El último viaje de Jon F. Herbert


Escrito por Jon F. Herbert en su habitación del hospital Bradbury Mayne, muy lejos de cualquier montaña, donde lleva meses postrado por una inesquivable enfermedad.

La tarde del 24 de noviembre de 1992, Jon F. Herbert, llegó indefectiblemente al principio y al final de su vida. Su caminó no acabó en un hospital, si no en un pueblo, y no al pie de las montañas, instalado en la cumbre de una, levantado como un cinturón por todas sus vertientes, de mínimas casas clavadas en la nieve, y en su punta, en su afilada y cruda punta, había una ermita, llena de grietas, perdida en el rincón más remoto de una senda improbable que no venía de ninguna parte y que concluía en todo. Era el final de un viaje que habría de narrar la existencia, finita y desconocida, de un hombre que conquistó el espacio entre el infalible pasado y el brumoso futuro.

Después de dejar Jon Herbert su mochila atiborrada en un punto oscuro de la ermita, se aventuró hasta el altar. En él un cirio apuraba su cera y unos cuencos con romero machacado luchaban por el olfato frente a la madera húmeda de las tres filas de bancos, frente al orín de rata y frente al propio hedor grotesco, y a pesar de la rima, animalesco que expedía su cuerpo.

Desde un vidriera usurpada por un ángel y su arpa, llegaban saetas de luz que se clavaban en las losas, antes de un blanco eufórico, ahora grises por las cenizas del tiempo.

Se arrodilló, penitente, recomponiéndose su barba espesa. No había en las paredes cruces, ni había santos, ni había en él síntomas de cansancio. Y oró.

Gracias por no hacer que me rinda,
por el júbilo de tu cima,
por la oportunidad que me brindas.

Murmura el viento. Un cordero bala.

Me has dejado ser,
y me has dejado ver.


Ve una sombra cruzar la vidriera. Ahora los minutos cuentan. Se levanta. Sacude el polvo de sus pantalones de pana, patea en el suelo con las botas. Se acicala, y camina hasta la última fila de bancos, donde se sienta, notando por fin el rigor de la montaña. Carraspea, y espera.

Ya son dos los corderos que balan, y muchos los vientos que se estrellan contra la fachada.

La puerta se abre con voz de madera vieja, dejando pasar algunos copos de nieve. En el umbral se adivina una figura deseable de mujer, su melena se bate en el aire, sus manos portan una vara, y el calor se ha ido.

Un trueno se escucha cerca. Se apagan las saetas de luz, acogotadas por las nubes negras. La llama de la vela se agita. Estalla la tormenta.

La mujer entra, aunque la sombras no desvelan su presencia. Vienen con ella tres corderos impecables. Jon F. Herbert se frota, aunque es más una caricia, sus manos desangeladas. Ya no queda mucho. Ya sabe que se marcha.

-Jon, ¿puedo?

Puedes, piensa en decir Jon Herbert, pero ella ya se ha sentado. La ermita se llena de claridad por un segundo. Luego llega el sonido del trueno. Ha sido tiempo suficiente para descubrir que ella sonreía triste.

-¿Es por este dolor en el brazo que vienes a buscarme?- pregunta Jon.

Los corderos se acercan silenciosos al banco, hasta que la punta de la vara frena sus intenciones.

-No debiste esforzarte tanto escalando la montaña. Todos en el pueblo lo decían cuando te observaban.

Jon F. Herbert tuvo la sensación de que lo habían observado siempre. La lluvia planeaba soledades fuera, con un goteo perenne que sitiaba la ermita.

-No importa -murmuró Jon-, era lo que tenía que hacer.

No esperaba ninguna confirmación, pero ella asintió con la cabeza. Quiso llegar más arriba, quiso dejar a los demás abajo, y tenía que pagar el precio. No era cuestión de vanidad, era cuestión de espíritu. Tal vez de belleza.

-¿Nos vamos ya? -preguntó Jon, impulsándose en la madera para ponerse en pie.

Ella utilizó la vara para levantarse. Se acercó a los corderos y pasó la mano por cada uno de sus lomos.

