Con suavidad, la aguja perforó la tela por última vez. El sastre alzó su obra y dejó que su mujer y sus cuatro hijos la contemplasen. Un “ohhhh” al unísono confirmó el buen hacer del maestro costurero, que con las yemas mantenía en alto la chaqueta carmesí que había confeccionado para el Rey. Líneas de plata, y algunas de oro, se cruzaban frenéticas sobre la pechera, que se culminaba con un único botón, una perla moldeada con forma de elefante. Ésta prenda, por fin, había de ser del gusto de Su Majestad, pensaron todos. Ahora sí que se había ganado la jubilación.
La puerta del castillo, una lengua de madera y hierro, fue descendiendo sin prisa, haciendo chillar a las cadenas que la sostenían. El sastre batía su pie contra el suelo, de espaldas a la multitud que lo acompañaba. La masa le había seguido desde la puerta de su hogar, donde un calendario marcaba el último día de costura. Después de cuarenta y tres intentos, todos estaban convencidos de que aquella chaqueta incandescente sería del gusto del Rey, años, hilos y puntadas después.
Tras las torres, que como colmillos arañaban un cielo sin nubes, se levantaban unas montañas azules, sobre las que las aves trazaban círculos inseguros. Desde allí, sin mediar rayos ni truenos, vino la tormenta. El cielo limpio se llenó de jirones y la lluvia levantó el olor húmedo de la piedra y el heno, mientras la puerta se posaba cansada sobre el foso, haciendo elevarse polvo y guijarros.
El sastre, su mujer y sus cuatro hijos y una mojada multitud entraron en el patio de armas. Allí les esperaba el secretario personal del rey, Gillem, sin apellido, pues se lo quitaron al nacer. Había sido adoptado por el monarca desde su mismo alumbramiento y las excelencias de la vida en palacio le habían convertido en un hombre insano, sudoroso y entrado en muchas carnes, que se movía haciendo oscilar toda su masa de un lado a otro.
Guillem portaba una imitación a la vara del rey y un sombrero de tres picos color turquesa, con una cinta que culebreaba al viento. Su pelo rizado empezaba a empaparse, derramándose sobre sus ojos y orejas. Con un gesto, hizo acudir al sastre, y éste, más cauto que presto, se aproximó y alzó una vez más su obra carmesí.
—Esta vez sí, maestro costurero —asintió Guillem.
El sastre volvió a doblar la chaqueta y la guardo bajo su zamarra, antes de que terminase chorreando agua gris de lluvia.
—Más vale, mi Señor, porque yo mañana me jubilo.
La sorpresa en el patio de armas fue monumental. “Ohhhh”, exclamaron todos repetidas veces y sin pizca de entusiasmo. Los hijos del sastre, en cambio, saltaban y danzaban bajo las nubes negras, planeando escapadas a las montañas y aventuras con su padre, al que nunca habían visto sonreír.
Tras el espasmo general de la concurrencia, Guillem tomó la palabra.
—Que así sea, maestro costurero, pero antes has de celebrar tu entrevista ante el Rey.
El sastre besó a sus hijos y limpió una lágrima de felicidad que caía por la mejilla de su esposa. Los años de servicio llegaban a su fin. Siguió a Guillem al interior del castillo, que los digirió en su oscuridad y fue a sacarlos a otro patio luminoso, presidido por un león de piedra de cuya boca un chorro salpicaba los bajos de los pajes. Entre ellos, elevado en una silla con aspecto de coliflor, el Rey, aguardaba.
—Mi señor —empezó Guillem— he aquí una vez más el maestro costurero —concluyó, a lo que siguió una reverencia del sastre, que aprovechó el movimiento para sacar la chaqueta y plantar su tela carmesí, sus cintas de plata y oro y el perlado elefante a pocos palmos del monarca.
El Rey, corona en ristre, posó sus pies sobre un charco y descendió de la silla con mucho tiento, cuidando de salpicar minuciosamente a los pajes. Se atusó la barba, gris como las nubes, entornó sus ojos, vacíos como los años entre las estrellas, y tomó la chaqueta de las manos del sastre.
—Vaya, esta sí es una buena chaqueta—se apresuró a decir, mientras la tendía sobre su pecho para asimilar la talla, algo pequeña.
—Quizás Su Majestad ha engordado en las últimas semanas —se excusó el maestro costurero, viendo peligrar su retiro.
Los pajes, Guillem y las aves del cielo hicieron un corro alrededor del Rey y del sastre, temerosas de que pudiese estallar una tempestad a ras de suelo, pero tan contento había quedado el Rey, por primera vez en su vida, que en vez de empezar a repartir bofetadas, se despojó de su capa y fue a encajarse en la chaqueta carmesí.
Que hermoso elefante, fue a decir el Rey, pareciendo más un barril, cuando el botón saltó y fue a rodar por todo el patio, yendo a caer en el desagüe de la fuente.
Los pajes, Guillem y las aves del cielo se retiraron, dejando a solas al sastre y al monarca, y si acaso a una nube negra y eléctrica que se hizo con todas las dimensiones del cielo. El Rey, que trataba de forzar sus carnes hacia el interior del tremendo descosido de la pechera, dijo:
—Pues tiene razón maestro costurero, habré de perder unos centímetros para ponerme esta chaqueta que os traerá el reconocimiento del todo el reino.
El sastre suspiró aliviado y pudo destensar sus músculos, listos para protegerse ante cualquier contingencia real. Alucinadas, varias cabezas, incluyendo la del sombrero de tres picos, asomaron tímidas por las ventanas, también sofocadas tras correr por las escaleras. Más allá del patio, el silencio de la multitud crecía, expectante. El Rey prosiguió:
—El que yo vaya a perder peso solo puede suponer un beneficio para vos, maestro costurero, pues habréis de renovarme el vestuario.
