Vacas flacas


Por la mañana apareció otra vaca muerta en el jardín.
Era la tercera vaca que el sol revelaba desangrada y mutilada en dos semanas. Alguien tenía mucho hambre y el pequeño Pelut pensó que sería mejor acabar con ese hambre para siempre antes de que él y su madre se vieran obligados a recoger pulgas y empanarlas para acompañar la sopa de cinturón. Pelut no tuvo que investigar mucho para decidir que era un lobo quien diezmaba su ganado. Las noches se llenaban de aullidos, las mañanas de cadáveres moteados y los bajos de los pantalones de greñas grises y furtivas.

Era una visión insólita contemplar las moscas acometer el culo de una vaca sin el consiguiente golpe de rabo de ésta. Y eso irritaba mucho a Pelut que consideraba las moscas seres despreciables a los que arrancar las alas para después arrojarlas a su gato flaco y amarillo.

Pelut, a expensas de su madre, que pocas veces se levantaba de la cama, trazó un minucioso plan para acabar con la alimaña insaciable que le había desperezado sangrientamente en dos ocasiones (la primera de las vacas muertas la encontró el cartero en un huraño crepúsculo. Más bien la reconoció cuando sacó la gorra de sus tetas estiradas y se dio cuenta de que había tropezado con un ex–ser vivo).

Un lobo también mordió a su madre una vez, pero a juicio de Pelut no había sido nada grave.

El plan de Pelut era el siguiente: 1) Subir a la habitación mientras su madre roncaba. Abrir el tercer cajón del segundo armario, revolver entre la ropa interior y las polillas y llevarse los cartuchos de escopeta. Hundirse debajo de la cama, levantar el quinto tablón desde la pata trasera derecha y localizar la escopeta. 2) Matar al lobo como buenamente pudiese, con culatazo, descoyunte de hombro y demás efectos secundarios de un rifle de palanca oxidado y con inquilino: una araña majestuosa cuyo oscuro reino cilíndrico se había convertido en un remanso de paz alejado de los pisotones y persecuciones del imberbe Pelut.

Como es costumbre en un muchacho nervioso y adicto a las rodillas magulladas, nada le salió como esperaba.

La habitación
Subió los escalones con todo el sigilo que le permitieron las puntas de sus pies, que no era mucho debido al crujiente reposar de la madera. Se despeinó los rizos con una fabulosa telaraña. Cruzó el umbral de la habitación de su madre, que dormitaba, entre convulsiones y esputos sanguinolentos, más plácidamente de lo habitual. Su pelo, ahora cano y desordenado, caía sin gracia por un lateral de la cama. Abrió el tercer cajón del segundo armario, revolvió la ropa con las yemas y le quitó las alas a una polilla que guardó en el bolsillo. Encontró la caja de cartuchos. Solo quedaba uno y no tenía idea de a donde habían ido a parar el resto. Quizá a la cazuela en tiempos mejores en los que su madre todavía cocinaba. Un solo disparo efectuado por un niño con tembleque crónico debía acabar con la fiera más inteligente del bosque. Eso si la fiera aparecía de nuevo.

Se tumbó y fue arrastrándose (trazando una línea sobre el polvo) hacia la cama. Al introducirse bajo ésta enganchó el pelo gris de su madre, que protestó con lo que a Pelut le pareció un impecable ladrido. Las tripas de Pelut respondieron hambrientas y él recordó su último almuerzo consistente en una mazorca de maíz, hacía dos noches. Localizó el rifle, salió de la habitación con bastante menos cuidado, tropezando con el cañón habitado por la araña, y bajó las escaleras quejumbrosas en busca del cuenco del gato, en el que dejó inmisericorde la polilla arruinada.