-¿Acaso tienes prisa?

Jon F. Herbert caminó hasta ella. Miró al ángel esculpido en cristales, ahora opacos y lacrimosos.

-No mucha, la verdad -respondió.

La piedra húmeda invadía la nariz de Jon. La mujer se agachó para besar a sus corderos.

-Aún puedes hacer una última cosa.

La última cosa. Jon F. Herbert nunca se lo había planteado, aunque su situación le limitaba las posibilidades.

-Estoy cansado -dijo.

Ella se acercó y le cogió las manos. Le besó la mejilla y hundió sus dedos en la barba, mansamente.

-Te acabas Jon, pero te quedan tiempo y fuerzas.

Jon Herbert buscó su mochila en la oscuridad. Del bolsillo superior sacó un cuaderno y un lápiz.

-Me gustaría escribir algo -y durante horas de noche y tormenta se dedicó a su última tarea.

En su relato había una montaña, y una mujer, y nubes negras que cubrían el cielo e impedían saber si quedaba algo por encima de la cumbre. Empezaba y acababa la tarde del 24 de noviembre de 1992. Al terminar, guardó el cuaderno, se echó su mochila a la espalda y tendió una mano a la mujer. Ésta, acompañada por los corderos, le llevaron fuera. Abajo, en el pueblo, reinaba la luz y el calor, y las gentes hormigueaban por las calles.

Con la mano libre, Jon Francis Herbert arrastró la puerta hasta que se cerró. Ella dijo algo, pero el sonido del viento apagó su voz.



Febrero de 2008

El secreto de Wayne


Hacia años que no se disfrutaba de un duelo en el condado, por lo que todo el pueblo se había reunido en aquel amanecer de 1793. No es que fuesen muchos, pero el barullo era importante. Las gentes formaban un círculo en el bosque, dejando en el centro, en un claro, el escenario donde debían batirse dos de los tres hermanos Wayne. El más pequeño se limitaba a portar las armas, guardadas durante años en una caja forrada de terciopelo azul de su padre, y a poner muecas de aburrimiento mientras con la punta del pie escarbaba un agujero en el suelo. Su padre, por cierto, se había opuesto categóricamente a que usasen sus armas, aunque no le hicieron ningún caso.

Jimmy Wayne, el mayor, había tratado de casarse desde los 18 años, pero su constitución débil y el desproporcionado lunar de su nariz no hacían de él un hombre atractivo para las mujeres, al contrario que su hermano Froyd, el mediano, musculoso y vivo. Así que cuando en la primavera de aquel año Jimmy conoció a Estella y pocas semanas después, tras haberse prometido y habiéndose ella ganado la aprobación del padre, encontró a su futura mujer, en la habitación de Froyd, envuelta en la seda de las sabanas y, para más INRI, con cara de gozo, el mayor de los hermanos Wayne no tardó en contemplar la posibilidad de perder a su hermano mediano. Eso sí, según las reglas entre caballeros. El hermano mediano, en cambio, se hartó de asegurar, que en ese momento del día, estaba en una casa de señoritas. Estella no volvió a decir nada, se quedó muda, hasta después del duelo.

Reunidos en tal ocasión los hermanos, vestidos con trajes de paño verde, chorreras y la coleta bien atusada, calentaban los brazos en una difícil mañana en la que la bruma se desparramaba por encima del barro, humedeciéndoles los tobillos.

-Hace un frío terrible -murmuró Jimmy, frotándose las manos.

Froyd, que alcanzó a escucharle, barruntó una respuesta.

-Siempre has sido una niña.

Antes de que el mayor saltase encolerizado sobre el mediano, al que se acercaba haciendo aspavientos, se interpuso el pequeño, cuidando de no dejar caer la caja azul, y les recordó la regla esencial de los duelos.

-Caballeros… hermanos, la sangre sólo después de contar los pasos - y regresó, para hundir el pie en el agujero, que ya mostraba una dimensión considerable. Las gentes suspiraron, decepcionadas por no ver un poco de acción previa a los disparos.