La puerta del castillo, una lengua de madera y hierro, fue descendiendo sin prisa, haciendo chillar a las cadenas que la sostenían. El sastre batía su pie contra el suelo, de espaldas a la multitud que lo acompañaba. La masa le había seguido desde la puerta de su hogar, donde un calendario marcaba el último día de costura. Después de cuarenta y tres intentos, todos estaban convencidos de que aquella chaqueta incandescente sería del gusto del Rey, años, hilos y puntadas después.
Tras las torres, que como colmillos arañaban un cielo sin nubes, se levantaban unas montañas azules, sobre las que las aves trazaban círculos inseguros. Desde allí, sin mediar rayos ni truenos, vino la tormenta. El cielo limpio se llenó de jirones y la lluvia levantó el olor húmedo de la piedra y el heno, mientras la puerta se posaba cansada sobre el foso, haciendo elevarse polvo y guijarros.
El sastre, su mujer y sus cuatro hijos y una mojada multitud entraron en el patio de armas. Allí les esperaba el secretario personal del rey, Gillem, sin apellido, pues se lo quitaron al nacer. Había sido adoptado por el monarca desde su mismo alumbramiento y las excelencias de la vida en palacio le habían convertido en un hombre insano, sudoroso y entrado en muchas carnes, que se movía haciendo oscilar toda su masa de un lado a otro.
Guillem portaba una imitación a la vara del rey y un sombrero de tres picos color turquesa, con una cinta que culebreaba al viento. Su pelo rizado empezaba a empaparse, derramándose sobre sus ojos y orejas. Con un gesto, hizo acudir al sastre, y éste, más cauto que presto, se aproximó y alzó una vez más su obra carmesí.
—Esta vez sí, maestro costurero —asintió Guillem.
El sastre volvió a doblar la chaqueta y la guardo bajo su zamarra, antes de que terminase chorreando agua gris de lluvia.
—Más vale, mi Señor, porque yo mañana me jubilo.
La sorpresa en el patio de armas fue monumental. “Ohhhh”, exclamaron todos repetidas veces y sin pizca de entusiasmo. Los hijos del sastre, en cambio, saltaban y danzaban bajo las nubes negras, planeando escapadas a las montañas y aventuras con su padre, al que nunca habían visto sonreír.
Tras el espasmo general de la concurrencia, Guillem tomó la palabra.
—Que así sea, maestro costurero, pero antes has de celebrar tu entrevista ante el Rey.
El sastre besó a sus hijos y limpió una lágrima de felicidad que caía por la mejilla de su esposa. Los años de servicio llegaban a su fin. Siguió a Guillem al interior del castillo, que los digirió en su oscuridad y fue a sacarlos a otro patio luminoso, presidido por un león de piedra de cuya boca un chorro salpicaba los bajos de los pajes. Entre ellos, elevado en una silla con aspecto de coliflor, el Rey, aguardaba.
—Mi señor —empezó Guillem— he aquí una vez más el maestro costurero —concluyó, a lo que siguió una reverencia del sastre, que aprovechó el movimiento para sacar la chaqueta y plantar su tela carmesí, sus cintas de plata y oro y el perlado elefante a pocos palmos del monarca.
El Rey, corona en ristre, posó sus pies sobre un charco y descendió de la silla con mucho tiento, cuidando de salpicar minuciosamente a los pajes. Se atusó la barba, gris como las nubes, entornó sus ojos, vacíos como los años entre las estrellas, y tomó la chaqueta de las manos del sastre.
—Vaya, esta sí es una buena chaqueta—se apresuró a decir, mientras la tendía sobre su pecho para asimilar la talla, algo pequeña.
—Quizás Su Majestad ha engordado en las últimas semanas —se excusó el maestro costurero, viendo peligrar su retiro.
Los pajes, Guillem y las aves del cielo hicieron un corro alrededor del Rey y del sastre, temerosas de que pudiese estallar una tempestad a ras de suelo, pero tan contento había quedado el Rey, por primera vez en su vida, que en vez de empezar a repartir bofetadas, se despojó de su capa y fue a encajarse en la chaqueta carmesí.
Que hermoso elefante, fue a decir el Rey, pareciendo más un barril, cuando el botón saltó y fue a rodar por todo el patio, yendo a caer en el desagüe de la fuente.
Los pajes, Guillem y las aves del cielo se retiraron, dejando a solas al sastre y al monarca, y si acaso a una nube negra y eléctrica que se hizo con todas las dimensiones del cielo. El Rey, que trataba de forzar sus carnes hacia el interior del tremendo descosido de la pechera, dijo:
—Pues tiene razón maestro costurero, habré de perder unos centímetros para ponerme esta chaqueta que os traerá el reconocimiento del todo el reino.
El sastre suspiró aliviado y pudo destensar sus músculos, listos para protegerse ante cualquier contingencia real. Alucinadas, varias cabezas, incluyendo la del sombrero de tres picos, asomaron tímidas por las ventanas, también sofocadas tras correr por las escaleras. Más allá del patio, el silencio de la multitud crecía, expectante. El Rey prosiguió:
—El que yo vaya a perder peso solo puede suponer un beneficio para vos, maestro costurero, pues habréis de renovarme el vestuario.
- Los cuentos del rey II: Ojo, lunar y rojo
- Los cuentos del rey III: El Alto Santiago


1 comentarios:
Muy curioso y original el relato, Jorge.
La prosa muy limpia y clara.
Una estructura clásica, con planteamiento, nudo y desenlace. Tal vez, convendría marcar un poco más que el maestro tiene la intención de jubilarse, porque creo que queda un poco en el aire.
A ver si nos vemos este jueves.
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