El día que J levantó el vuelo por última vez creyó ver el cielo arder. J tenía 48 años y pilotaba una Cessna maltrecha, a la que llamaba Sky boss, traducido algo así como El Amo del Cielo. Un nombre que no se ajustaba a su manera de pilotar más bien improbable.
No había desayunado, quería estar listo desde muy temprano y había dejado los cereales preparados antes de acostarse. Pero se los comió el gato. Así que tenía hambre, y se sentía más tembloroso que de costumbre. Aunque todo se le pasó cuando se sentó en el asiento, encendió el motor y se embaucó con el ronroneo de Sky boss, una vieja pero complaciente máquina.
El gato iba con él. Solía sentarlo en el asiento trasero, bien asegurado con cinturones, y al bicho le gustaba. Nunca se había quejado. Cómo disfrutaban del viejo sueño de volar, cortando el horizonte con las alas, sintiendo el fenomenal vacío bajo ellos y sobre ellos.
En el cielo normalmente iba todo bien, dentro de los márgenes posibles. Y aquella mañana, hasta el momento, no era distinta. J disfrutaba, Sky boss se deslizaba y el gato maullaba de contento. J observó en el retrovisor como su pelo rizado escapaba del casco. Pensaba que a las mujeres les debía parecer atractivo.
J siempre había estado solo. Había nacido viudo. Llevaba contando tal cosa desde los cinco años. Decía que a su gran amor lo conoció estando él en el vientre de su madre, y a pesar de que todos le dijesen que eso era una milonga y que necesitaba ayuda, él persistía.
Volando, observando J su pelo, vio acercarse un punto a gran velocidad. Era fácil verlo porque el cielo estaba claro, casi muerto, y no era un punto pequeño. J hizo un par de maniobras y cambió el rumbo cuarenta grados. El punto le seguía. Se hacía más grande. Y, según las teorías de Newton, cuando dos cuerpos que vuelan en el aire, chocan, no puede pasar nada bueno.
El punto resultó ser una cigüeña, a todas luces campeona de los mil metros nube, que había quedado empotrada en el asiento trasero, algo que al gato no le hacía mucha gracia. Aunque no sabía muy bien que hacer. J se sentía mareado tras el choque. Una gran arboleda se acercaba indiferente.
Serían la copas de los pinos, que no se apartaban del rumbo, o las uñas feroces del gato, que habían recobrado la vida, las que hicieron que la cigüeña se recompusiese, aletease y saltase al cielo para perderse hacia el sol. El gato y J se dirigían, a velocidad constante, hacia la muerte. Posiblemente asaeteados por las ramas, quizá golpeados por los hierros desconcertados de la avioneta y, esto ya seguro, estampados contra el suelo.
Todas las imágenes de sus vidas se cruzaron indistintamente en sus cerebros. La excelente cerveza de la escuela de aviadores, que luego provocó la pelea por la que acabó expulsado. La madeja rosa que encontró en la basura. Los imposibles vientos que había atravesado. Las horas junto al ratón de madera de su camita. Y ninguna chica.
Ambos echaron un vistazo al cielo y suspiraron. Luego J. se giró, desató al gato, que no parecía estar muy seguro de tal cosa, y lo cogió, apretándolo contra su vientre.
-No ha estado tan mal -dijo el hombre-. Allá vamos - concluyó, mirando al inminente bosque.
El gato trató de escapar, pero fue entonces cuando una enorme llama surgió del morro de la Cessna, haciendo piruetas. J creyó ver el cielo arder y, perdido, saltó junto al gato de la avioneta, yendo a parar a la copa de un pino, más cercano de lo que posibilita la suerte.
Acabaron con la nariz clavada en una rama y frente a una ardilla que mordisqueaba un piñón. Sky boss ardía a diez metros suyo, en el suelo, habiendo dejado un reguero de pequeñas llamas en el camino que se abrió entre los árboles.
-¿Podríamos pedirle un poco? -comentó J, señalando a la ardilla.
Pero el gato ya había encontrado sustento y se desembarazó de J para perseguir frenéticamente al roedor de rama en rama. J hizo lo propio con el gato, temiendo por su vida, pero al querer incorporarse le fallaron las manos, abalanzándose hacia el suelo y haciendo muy cierta la frase “golpearse con absolutamente todas las ramas”.
A los dos minutos la ardilla había dado por finalizada la persecución y masticaba su piñón en lo alto de un pino, lejos del gato, que maullaba a J entre preocupado y fatigado. Cuando descendió y lamió el ojo cerrado de su dueño a éste le volvió la conciencia.
-Bueno, ya he llegado al suelo -masculló.
Se puso en pie, vacilando por los dolores, y a duras penas alcanzó la avioneta, prensada como un muelle, para arrojarle algo de tierra con los pies.
-Reposa aquí -dijo, siendo atravesado por un escalofrío -No volveremos a subir al cielo.
Dejo escapar algunas palabras más en silencio. Agarró al gato, decidió una dirección y se internó en el bosque. Cuando habían perdido de vista el lugar del siniestro, J volvió a hablar, acariciando la cabeza del animal.
-Creo que vamos a ir a comprarte una esposa.