Froyd, por cierto, odiaba los disparos. Tenía un problema de oído, y cada vez que había tenido que disparar el rifle de su padre había sufrido mareos y una sensación comparable al delirum tremens. Los médicos decían que no era un problema de tímpano, más bien pensaban que el mediano de los hermanos Wayne tenía un problema en la sesera. Opinión que no desentonaba con la imagen general de los vecinos, a la vista de las extenuantes correrías nocturnas que Froyd se pegaba por los gallineros del pueblo. Mas tuvo que aceptar el duelo. Un duelo por un delito carnal que según él no había cometido. Pero qué clase de hombre no acepta un duelo.

-¿Empezamos o esperamos a que cante el gallo? - preguntó Jimmy con tono rencoroso, mirando al cielo, que ya iba clareciendo.

Froyd y el pequeño miraron a su vez al cielo. Se miraron. Miraron a Jimmy y se encogieron de hombros.

-¡¡¡Empezad ya!!! -rugió la muchedumbre, algo fría para andarse con esperas, el padre de los hermanos incluido.

-Empecemos pues - concluyó el pequeño, y las gentes aplaudieron.

Los dos hermanos juntaron sus espaldas. A la señal del pequeño, que abrió ceremoniosamente la caja delante de cada hermano para que tomaran su pistola, comenzaron a caminar. Uno contaron al unísono, separándose. Dos, los susurros entre la muchedumbre conquistaron el silencio caótico del bosque. Tres, y la niebla se espesó. Durante el cuarto, quinto y sexto paso, no ocurrió casi nada. Pero en el séptimo un cuervo se posó en el agujero del hermano menor. En el octavo empezó a canturrear, señalando con su pico ora a Jimmy, ora a Wayne.

En el noveno se hizo un silencio sepulcral. Pájaro y bosque incluido. Y en el décimo los dos hermanos mayores se detuvieron, dieron media vuelta, alzaron con más o menos estilo el arma, apuntaron cuidadosamente, con la lengua fuera y un ojo guiñado, y apretaron el gatillo.

Y no sucedió nada.

Volvieron a apretar el gatillo y, de nuevo, nada de nada. Comprobaron si las armas estaban cargadas. Lo estaban, así que apretaron el gatillo, otra vez, y nada de nada de nada.

Un coro de risas se elevó mientras el bosque recuperaba su sonido. Luego, cuando los hermanos accionaban frenéticamente las pistolas, el jolgorio general se convirtió en un abucheo general. Y, en general, la gente se fue marchando. El cuervo dejó de nuevo el agujero libre, y aleteó hasta una rama cercana. Entre éste, el padre de los hermanos y algunos vecinos, solo permanecieron un par de decenas de ojos. Jimmy, Wayne, y el hermano menor se reunieron junto al agujero.

-Somos patéticos -apuntó el mediano.
-Cierra la boca estúpido y busca una solución -respondió el mayor.

El mediano se enfadó. Golpeó con la culata al mayor y ambos se enzarzaron en una pelea sucia, formando un remolino de mordiscos, quejidos y chorreras.

Los pocos que quedaban, menos el padre, que hablaba solo y algo nervioso, y el cuervo, se marcharon, algunos haciendo aspavientos groseros, otros riendo. El hermano pequeño, que veía como la reputación de su familia se venia abajo, trató de interceder, con tan mala fortuna que hundió el pie en su agujero, tropezó, voló un tiempo y cayó en medio del remolino brutal, dejando caer la caja de terciopelo de su padre, desmontándose ésta, revelando un fondo secreto y siendo arrojado al barro un dibujo sobre papel grueso. Un dibujo sobre papel grueso de Estella desnuda, muy bien proporcionada. Y con una sonrisa impúdica.