El lobo
Llevaba 32 minutos con el cañón apoyado en la ventana de la azotea y ya había decidido centrarse en otro asunto. La luna huía hacia mejores escenarios y brillaba, en cambio, un abismo de estrellas. La hierba del jardín se mecía tímidamente iluminada, como esquivando las mandíbulas rumiantes de la (ahora) solitaria vaca. Pelut había encontrado una diversión apropiada para una noche de espera: arrancarse costras de las rodillas y tapizarse la cara con sangre. Había cargado el arma y preparado minuciosamente su expresión de cazador frente al pequeño espejo roto en el que se miraba cuando meaba en la palangana. Hasta probó un bocado de la polilla del gato, pero decidió que el manjar no estaba a su altura.

En su opinión, estaba preparado para matar.

Una sombra chepuda se desprendió por la valla de madera, o por lo que quedaba de ella, hasta el jardín, con un contoneo torpe. Aunque recordaba haber cerrado la puerta, ésta se batía contra el umbral insistentemente y los goznes chillaban sombríos. Una estupenda nube cerró el cielo. La sombra aullaba atormentada y la vaca mugía histérica, pisoteando la hierba. Con menos precisión de la deseada, la mira del rifle acorralaba al ánima salvaje que se arrimaba lánguidamente hasta la res. Pelut no esperaba que aquella alimaña de movimientos enfermizos fuera capaz de un salto tan monstruoso. Un destello pálido cruzó el vientre de la vaca y ésta se desplomó callada, mientras la sombra bufaba y se revolvía en un caos de miembros y pelo volátil. Pelut afianzó la culata contra su hombro, aguantó la respiración, cerró los ojos y gastó su único cartucho. El rifle cayó por la ventana, la araña planeó calcinada y Pelut voló un par de metros en dirección contraria, golpeándose la cabeza contra el suelo.

Por la mañana apareció otra vaca muerta en el jardín… pero esta vez no yacía sola. El gato flaco y amarillo combinaba lametazos a la mejilla de Pelut y al charco de sangre bajo sus rizos. Pelut se despertó con una cabeza aerostática que latía como si un tren descarrilase con cada pensamiento. Decidió que las pastillas de su madre le harían bien y fue a su habitación descalzo para no despertarla, cosa harto improbable. No se acordó del incidente del lobo hasta que se percató de que la cama estaba vacía y de que un tufo a sudor inextinguible se había instalado por toda la escalera. Bajó angustiado, comiéndose los labios, y salió al jardín. Como temía, encontró sangre, pelo gris furtivo y a su madre con los incisivos clavados entre dos costillas de la vaca.

Pelut descubrió una mosca posada en su hombro, la atrapó y abrió mansamente la mano. La mosca voló, dibujando zig-zags, inconsciente de su suerte. Pelut entró en casa y puso la cazuela al fuego. Aquella mañana almorzaría carne.

1 comentarios:

Xuan dijo...

El relato me gusta.

Solo veo pequeños matices que yo corregiría.

1º.- "Alguien tenía mucho hambre y el pequeño Pelut pensó que sería mejor acabar con ese hambre para siempre antes de que él y su madre se vieran obligados a recoger pulgas y empanarlas para acompañar la sopa de cinturón"

Quitaría la "y" y pondría un punto: "Alquien tenía mucha hambre. El pequeño Pelut pensó que..."

2º.-"Y eso irritaba mucho a Pelut que consideraba las moscas seres despreciables a los que arrancar las alas para después arrojarlas a su gato flaco y amarillo"

Lo dejaría en "Pelut consideraba las moscas seres despreciables.."

3º.- El plan de Pelut. No lo describiría antes de ejecutarlo. Diría "Pelut trazó un plan". Y directamente ya: "Subió los escalones..."

4º.- "Llevaba 32 minutos". Mejor: "Llevaría unos treinta y dos minutos"

5º.- "Se acabaron los días de hundir los dedos en su maraña descuidada, de abrazarla cuando caía la noche, de vigilarla, de pasarle la esponja seca, de zambullirse en excrementos y orín, de cederle su comida..."

Fuera entera. Es demasiado explícita. Como mucho, haría menciones de todo ésto al principio, cuando describes a la madre.

Un saludo