Piranita Pérez no es un nombre muy común. Ni la niña que lo acompaña. Con las manos pequeñas suele jugar en la arena de la playa, aunque todavía no conoce el mar. También asalta castillos y hace compañía a un príncipe. Y cuando puede, cuando se lo permiten, descorre las cortinas y se asoma a la ventana, para ver el cielo, y la calle, y escuchar las sirenas, y los gatos flacos que se pelean.
Muchas veces su Hermana Mayor la visita. La cubre hasta los ojos con las sábanas, y éstos se arrugan desvelando una risita prodigiosa, llena de dientes cegadores. Como está tapada, Piranita piensa que no la descubren, pero Hermana Mayor se quita las gafas y responde: "¿De qué te ríes, bicho?" y lanza sus dedos a por la barriga, que se retuerce antes de que lleguen a tocarla, rompiendo en carcajadas.
Cuando Hermana Mayor se va, con sus carpetas llenas de apuntes y su libro perenne a medio leer, es la enfermera la que llega. Toca un botón aquí y la cama se contorsiona, un botón allá y la luz del día rebota contra las paredes blancas. Y mientras, cuenta cómo ha sido el desayuno: "Jamón y queso. Sí señora, para empezar fuerte el día".
Piranita echa de menos peinarse y, a veces, ir a la escuela, donde huele a pintura. Aunque también le gusta el olor a medicina.
Muchas veces se ha sentido aburrida, cuando ni Hermana Mayor ni los gatos han aparecido.
Mayo de 2008

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