Las huellas del yeti

Aprovechamos su visita a la Librería Desnivel para hablar con José Ramón Bacelar, quien fotografió las huellas más recientes de un yeti, con César Pérez de Tudela y con Rafael Cobo, experto en úrsidos, acerca de uno de los grandes misterios del Himalaya.


Existen, en el Himalaya, dos rutas que se pueden considerar como trekking extremo, siendo estas unas de las menos frecuentadas de la tierra; una en Bhutan, en la vertiente sur de la cordillera, que atraviesa espesas junglas, y la travesía Dolpo-Mustang, en su vertiente norte, que discurre por una zona virgen del Tíbet. Un territorio que fue explorado por un occidental por primera vez en noviembre de 2006, cuando José Ramón Bacelar cruzó una tierra que no aparecía en los mapas. Una tierra de silencio, donde, a buen seguro, pueden sobrevivir los mitos.
Quizá por eso, buscando una soledad tan inspiradora como atroz, José Ramón, Director de la agencia de viajes Sanga, uno de los hombres vivos que cuenta con más expediciones al Himalaya (por encima de las 70) se aventuró, acompañado por su sirdar, un cocinero y tres caballistas por una ruta prohibida, debido en gran medida a los conflictos con China. Así que hasta allí le llevó su afán por conocer y redescubrir una tierra que el tiempo ha olvidado -aunque sus gentes le han devuelto la moneda-, donde no sólo la cultura y la filosofía acogen al viajero, también el espíritu se eleva, si eso es posible, un poco más alto, un poco más libre, rodeado por las inmensidades caóticas que allí gobiernan.

Y el sacrificio físico y mental (encima dejó de fumar en una fría noche durante la expedición) que suponía emprender un camino desconocido fue recompensado, por el azar, o por el propio Himalaya, en forma de animal. Encontró pruebas de la presencia de un leopardo de las nieves en su mismo campamento, alcanzó a ver el mayor rebaño de corderos azules que recuerda, en una ladera, majestuosos, y por último descubrió y fotografió las huellas de un yeti, a una altura sin precedentes, 5.700 metros, en lo que bautizarían como el Empty Valley, el Valle Vacío. Tres de los mitos de la zoologia, entiéndase mito como ser poco probable y de enorme influencia, en menos de una semana. El baral, o cordero azul, es difícil de ver, y menos aún en tamaño número. El leopardo de las nieves, "the tiger", aún sigue siendo, a pesar de que se han llegado a filmar y fotografiar, un hermoso enigma. El yeti, por contra, continúa como una leyenda a caballo entre la realidad y el misticismo. Puede ser un oso, pero su halo es mucho más romántico.

Seguir imaginando


Todo lo que ha rodeado a los yetis se ha visto enfocado desde dos puntos de vista bien diferenciados; se pueden tomar como base las referencias de algunos expertos, investigadores y un buen número de alpinistas, y creer que es un oso, una especie desconocida, capaz de sobrevivir a tal altura, en una de las regiones más complicadas del planeta, o se puede creer en que el hombre no lo sabe, no lo conoce, todo. La segunda de las hipótesis suele ser tomada por locura, desvarío y, sólo en ocasiones, por genialidad, aunque no es el momento de repasar la infinidad de casos en los que una idea distinta fue enterrada, sepultada por la supuesta razón, hasta que su luz estalló, cambiando, las más de las veces, una pequeña porción del pensamiento. Y sin embargo, lo más probable, es que ambas creencias tengan mucho más en común de lo que se presupone, como exponía Reinhold Messner en su libro Yeti, leyenda y realidad.

Este miércoles, en la Librería Desnivel, José Ramón mostró, por primera vez en público, las fotografías de huellas que tomó en 2006, unas imágenes inéditas, sobrecogedoras y que superan, sobre todo en capacidad expresiva, cualquier prueba anterior sobre la existencia de los yetis, sean estos lo que sean. grupo de personas y de personajes, entre ellas César Pérez de Tudela, que no necesita presentación, y Rafael Cobo, geólogo, himalayista y experto en úrsidos. Hablamos con los tres, no con el fin de esclarecer el misterio, si no con la intención de hacer llegar a todos una incógnita que debe animarnos a abrir la mente. Resolverlo es lo de menos y como dice Bacelar: "La sabiduría no se alcanza con la solución, si no con el camino que quizá te llevé hasta ella". Y es que algunas leyendas merecen seguir vivas, aunque solo sea para ayudarnos a seguir aprendiendo, a seguir imaginando.


Vídeo-entrevistas a César Pérez de Tudela, J.R. Bacelar y Rafael Cobo


Fotografía de las huellas: José Ramón Bacelar

Reportaje completo sobre la expedición
de José Ramón Bacelar y las fotografías en exclusiva en el número de febrero de
Desnivel y, próximamente, en

Desnivel.com


Publicado en francés en
Kairn.com


Publicado en
Días Extraños

Ventilador asesino


Basado en hechos reales

Hoy ha venido mi suegra a visitarnos y, casi sin querer, la hemos matado. A riesgo de caer en el tópico, he de decir que la odiaba.

