Aladino XXI


“¡He aquí ahora lo que atañe a Aladino!”
Las Mil y Una Noches


Tanteó la superficie de la alfombra con la mano. Kurt se deleitaba con el leve ronroneo de ésta al ser acariciada. Kurt sentía las fibras agazaparse bajo su palma para luego recobrar su posición original. Kurt preguntó:

—¿Esto vuela?

El dependiente buscó ayuda por la tienda con la mirada. Despegó las manos que mantenía anudadas en la espalda y las enfundó en los bolsillos de su chaleco verde.

—¿Disculpe señor?

Kurt volvió a rasurar la alfombra con la mano.

—¿Qué si esto vuela?

Con un sonrisa aplastante, el dependiente respondió.

—Es una alfombra, señor.

El dependiente esperó razonablemente, pero Kurt no dijo nada, limitándose a estudiar curioso su figura rubia y espigada. De arriba abajo. De izquierda a derecha. Y hasta la rodeó con pequeños pasos para después regresar junto a la alfombra y pasar un dedo por su borde. El dependiente, cansado de mantener la sonrisa, abordó de nuevo a Kurt.

—¿Quiere ver alguna otra?

—Quiero probar esta —se decidió Kurt, levantando el mentón.

Bajando desde la sonrisa, un temblor se alojó en las rodillas del dependiente. Volvió a recorrer la tienda con los ojos, pero solo había alfombras por todas partes, que no podían echarle una mano.

—Verá señor, solo trabajo aquí desde hace una semana y no estoy seguro de poder autorizarle a extender la alfombra.

—No me gusta su sonrisa —dijo Kurt —Quiero hablar con el dueño. ¿Supongo que el podrá autorizarme?

—Sí señor —la voz del dependiente se fue apagando— pero está descansando.

Kurt se llevó arrebatado las manos a la cabeza. El dependiente alzó la suyas para prevenir un posible ataque.

—¡Que tiempos estos en que los dueños descansan!¡¿Dónde esta ese tipo?!

El dependiente levantó tembloroso un dedo señalando al techo.

—Creo que en la azotea, fumando. Lleva arriba un par de horas —. Luego murmuró — No le gusta que nadie interrumpa su descanso.

Con una agilidad notable, Kurt se echó la alfombra al hombro y se dirigió a las escaleras, dejando que un “vayamos, pues” se perdiese tras su paso. El dependiente le siguió, tratando de disuadirle, pero a Kurt le pareció que de sus labios solo brotaban siseos incomprensibles.

Tras ascender 134 escalones anegados de oscuridad, un brillo metálico se apareció ante ellos. La puerta se abrió servicial, golpeándoles con la luz del día en la cara. Los ojos de Kurt, acostumbrados a la nueva iluminación, encontraron una silla cuyo respaldo se apoyaba en una complicada chimenea de barro. Un hilillo de humo se elevaba desde ella serpenteando hasta difuminarse. Con paso decidido, Kurt se dirigió hasta el humo. Tras él se arrastraba el dependiente, preguntándose si le hubiera venido bien una alfombra para cuando lo tirasen de la azotea.

—El dueño, ¿verdad? —inquirió Kurt al llegar a la silla, sin siquiera mirar a quien contenía, equilibrando la alfombra en su hombro —Quiero probar esta.

El humo cambió de dirección y fue a chocarse contra la chimenea. Una mano de uñas verdes trituró el cigarrillo, haciendo saltar centellas entre sus dedos. Luego se elevó en el aire para recorrer unas curvas vertiginosas, llegar a un bolsillo y sacar otro cigarrillo. Una vez acomodado entre los labios –y estos eran muy cómodos- otra mano acompañó el gesto con un encendedor y el humo volvió a ascender vertiginoso.

—Claro, hágalo.

Kurt bajó la mirada siguiendo la voz. Surgía de un cuello finísimo, sobre el que se asentaban algunas asimetrías atractivas. Más abajo, Kurt se detuvo en unas simetrías turgentes.

—Encantado, señora. ¿Puedo hacerlo aquí mismo?

Todas las simetrías y algunas curvas más se levantaron de la silla. El cigarillo cayó al suelo y fue aplastado sin piedad por una sandalia.

—Aquí mismo, tiene todo el espacio del mundo —dijeron todas las curvas al unísono, para luego dirigir una mirada inquisitiva al dependiente.

Éste pensaba en decir cosas como “hay mucho polvo, se va a ensuciar” u “oiga, que está loco y quiere alzar el vuelo con la alfombra” pero bastante tenía con imaginar a cuantos metros se levantaba aquella azotea del suelo.

Con la alfombra ya extendida, Kurt se sentó, se chupó un dedo y dejó que la saliva adivinase el devenir del viento.
—Bien, al sur. No tenía pensado visitar esa parte de la ciudad, pero puede ser una buena prueba —dijo Kurt convencido.

Las uñas verdes se extendieron hacia el horizonte.

—Adelante —invitó aquella mano esculpida y Kurt agarró los extremos de la alfombra y fue dando botes hasta el borde de la azotea.

El dependiente se acercó a las curvas vertiginosas, tanteó en uno de sus bolsillos y sacó un cigarillo. El mechero volvió a chasquear, el humo a volar y el dependiente tosió compungido. Con un “allá vamos” Kurt se dejó caer. El dependiente esperaba escuchar algo parecido a un racimo de uvas aplastados por un pie o a un mosquito accidentado en un parabrisas, pero no logró escuchar nada. Agitó su cabeza por ver si desaparecía el rugido batiente de la sangre en su orejas y logró distinguir un silbido cortando el viento. Miró a los ojos de las curvas, aterrado. Ellas respondieron.


—Bueno, era una alfombra.


Abril de 2008

2 comentarios:

Xuan dijo...

Un relato muy cargado de acciones. Se ve muy bien la historia. Tanto Kurt como el dependiente son geniales y están muy bien definidos. Quizá es un poco abstracta el personaje de la dueña, aunque la idea de que esté en la azotea es muy buena. Le da un toque de intriga. ¿Podrían ser las escaleras de caracol?

El final está muy bien. No es de esos sorpresivo y eso que te crees y todo la posibilidad de que vuele la alfombram.

Jorge J.R. dijo...

Así es como debe dejarse un comentario. Ole, ole.