La bruja

A mi mujer le ha encantado la sopa. A mí, como de costumbre, no. Suele pasar cada vez que se acerca a un cucharón y con su magia negra y culinaria hace brotar
burbujas de su caldero antioxidante. Y yo no me callo, porque me gusta dar conversación y la única conversación que desde hace años comparto con ella es a gritos. Así que la provoco concienzudamente, rompiendo vasos y arrojando bolas de polvo por el salón hasta que saca las uñas y nos enzarzamos en una discusión que acaba entre las sabanas negras que nos regalaron en nuestra boda.

Pero esta vez ha sido distinto, porque me ha echado de casa. Por una sopa, amigos. Y eso que esta mañana me he afeitado para ella, dejándome el bigotillo blanco que tanto le gusta, aunque a mi me parece como si hubiesen cosido un lirón bajo mi nariz. Con la de sacrificios que he hecho por ella. ¡Bah! Pues no me habré quitado la bata cientos de veces para bajar a por tabaco... ¡y yo odio el tabaco! ¡Lo dejé hace semanas!

Y sexualmente, no digamos. A ver si encuentra a alguien que le apriete así los muslos (de todos modos prefiero no pensar en un sustituto). ¡Bah, que bruja!

Seguro que todo esto es por no haber tenido un niño. ¡Un niño! Eramos pocos... Si todo el dinero que nos sobra es para tabaco. Hacemos malabares con trocitos de carne y zanahoria para que duren una semana. Flacucho iba a salir el niño. ¡Bah!

Pienso volver a casa a decirle que es una bruja. Y si puedo se lo recordaré todos los días.

2 comentarios:

Xuan dijo...

Estás embrujado, tío.

Como nos vemos esta tarde, te lo comento en persona.

Kermit dijo...

Veo que has hecho algún cambio respecto a lo que leíste ayer.

Por cierto, soy Javier, del taller de Magdalena, el del ornitorrinco.