En casa tenemos un ventilador instalado en el techo, y a pesar de que nuestras cuatro paredes albergan un permanente verano, casi nunca lo usamos para refrescarnos. Sólo lo conectamos cuando las visitas empiezan a ser molestas. Se les ponen los redaños de corbata cuando observan su tempestuoso girar en el techo.

No se nos ocurrió encenderlo cuando compramos la casa, y no nos dimos cuenta de que el supuesto yeso que anclaba el ventilador al techo era en realidad corcho pintado. El primer día que lo encendimos comprobamos como en cualquier momento iba a salir disparado en pos de alguna coronilla, pendiendo de unos cables que poco o nada aseguraban que su agitar loco no acabase en tragedia. Y, al final, así ha sido.

Mi esposa no para de dar vueltas por la casa. Y mi suegra, como he dicho, yace sin vida, y muy flácida, en el suelo.

Nosotros, matrimonio cauto, siempre escogemos las sillas para sentarnos cuando hay visitas, permitiendo a los invitados ocupar el sofá. El sofá que hay debajo del ventilador. Cuando la tarde transcurre despacio, la conversación se pone tensa, o simplemente no tenemos ganas de tener a nadie en casa, conectamos el ventilador. Este empieza a girar, a balancearse y a resoplar nervioso, como con ansías de lanzarse a por algún hueso. Las visitas, educadamente, se marchan. No ha habido ocasión en que nos hayan pedido que lo apagásemos. Y tampoco íbamos a aceptar órdenes en nuestra propia casa.

Ahora la sangre de mi suegra, que ni siquiera es la madre de mi mujer, sólo la esposa de su padre, se coagula en el suelo y en el borde de un cojín –creo que el sofoco de mi señora es por la tapicería más que por el vínculo familiar, y putativo, que las une-. El ventilador ha acabado en el otro extremo del sofá. Una de sus aspas se ha astillado, y habrá que repararlo, o comprarnos un perro maldito, que ladré, lama y muerda.

Lo cierto es que lo de mi suegra no me importa. Llevaba tiempo deseando no volver a verla. Mortificó a mi mujer por no poder tener hijos, me mortificó a mí cuando me echaron del trabajo y mortificó a mi propia madre por, como mi suegra dice -o decía-, no haber criado a un hombre de provecho. A mi entender, no merecía vivir y mucho menos aún compartir mi mesa.

Vamos a tener que llamar a la policía, explicar que todo ha sido un accidente. Diremos que llevábamos tiempo con la intención de repararlo, que nunca pensamos que pudiese suceder algo así. Mentir, vamos, pero sólo después de deshacernos del alicate con el que, minutos antes de que llegase mi suegra, trasteamos en el ventilador.






Para los que todavía puedan ponerlo en duda: amo a mi suegra.


Falleció Sir Edmund Hillary


Ha fallecido a los 88 años, según anunció la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark. Su salud había venido empeorando durante los últimos tiempos, después de una vida dedicada a la montaña, a escalarla y a protegerla.


Año: 1953. Profesión: Escalador y aventurero, con amplia experiencia como apicultor. Edmund Percival Hillary, nacido en Nueva Zelanda, acaba de recibir una notificación de C. John Hunt invitándole a completar el equipo de una expedición al Everest. A la madre de los sueños alpinistas. A la montaña más alta del mundo. Frisa los 34 años y le han ofrecido ser parte de la historia, otra vez. La expedición de 1951 no tumbó a la montaña. Ni la del 52 al Cho Oyu.

Sólo semanas después, cuando sus compañeros ya se han visto sometidos por la montaña, llegando a los 6.500 metros unos días antes, decide proponer al sherpa Tenzing Norgay que le acompañe hasta la cima. Es 29 de mayo, a las 11:30 horas, cuando los dos escaladores completan uno de los retos más extraordinarios de la historia del alpinismo. Han conquistado el Everest.
Hoy es 10 de enero de 2008, han pasado 55 años desde aquel hito, y Sir Edmund Hillary ha fallecido a los 88 años de edad, según anunció esta noche la Primera Ministra de Nueva Zelanda, Helen Clark. Se mantuvo en pie durante quince minutos en la cima del Everest, y ha tardado medio siglo en descender, convirtiéndose, por el camino, en una leyenda viva.


La montaña desde el principio...


Seguramente nunca pensó en ello cuando en su ciudad natal, al sur de Auckland, pasaba dos horas de camino al colegio devorando literatura. Hasta que la aventura de los libros le contagió. A los 16 años se despertó su interés por la escalada, durante una excursión escolar a Ruapehu. Si le hubiesen dicho que dos décadas después iba a ser nombrado Caballero por la reina Isabel II, se hubiera echado a reír. Aunque su sonrisa habría brillado de forma distinta.

Tras el Everest participó en numerosas expediciones al Himalaya; una al Makalu, donde se le adelantaron, logrando, puede que por rabia, coronar 25 seismiles de la zona. En el 58 alcanza el Polo Sur, como uno de los doce miembros de la expedición británica que dirige Vivian E. Fuchs. Nueve años más tarde dirige un equipo a la Antártida, donde intentaría el Monte Herschel.

