Focasi recostó la espalda contra una roca. Se quitó la camiseta y se secó el sudor de Miró al cielo, buscando un sol que parecía haber estallado derramando su luz por el desierto. Se miró a los pies. Dio una vuelta completa y constató su descubrimiento.
Varias filas de indígenas bailaban y daban palmas alrededor del que a Focasi le pareció el hombre más fuerte del mundo. El taparrabos apenas le cubría el centro, que igualmente pasaba desapercibido a la vista de la lanza que sostenía firme. Cuando Focasi fue dejando atrás algunas de las cabañas, el indígena se acercó y las danzas y palmas terminaron. Todos ellos sí tenían sombra.
—Justo a tiempo —proclamó mientras Focasi cerraba el paraguas.
—Pues me alegro de no llegar tarde —convino Focasi —. ¿Cómo es que me esperaban? Si ni
El gran indígena levantó la lanza y como fieles seguidores los demás gritaron enardecidos.
—Precisamente por eso. Seguiste al sapo, y él te ha traído a mí —y un nuevo enjambre de gritos se elevó.
Focasi buscó al sapo y lo descubrió a sus pies, mirándole. Focasi habría jurado que sonreía de no tratarse de un anfibio verrugoso. Cuando levantó la vista, la punta de la lanza se mecía a pocos centímetros de su nariz. Siguió el largo de la vara hasta el brazo del gran indígena, luego hasta su hombro y prosiguió así hasta la mano contraria, que le invitaba a pasar a una de las cabañas.
Por enésima vez en ese día, Focasi buscó el sol. A su pesar, este seguía dispersándose hasta donde le alcanzaba la vista, aunque reconoció un pequeño punto de luz doloroso calentando la cima del macizo rojizo. Su sombra seguía sin hacer acto de presencia, y ese fue uno de los dos motivos que le llevaron a aceptar la invitación del gran indígena.
Enfiló la puerta de la cabaña, el sapo se hizo a un lado, y la tribu gritó de nuevo, como una cuadrilla de chicharras. No se podía estar de pie en el interior, así que a Focasi no le hizo falta ningún consentimiento para sentarse. El gran indígena entró tras él, prolongando su paso por el umbral y dejando que una pálida luz regase su silueta. Focasi había ya acomodado su trasero y su paraguas cuando el indígena le ofreció un cuenco con agua. Ahí estaba el segundo motivo.
Fuera, el resto de la tribu se acercó lentamente, disimulando, hasta acumularse en la puerta de la cabaña y tapar la única iluminación natural de que disponía. El gran indígena encendió una vela.
—¿Qué te ha traído hasta aquí, amigo Focasi?
Focasi no quiso saber porque aquel taparrabos con lanza conocía su nombre. Se terminó el cuenco, derramándose algo de agua por la camiseta.
—Dímelo tú, amigo…
—Ubulu, puedes llamarme Ubulu —concedió el indígena, con una amplia sonrisa en la que se reflejaba la llama de
Acomodando su espalda, haciendo notar que estaba incómodo, Focasi devolvió el cuenco. Ubulu se lo rellenó hasta tres veces. Cuando toda la camiseta de Focasi estaba empapada, éste habló.
—Porque no tengo sombra —probó suerte.
Ubulu dejó de sonreír, y por un momento a Focasi le pareció que un soplo de aire trataba de apagar la vela.
—Exacto —confirmó el gran indígena con un hilillo de voz. Toda la tribu gritó por cuarta vez. Solo se distinguían hileras de dientes blancos. Al cabo, Ubulu continuó —. ¿Y sabes por qué no tienes sombra?
—¿Eso también puedes decírmelo, amigo Ubulu?
El gran indígena negó con la cabeza, haciendo temblar el reflejo de la llama.
—Pero sé quién puede decírtelo, aunque para encontrarle tendrás que llegar a la cima del macizo.
Focasi imaginó como sería el resto de su vida sin sombra. Tampoco parecía tan terrible. Cogió su paraguas y se dispuso a marchar cuando notó que algo subía por su pierna. En ella encontró al sapo, que lo miraba indignado, si tal cosa puede decirse de un anfibio. Algo en aquella pequeña masa de verrugas le incitaba a quedarse. A intentarlo. Descubrió que la llama también evolucionaba en las sonrisas de la tribu, rasgando
El macizo rojizo, desde su base, todavía parecía más inmenso. El bastión superior seguía envuelto por
Antes de tomar la senda, el gran indígena le arrebató a Focasi el paraguas negro y le cedió una mochila, que éste echó a su espalda con quejidos. La tribu volvió a gritar, a lo que respondieron con aullidos los lobos de la noche.
Después de 46 minutos el camino se había vuelto vertical y el macizo solo supuraba sombras que confundían a las extremidades de Focasi. Más de una vez estuvo a punto de agarrar el vacío y precipitarse a la llanura, pero en el último momento siempre encontraba donde clavar los dedos o encajar la punta de
—¿A dónde vas tú? —dijo Focasi, sosteniendo al anfibio en su mano.
El sapo miró arriba, miró abajo y estiró una pata que lo desequilibró, arrojándolo de nuevo al interior de
—Yo ahí no quepo —indicó Focasi, dándole un tiento a una de las rosquillas —. En marcha. Queda lo más difícil —concluyó, recogiendo la mochila y lanzándose de nuevo hacia el abismo que le quedaba por recorrer, internándose en la niebla, dándose cuenta de que había perdido el miedo hacía rato. Solo esperaba que su sombra valiera la pena.
Llegó a la cima magullado. Sangrando por la frente, tras adivinar con ella la mitad de la pared que tenía por delante. La bruma se había disuelto y ahora podía contemplar la planicie a la luz extenuada de las estrellas. Posó la mochila en el suelo y dejó que el sapo campara a sus anchas por
Focasi pasó unos minutos con la vista puesta en un punto inalcanzable, hasta que a su espalda escuchó unas sandalias frotándose contra el suelo. Dio media vuelta y encontró un hombre que le recordaba a sí mismo, con su camiseta y su paraguas negro. Aquella imitación suya iba a preguntar cuando se le adelantaron.
—Hola, soy Focasi. Busco mi sombra —se aventuró.
Lo único que le distinguía del hombre que tenía frente a sí era que tenía los ojos y la piel grises. Focasi se acercó unos pasos y ofreció su mano.
—¿Cómo puedes ser Focasi si ni siquiera tienes sombra?
La mano permaneció en alto unos segundos, hasta que se percató de que no iba a encontrar con quien estrecharse. A Focasi se le estremeció el espinazo.
—¿Cómo puedes ser Focasi si ni siquiera sabes porque has llegado hasta aquí? — insistió el hombre gris.
El sapo apareció de nuevo, arrastrando su masa por la superficie del macizo. Focasi quiso culparlo de todo cuanto había sucedido desde su encuentro en el desierto, pero el sapo terminó llegando a sus pies sin ser molestado. Focasi lo recogió y observó el reflejo de su cara en los grandes ojos del anfibio. Luego, respondió.
—Soy Focasi porque empiezo a preguntarme cómo no había llegado antes.

2 comentarios:
Veo que has cambiado el blog.
A ver si leo tus dos últimos relatos. Me da un poco de pereza, porque al verlos me entra mala conciencia, por no ponerme a escribir.
Un saludo, amigo y a ver si nos vemos pronto.
Juan, no seas cobarde y dale a la tecla, cagonlaleche.
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