Hay pocos momentos en la vida de un padre en los que ésta se ve amenazada por sus hijos. Pero parecía ser uno de esos momentos. Harry Abraham Wayne, engendrador de tres muchachos, esposo y sastre, echó a correr en busca del dibujo, sorteó el vendaval de tortas de Jimmy y Wayne, y reunió fuerzas para saltar sobre su hijo pequeño, quien llegó antes que el, cogió el dibujo, lo observó y se relamió a tiempo de ver como las garras del cuervo se lo arrebataban de las manos antes de que su padre lo tumbase. Los dos, en el suelo, exhortaron al cuervo a regresar, quien no quiso, por lo que el padre se incorporó y se lanzó a perseguirlo, topándose con el agujero de su hijo, volando también un tiempo y abriéndose la cabeza con el tronco de un árbol. Harry murió en el acto y el cuervo acabo perdiéndose en el horizonte, bañado ahora de azul y marfil.

Ningún hermano se movía ya. Ni se mordía. Observaban el cadáver de su padre, los mayores incrédulos, el pequeño alucinado.

-Como ha pasado -preguntaron Jimmy y Froyd al unísono.

-No tengo ni idea -dijo el pequeño de los hermanos con los ojos improbablemente abiertos, guardando el secreto.

Jimmy se arrodilló junto al cuerpo sin vida de su padre. Y Froyd le imitó. Y el pequeño.

-Ha sido por mi culpa -resumió el mayor.
-Tienes toda la razón -le correspondió el mediano-, y nuestro padre merece ser vengado.

Jimmy Wayne calibró las posibilidades de que su hermano hablase en serio. Muchas, concluyó. El pequeño se llevó una mano a la frente, suspiró y comenzó a recoger la caja y las maltrechas pistolas.

-A espadas, será mejor -dijo -y al amanecer. Y esta vez que uno muera, nuestro padre merece respeto.

Sus dos hermanos mayores asintieron. Se echaron el cuerpo de su padre sobre las espaldas y tomaron el camino al pueblo. El pequeño de los hermanos enterró la caja en su agujero, dejo caer alguna lágrima y se dispuso a buscar una buena piedra para afilar las armas y clavar la cruz de madera de su padre.


Enero de 2008

El retorno del yeti


Reportaje completo de la primera travesía realizada por un occidental, José Ramón Bacelar, de la ruta prohibida que une el Alto Dolpo y Mustang; Leopardo de las nieves, barales y huellas inéditas de un yeti en una tierra hasta hace poco inexplorada.

Es un primero de noviembre gélido. Las mulas no han pasado buena noche. El reloj marca las siete de la mañana mientras el pequeño campamento cobra vida. La jornada que les espera por delante recorre durante tres horas un sistema de valles lunares siempre en sentido este, para más tarde ascender hasta un corredor a 4.900 metros donde uno ha de esforzar la vista para ver el final. Lo conocen como Charka La y lleva directamente a Charka. Llevan retraso -hace quince días que comenzaron a caminar sin parar en jornadas de ocho horas-, pero por ahora el frío les retiene en sus sacos.

Lo primero por lo que José Ramón Bacelar se preocupa es por la hora. Lo segundo, por las acémilas. «Me preocupan los ojos de las mulas con el sol y la nieve. ¿No tienen oftalmias como los humanos?», escribe José Ramón en su diario. Cuando sale de la tienda se encuentra con algo más que las mulas. Un rastro de huellas rodea el campamento, llega a cuatro metros de las bestias de carga y pasa a veinte centímetros del lugar donde la cabeza de Bacelar reposaba durante la noche. «¿A qué le habré olido?», bromea más tarde en su diario, tras comprobar que las huellas encontradas son de un arrojado leopardo de las nieves. Ha estado afilando sus uñas y olfateando, y se ha marchado.

Después de las fotos de rigor parten en dirección a Charka. Nueve horas de marcha y al anochecer asoman por la ciudad. «Si tenemos suerte mañana iniciaremos los tres días de travesía a Lo Mantang». José Ramón va a afrontar por primera vez la ruta de Dolpo a Mustang. Ningún occidental lo ha hecho. Y en realidad, está prohibido debido a los conflictos entre Nepal y China.

