El río de los dos amigos

“Yo no soy tus ruedas rodantes, yo soy la carretera”
Audioslave – I am the highway


El anzuelo entra en el agua con un ligero chapoteo, hundiéndose un metro arrastrado por el plomo. El sedal que lo apresa asciende por los espacios azules del río hasta la punta de la caña, donde instalado con precisión un cascabel refulge al sol. Éste es observado por Molino y Cantarranas, que en sus viejas sillas plegables aguardan pacientes a que un pez apure sus últimos coletazos. Por ahora no ha habido señal de que el cebo deleite el paladar de ninguna criatura.

Mauricio Cantarranas le da un tiento a una cerveza enlatada que se calienta con los rayos de la primavera. Algo de espuma se asienta en su selvático bigote, ocasión que no desaprovecha para lanzar su lengua en busca de los refrescantes residuos. A su lado, Sebastián Molino escruta el silencio del cáñamo en movimiento, de las sombras escapando por la ladera de los montes y de las aves que palmean sobre el río.

El cascabel se agita con un ¡clink! esperanzador. Entonces Cantarranas se levanta de un salto y afina la mirada buscando movimiento bajo las aguas. Cuando comprueba que ha vuelto a ser un juego del viento, se sienta con mucho tacto y le da otro trago a la cerveza, que ya empieza a colorearle las mejillas y la punta de la nariz. Finalizada la operación, Molino se pone en pie para acercarse a la caña y afianzarla en su agujero de barro, para después dejar que sus dedos se arruguen con las tenues sacudidas del río en la orilla. Cuidadosamente se ajusta el parche del ojo y se enciende la pipa. El humo le sigue en su regreso a la silla. A lo lejos se escucha el rumor de un coche avanzando por alguna carretera.




-¡Que tranquilidad! –comenta alegre Molino.

Cantarranas le mira algo angustiado y vuelve a levantarse para maldecir el plácido devenir de la superficie del río, sobre la que el sol derrama sus reflejos.

-Mejor sería si picase alguno –farfulla Cantarranas, casi dolido.

Sebastián Molino niega con la cabeza, haciendo que el humo de la pipa zigzaguee frente a su cara.

-Aquí lo único que pica son las ortigas –concluye.

Otro coche traquetea a lo lejos, como cansado. Mauricio Cantarranas regresa a su silla y hunde sus nalgas y su espalda en la tela, haciendo que los muelles de la silla rechinen. Inaugura otra cerveza después de apilar la lata vacía junto a las otras. El cascabel reclama de nuevo su atención, esta vez con insólita fuerza. “Clink, clink, clink” chilla, arrojando destellos dorados. Con muchos ademanes Cantarranas trata de incorporarse, pero la silla cede, se pliega y se lo traga y sus nalgas van a parar al suelo, mientras el respaldo le cubre la cabeza, cual bocadillo de bigote empapado por una cerveza que ha burbujeado con frenesí.

-¡Ha picado, ha picado! –grita Cantarranas mientras trata de deshacerse de su presidio de tela y metal.

“Clink, clink, clink” sigue chillando el cascabel. Molino aletea con su nariz, dejando que el humo se expanda delante de sus ojos.

-Será el viento- asume con tranquilidad.

Cantarranas, atrapado, rasga la tela y asoma el bigote. Su mirada pasa del cascabel a la pose pasmosa de Molino.

-¡Haz algo, saca el pez! –exige.

-No he venido hasta aquí para sacar peces del agua –responde Molino, rascándose bajo el borde del parche. “Clink, clink, clink”…

La silla estalla y Cantarranas emerge como un borbotón. Su cara chorrea cerveza, que a tiempo rescata con incursiones racheadas de su lengua. El cascabel deja de sonar.

-Maldición -.Su gemido se escurre entre las lanzas de cáñamo -¿Y para que diablos has venido a pescar si no quieres sacar peces del agua?

Sebastián Molino retira la pipa de los labios que la retienen. Boca abajo la apaga sobre la arena y la guarda en un bolsillo. Se estira en su silla, dejando que los pies desnudos resbalen por el barro, y complace a Cantarranas con una respuesta.

-He venido a escuchar como el viento agita los cascabeles.

Abril de 2008.