
En una aldea cerca de Väzgo, en los límites nórdicos de Europa.
Se desperezó molesta por la trágica cadencia del piano. Mox había madrugado y debido a la inusual fuerza con la que aporreaba las teclas, ella imaginó que tenía un mal día. "¡Tan temprano otra vez!", exclamó, dando un último abrazo a la almohada. "Ojalá usase sus energías por las noches". Alcanzó la bata apresuradamente y abrió la ventana, dejando que algunos copos de nieve se escurriesen por el dormitorio. El frío, la música y el reloj también la hicieron sentir que sería un día nefasto. Deslizándose por los largos pasillos de la casa, atravesó el salón sin dirigir una palabra a Mox, que para corroborar el gélido amanecer, ni siquiera la miró, concentrado en aturdir de manera prodigiosa el silencio del valle. Una vez en la cocina, sobre cuyo techo se hacía más inmensa la tormenta, puso agua a hervir y le añadió azafrán y raíces, y esperó, profundamente ajena al ritmo de Mox, hasta que el vapor le permitió calentarse las manos. "Se va a enterar el mal nacido", murmuraba frotándose los dedos. Bebió el té muy despacio, sorbiendo ruidosamente y dejando escapar pequeñas risitas a medida que depuraba lo que ella consideraba una astuta venganza contra la falta de calor carnal.
Regresó al dormitorio, pasando por el salón como una locomotora. Mox probablemente no se enteró, aunque su reacción habría sido la misma de haberlo hecho: una expresión alargada y ausente, derramándose sobre el piano. Ella cerró la ventana, haciendo que los copos estallaran divertidos contra el cristal. Buscó, estirando los brazos, bajo la cama y sacó el estuche de su violín. Diríase que bufando, arrastró una silla hasta el salón. Tomó asiento, abrió el estuche, acarició la madera vaporosa del viejo guarnerius y cogió el arco decidida. Mox no había despegado la nariz de las teclas que se hundían terriblemente armoniosas.
Algunas vacas se apretaban tras los ventanales que caían hasta el suelo, los ilimitados pastos se habían abandonado al empuje de la ventisca. Al quejarse lánguido del piano se unió un violín vomitando rabia y revancha por sus notas. Mox detuvo su tañido, parpadeó excesivamente, y se percató de lo que le rodeaba igual que si hubiese escapado de un trance. Ella lo miraba metálica, frotando las cuerdas como asesinándolas.
-¡Ya no tienes ganas de tocar! -proclamó con rencor, hundiendo más el violín en su cuello.
Mox, todavía lento ante las intempestivas ansías de revancha de su mujer, interpretó que aquello era un pasatiempo que se le había ocurrido y volvió al piano, está vez con más ímpetu para escucharse sobre la mordida melodía del violín, tratando de acompasarse con el presstísimo con el que ella hacía peligrar los cristales del salón. Las paredes temblaban ante el incesante atravesar de la clave de sol enraizándose en sus cimientos. Las vacas huían atemorizadas, perdiéndose en la blanca maraña que formaba el exterior. El cabreo de ella creció al ritmo de la música, y tocaba más rápido más fuerte, mientras Mox, solidarizado con el divertimento de su esposa, trataba de ponerse a la altura. Empezaron a sudar, a apretar los dientes, a olvidarse del bienestar de sus instrumentos, que agonizaban al límite de su resistencia, chillando, clamando sinuosos lamentos. Los ventanales se hicieron pedazos y la ventisca irrumpió en el salón, azotando las cortinas. Mox, impresionado, volvió a detenerse y observó a su mujer, llorosa y salpicada de venas.
-¡No te detengas, no te detengas! -gritó ella. Mox hizo crujir los dedos y volvió a hostigar las teclas, rejuvenecido por el salvaje recital. Ella se quitó la bata y tomó asiento sobre su marido. Asemejaban dos chiflados, agitando las manos y las espaldas, envueltos en un concierto de jadeos, carcajadas, notas vertiginosas. Siguieron jadeando y tocando toda la mañana, asustando a las vacas y calentando sus músculos ateridos por la tormenta.
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1 comentarios:
Vamos, vamos, dale más a la tecla, no pares.
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