Amanece, a siete bajo cero, el 2 de Noviembre, con noticias buenas y menos buenas. Ese día le es imposible continuar la marcha. Toca descanso. Por otro lado unos caballos están dispuestos a salir el día siguiente hacia Lo Mantang, con lo que la expedición añadirá tres nuevos miembros, que se unen a Chandra, el sirdar y a Asman, el cocinero. Mirándolo bien quedarse en la ciudad no es tan malo, pues se va a celebrar una Puya, una celebración budista, y José Ramón, estudioso de dicha religión, no se tiene intención de perdérsela. Aunque el resto del día la gripe que carga desde hace horas le relegue al saco.

La ruta del cordero azul

Hay muchos momentos en que la fiebre y el dolor dejan de importar, o más bien se olvidan. José Ramón Bacelar le prestó el teléfono satélite a una mujer. Ésta llamó a su hijo, residente en Katmandú y con el que no había tenido contacto en una década, y convirtió un gesto trivial en un momento extraordinario.

Por Charka hace mucho tiempo que los años dejaron de correr, manteniendo el espíritu disciplinado y sereno de los que vinieron antes que ellos. Y excepto los monjes y los porteadores, en general, la gente no sabría describir un teléfono satélite. Sí saben que pueden usarse al instante para hablar con quien más necesitan. Esa mujer llora mientras habla con su hijo. Llora de alegría y de lejanía. Llora como madre, mientras con la mano amasa una torta de excremento de Yak, su combustible. «En una mano el siglo XII y en la otra el XXI», pensaba José Ramón.

Fue un día duro ese 3 de noviembre. Sin paradas. El sistema de valles les conduce a Kyang, para seguir rumbo este. Ascienden derreras y derrubios hasta un collado desde el que comienza un valle alto, plano y herboso. Ha sido un día soleado, en el que los hados les han vuelto a cruzar con una sorpresa. Durante la marcha han podido observar dos rebaños de más de sesenta ejemplares de barales, el cordero azul. En este lugar la soledad es extenuante y la caza inexistente. Estos corderos sagrados pacen tranquilos, como si a unos kilómetros sus hermanos no hubiesen ido desapareciendo, a la vista, aunque escondidos.

La ruta continúa saciando esa necesidad incansable de exploración. José Ramón no duda en ponerle un nombre. La ruta del Cordero Azul. Aunque la lista se ampliará tras los hechos del día siguiente.

El día 4 les trae sol. Y lo necesitan. En el interior de las tiendas la temperatura alcanza los -12 grados y en el exterior, los -18. José Ramón se consuela: «Hoy por fin pasaremos el último collado para alcanzar Lo Mantang, capital del reino de Mustang. Se ha congelado el boli. Espero escribir esta noche en la otra vertiente». Ha dormido mal, se nota la altura y la ausencia de nicotina. Dejar de fumar antes de la expedición le ha resultado difícil, pero el espectáculo vivo del Himalaya es una buena terapia. Ascienden lentamente el valle, flanqueado por suaves seismiles, quizá la mayoría sin cartografiar. El camino es incomodísimo. Pocos han pasado por aquí. Su legado son los hitos que de cuando en cuando se levantan sobre el caos de piedras.

Su altímetro marca 5.400 pero en realidad están a 5.700 metros sobre el mar. El silencio es absoluto. La nieve cubre la superficie yerma del valle. Chandra se ha detenido y señala el camino. ¡Yeti!, grita.

Huellas a 5.700 metros

Jose Ramón ha llevado su diario más veces que nadie en España al Himalaya. Y más veces que la mayoría de fuera. En 1.980 forma parte del primer grupo de españoles que realiza un trekking en Bhután, ha recorrido por primera vez algunas rutas en Nepal, India, Pakistán y Tíbet. Estudia budismo tibetano desde 1.982. En 1990 funda Sanga, agencia de viajes especializada en oriente y expediciones de alta montaña a la cordillera del Himalaya y Patagonia. Conoce aquella cultura, la comprende y hasta la ama. Ha leído todos los clásicos sobre el Yeti, libros de todas las clases. Libros de humor, de aventura, de alpinismo. Ha visto centenares de fotos de huellas, desde las del libro de Shipton, Everest 1951, del que conserva una primera edición hasta las de Messner. Conoce sus conclusiones. Y ha de reconocer que efectivamente aquellas huellas, a tal altura y en tas perfectas condiciones no se han visto jamás. Cinco dedos y uñas, la marca del tobillo. José Ramón se sienta unos segundos: «Joder, en el 2006 aparece una huella de yeti cuando ya había quedado claro que era un tipo de oso pero aquí, a 5.700, en estos valles inhóspitos y aparece otra, y otra...». Bacelar no da crédito. Piensa en una recompensa del Himalaya tras tantos años de dedicación. Le muestra lo que estaba vedado a los grandes nombres de la exploración: «¿A mi?¿A José Ramón Bacelar?».

