanos enterró la caja en su agujero, dejo caer alguna lágrima y se dispuso a buscar una buena piedra para afilar las armas y clavar la cruz de madera de su padre.
Enero de 2008


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