Poco a poco fue cambiando la montaña por las gentes de la montaña. Sus visitas posteriores a Nepal fueron constantes, siempre involucrado en la creación de escuelas y hospitales y en la protección de aquellas cumbres salvajes. Llegó a ejercer como Alto Comisionado de Nueva Zelanda para la India y, tiempo después, con motivo del 50 aniversario de la ascensión al Everest, el gobierno de Nepal nombró al alpinista ciudadano de honor, siendo el primer extranjero en recibir una mención de este tipo del pueblo nepalí. Aunque su popularidad no impidió que le multasen con 700 rupias por ascender el Ama Dablam sin permiso.
Hillary falleció a los 88 años.


... hasta el final


En los últimos años, Hillary, sufrió una larga enfermedad. Después de algún ingreso en el hospital, la prensa local habló de neumonía. Hubo cierto hermetismo al respecto. Su salud empeoraba, aunque ese mismo año ya demostró a todos que lo que cuenta es la aventura cuando, con 87 años, regresó a la Antártida, cincuenta años después, y paseó por el mismo escenario, hermoso y libre.

"Sir Ed (como se conocía Hillary popularmente) se describía como un neozelandés cualquiera con habilidades modestas. Pero era un coloso. Fue una figura heroica que no sólo derrotó el Everest, sino que además vivió con determinación, humildad y generosidad", fueron las palabras de Helen Clark.

El hijo de Sir Edmund, Peter Hillary también es aventurero, y ha escalado dos veces el Everest.

Publicada en Desnivel.com

Vídeo In Memoriam de Edmund Hillary




CAPÍTULO IX

Yo vivo para enseñar a vivir, después ya podré morir. Lo dijo tan lúcido, rociado con la luz vaporosa de la sala, tan firme, que Michalak pudo ver el fin calmado de Centenario. Su sonrisa apenas esbozada, la misión cumplida. Su curiosa y sincera misión. Quién no encuentra el sentido de su vida es porque nunca se ha parado a pensar por qué sería capaz de morir. Por amor. Por una familia, por su dicha. Centenario moriría por su pequeño granito de arena en pos de cambiar el mundo. Erwin Michalak tal vez no iba tan lejos. Erwin Michalak sería capaz de morir por una mujer hermosa, de profundas pupilas de mar, de mejillas sonrojadas y pechos infieles a la gravedad. Por poseerla, por ser amado. Por la hora en que dudas que el universo no sea capaz de esculpir formas perfectas, ínfimas nebulosas rubias, pensadas y estudiadas para que la soledad sea tan sólo la promesa del amante.

Centenario aguarda que sus fuerzas regresen, tendido en su pequeño camastro, con los pies colgando. Ha crecido demasiado rápido. Fuera, ciertas alimañas esquivas se esconden con el manto nocturno y sombreado. Michalak arranca, de una flauta, ebrias melodías y piensa en su trabajo, en el que le espera en la ciudad. Decide presentar su dimisión al regresar. Abre la ventana y deja que los resplandores plateados de la luna se derramen sobre los muebles y libros. Luego sigue con su música y la eleva hasta la mañana siguiente, hasta el alba y el genio de esa noche se queda con él y ya no lo abandona y cada noche suena su inspirada voz. Su aliento crea la magia y sus manos la moldean. No, no necesita su trabajo. Ahora puede hacerle el amor al mundo. A cada mujer. Mirar su tierra y la tierra. Poseer cada cumbre, si acaso eso es posible. Cada centímetro de piel y de cielo. Si, Michalak, va a hacerle el amor al mundo.

-¿Qué significa amar?

Centenario susurra dormido. Susurra una pregunta que nadie acertó a contestar, pues cuando se tiene la respuesta se desatan las tormentas del espíritu. Olvidas tu ser y te fundes con millones de besos que se imprimieron en la historia, con millones de corazones rotos, de cartas de amor, de despedidas, de mañanas de victoria. La respuesta te abruma, te asusta. Ahora perteneces a lo que amas, has perdido tu vida y has creado tu patria. La respuesta la tenemos todos, pero sólo los invencibles la despiertan de su letargo. La única forma que posee un hombre de abandonar su carácter mortal es amando con su parte eterna, con el alma.

-He amado todo lo que me ofreció la tierra, amé al lobo cuya vida arrebaté, el viento de la batalla y su llano, los ríos donde descansé -Erwin se pone en pie y reposa su cuerpo contra la puerta, la cortina multicolor se agita graciosa-. Pero no ha habido mujer alguna cuyo abrazo tejiese un infinito. No he amado a otra persona, si acaso a ti, Centenario, pero no me enfrentaría a la soledad por estar contigo. No ha existido mujer que sustituya mi paz por la monótona guerra de todas las mañanas. Nadie en quien pensar, durante el resto de mi vida, antes de entregarme al sueño de cada noche.

Centenario quizá no escucha. Se revuelve en el lecho, dolorido, angustiado y ajeno a las meditaciones de Michalak. Y a pesar de todo, habla.


-¿No forma la soledad parte del amor?


Y al decirlo se hizo anciano.