Siguen las huellas. Los caballistas tibetanos no albergan dudas, ni hacen mucho caso a las señales. O ninguno. Continúan su camino, por un lado, recordando mientras algún encuentro con el "mitu". La cámara de Bacelar dispara sin medida, y más aún cuando llegan a un lago helado, uniforme, y ante ellos se despliegan incontables huellas siguiendo un camino. Bien marcadas sobre la nieve virgen, recientes. A mitad del lago, un gran rastro llama la atención de José Ramón. Al acercarse descubre las señales de un juego. El animal se detuvo en tal lugar, se sentó, se distrajo y orinó. Y aunque el sol estaba en el zenit y las sombras no se apreciaban con claridad, la cámara recoge el amarillo de la nieve.

«Durante el siglo pasado había porteadores descalzos que recorrían el camino, pero ahora no hay porteadores descalzos, y menos en estos valles. Somos los primeros occidentales más el equipo local de tibetanos que afrontamos este collado», escribía por la noche Bacelar, poco antes de lamentarse por no haber recogido muestras de orina para su análisis.

Sin embargo, José Ramón Bacelar va a regresar, acompañado por un científico, en busca de la orina, que puede permanecer hasta dos años en el hielo para su posterior estudio. Y es que desde 1921, cuando el coronel Howard-Bury, jefe de la primera expedición británica al Everest, observó siluetas en pendientes nevadas de hasta 6.000 metros, la figura del yeti ha conservado su halo de misterio perenne. Un misterio que une la zoología con la mitología, la realidad de un ser vivo con la impronta mística de un dios que camina y se oculta, capaz de traer buenas noticias o irremediables maldiciones. O eso cuentan en la mayoría de aldeas del Himalaya, los que se atreven a contarlo. Y es que resulta extraño que, a pesar de los incontables nombres por los que es llamado el "hombre de las nieves" (chemo, chemong, dremo...), las historias siempre se fundan y compartan un mismo protagonista: un ser bípedo, de espeso bello enmarañado, agresivo unas veces, esquivo e inteligente siempre y suficientemente dotado como para hacer temer un enfrentamiento.

El yeti no descansa

En 1832, el primer representante del Gobierno británico en Nepal, Brian H. Hodson, hacía referencia a una bestia que andaba erguida, cubierta de pelo largo y oscuro y sin cola. Desde entonces las informaciones sobre el yeti (o el Sasquatch en el continente americano, a donde pudo trasladarse el animal antes de la separación de Asia y América) siempre han venido precedidas por la polémica, la falta de rigurosidad en muchas ocasiones, y la leyenda. Una leyenda acrecentada por los cuentos tibetanos y sus experiencias, por los raptos de mujeres y los asesinatos de yaks, por la incapacidad humana para demostrar su existencia como oso, primate o eslabón perdido, habiéndose aportado pruebas de todo ello y cayendo en el olvido, muchas veces por buenos motivos, después.