Y desaparecieron entre los troncos, apiñados bajo un techo frondoso que no permitía observar la gran bóveda azul que se derramaba sobre las copas.
No había desayunado, quería estar listo desde muy temprano y había dejado los cereales preparados antes de acostarse. Pero se los comió el gato. Así que tenía hambre, y se sentía más tembloroso que de costumbre. Aunque todo se le pasó cuando se sentó en el asiento, encendió el motor y se embaucó con el ronroneo de Sky boss, una vieja pero complaciente máquina.
El gato iba con él. Solía sentarlo en el asiento trasero, bien asegurado con cinturones, y al bicho le gustaba. Nunca se había quejado. Cómo disfrutaban del viejo sueño de volar, cortando el horizonte con las alas, sintiendo el fenomenal vacío bajo ellos y sobre ellos.
En el cielo normalmente iba todo bien, dentro de los márgenes posibles. Y aquella mañana, hasta el momento, no era distinta. J disfrutaba, Sky boss se deslizaba y el gato maullaba de contento. J observó en el retrovisor como su pelo rizado escapaba del casco. Pensaba que a las mujeres les debía parecer atractivo.
J siempre había estado solo. Había nacido viudo. Llevaba contando tal cosa desde los cinco años. Decía que a su gran amor lo conoció estando él en el vientre de su madre, y a pesar de que todos le dijesen que eso era una milonga y que necesitaba ayuda, él persistía.
Volando, observando J su pelo, vio acercarse un punto a gran velocidad. Era fácil verlo porque el cielo estaba claro, casi muerto, y no era un punto pequeño. J hizo un par de maniobras y cambió el rumbo cuarenta grados. El punto le seguía. Se hacía más grande. Y, según las teorías de Newton, cuando dos cuerpos que vuelan en el aire, chocan, no puede pasar nada bueno.
El punto resultó ser una cigüeña, a todas luces campeona de los mil metros nube, que había quedado empotrada en el asiento trasero, algo que al gato no le hacía mucha gracia. Aunque no sabía muy bien que hacer. J se sentía mareado tras el choque. Una gran arboleda se acercaba indiferente.
Serían la copas de los pinos, que no se apartaban del rumbo, o las uñas feroces del gato, que habían recobrado la vida, las que hicieron que la cigüeña se recompusiese, aletease y saltase al cielo para perderse hacia el sol. El gato y J se dirigían, a velocidad constante, hacia la muerte. Posiblemente asaeteados por las ramas, quizá golpeados por los hierros desconcertados de la avioneta y, esto ya seguro, estampados contra el suelo.
Todas las imágenes de sus vidas se cruzaron indistintamente en sus cerebros. La excelente cerveza de la escuela de aviadores, que luego provocó la pelea por la que acabó expulsado. La madeja rosa que encontró en la basura. Los imposibles vientos que había atravesado. Las horas junto al ratón de madera de su camita. Y ninguna chica.
Ambos echaron un vistazo al cielo y suspiraron. Luego J. se giró, desató al gato, que no parecía estar muy seguro de tal cosa, y lo cogió, apretándolo contra su vientre.
-No ha estado tan mal -dijo el hombre-. Allá vamos - concluyó, mirando al inminente bosque.
El gato trató de escapar, pero fue entonces cuando una enorme llama surgió del morro de la Cessna, haciendo piruetas. J creyó ver el cielo arder y, perdido, saltó junto al gato de la avioneta, yendo a parar a la copa de un pino, más cercano de lo que posibilita la suerte.
Acabaron con la nariz clavada en una rama y frente a una ardilla que mordisqueaba un piñón. Sky boss ardía a diez metros suyo, en el suelo, habiendo dejado un reguero de pequeñas llamas en el camino que se abrió entre los árboles.
-¿Podríamos pedirle un poco? -comentó J, señalando a la ardilla.
Pero el gato ya había encontrado sustento y se desembarazó de J para perseguir frenéticamente al roedor de rama en rama. J hizo lo propio con el gato, temiendo por su vida, pero al querer incorporarse le fallaron las manos, abalanzándose hacia el suelo y haciendo muy cierta la frase “golpearse con absolutamente todas las ramas”.
A los dos minutos la ardilla había dado por finalizada la persecución y masticaba su piñón en lo alto de un pino, lejos del gato, que maullaba a J entre preocupado y fatigado. Cuando descendió y lamió el ojo cerrado de su dueño a éste le volvió la conciencia.
-Bueno, ya he llegado al suelo -masculló.
Se puso en pie, vacilando por los dolores, y a duras penas alcanzó la avioneta, prensada como un muelle, para arrojarle algo de tierra con los pies.
-Reposa aquí -dijo, siendo atravesado por un escalofrío -No volveremos a subir al cielo.
Dejo escapar algunas palabras más en silencio. Agarró al gato, decidió una dirección y se internó en el bosque. Cuando habían perdido de vista el lugar del siniestro, J volvió a hablar, acariciando la cabeza del animal.
-Creo que vamos a ir a comprarte una esposa.
Y desaparecieron entre los troncos, apiñados bajo un techo frondoso que no permitía observar la gran bóveda azul que se derramaba sobre las copas.


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