Los británicos (encabezados por Shipton) encontraron las primeras huellas, los alemanes (capitaneados por Ernst Schäfer y Bruno Beger) enviaron las primeras expediciones en busca de un ser que uniese la antigua y divina raza aria (o nórdica) con el alemán que revolucionaría el mundo, numerosos alpinistas de todo el planeta han dado testimonio de sus encuentros con un ser que silba, arroja piedras, camina a dos patas y se muestra terrible, a veces, y familiar, otras, Reinhold Messner pasó más de diez años de su vida intentado desentrañar el misterio del yeti, y su conclusión tras largas jornadas de viaje y estudio, es que se trataba de un oso. Un oso que ha logrado sobrevivir entre las recónditas laderas de la Gran Cordillera del Mundo, alejado del hombre y que se ha propagado por lugares remotos, ignotos y de difícil acceso. Desde Bután a Vietnam, de Estados Unidos a Mustang, del desierto del Gobi (el oficial polaco Slavomir Rawitsch a principios de la década de 1940 descubrió allí a una pareja de extraños seres "extraordinariamente grandes y que andaban erguidos") a las soledades de Nepal, el yeti no descansa, y marcha imperturbable a conservar el carácter de mito que le ha protegido durante más de un siglo.

Quizá por eso está vez se ha visto sorprendido por el primer occidental que cruza del Alto-Dolpo a Mustang, una ruta prohibida, una zona en blanco en los mapas, un lugar de soledad y caos rocoso, donde las leyendas pueden vivir en paz.

Proyeto Oso

David Garshelis es profesor adjunto del Departamento de Pesca, Vida Salvaje y Conservación Biológica de la Universidad de Minnesota. Además, razón por la que nos dirigimos a él, es Jefe del Proyecto Oso de la misma universidad. "Sin duda, encontrar evidencias de la presencia de osos a 5.700 metros es algo inusual, aunque hay indicios de osos pardos de la India que han alcanzado los 5.500 metros". Pero para el profesor Garshelis, lo interesante era el lugar del encuentro: "Que esto haya ocurrido en Nepal es algo extraordinario. Los últimos informes de osos pardos en aquellas regiones corresponden a 1993, en el valle de Damodar Kunda (distrito de Mustang) a 4.700 metros". Garshelis no tenía la solución, y probablemente a estas alturas no la tenga nadie. La explicación más popular es que el yeti se trata de un oso pardo que ha aprendido a evitar al hombre para sobrevivir. David nos remitió a su colega el Dr. Sathyakumar, experto en zoología del Instituto de Vida Salvaje de la India.

Sathyakumar, tras ver las huellas, también la reconoció como pertenecientes a una especie de úrsido, aunque alargadas por la incidencia del sol en la nieve, y hacía referencias a otras huellas encontradas en el Valle de Zanskar y en Ladakh a alturas próximas a los 6.000 metros. Aunque todo parece confirmar que ya hay suficientes pruebas para dar por válidas las teorías de Messner, existen detalles sobre los relatos del yeti que no han sido resueltos.

El hecho de que el animal camine erguido ha traído de cabeza a numerosos investigadores, aunque los habitantes del Himalaya estén seguros de ello. El propio Gharselis explica que ciertos osos pueden caminar a dos patas durante tramos no superiores a 20 metros, mientras que su compañero en la International Association for Bear Research and Management, Bruce MacLellan, afirma que rara vez esto es posible, a menos que los osos hayan sido entrenados en un circo: "Los osos pueden mantenerse sobre sus dos piernas durante un muy corto espacio de tiempo. Suelen hacerlo para olfatear el aire". Quizá el mayor problema para investigar el comportamiento de estos osos es su complicada búsqueda. Bruce añade que no es factible conocer el número de ejemplares de oso pardo en el Himalaya, pues estos son muy escasos y difíciles de encontrar por lo que su seguimiento sería una empresa rayana en lo imposible.

Parece una dura tarea, para todos los que la han afrontado, desenmascarar a una de las figuras más emotivas de la tierra, integrada en la religión y la cultura, utilizada como moneda de cambio, negocio y espectáculo, temida por muchas tribus centroasiáticas, venerada por otras, el yeti permanece paciente a la espera de que su enigmática presencia deje de considerarse un misterio. Mientras tanto, muchos aún podrán soñar con un mundo donde el hombre no lo sabe todo, donde quedan espacios a los que poner nombre en un mapa y donde algunas preguntas aún pueden hacernos sentir más pequeños.


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Publicado en Desnivel nº 259 y Desnivel.com

Fotografías de José Ramón Bacelar, texto de Jorge Jiménez Ríos