Pekín, Messner y las armas cargadas

"No se", me digo, "pero para disparar contra un manifestante hay que estar un poco mal de la cabeza". Claro, que vivo en España, donde desde hace unos años solo les pegamos un poco con la porra. Algo más lejos de aquí, cuando en un país gobierna la falta de razón (y con esto no quiero decir que por estas tierras de Dios no sobre) todo es posible. Generalmente las cosas malas. Así, a China se le ha ocurrido que dar permiso a las fuerzas del "orden" (me entra la risa) para abrir fuego contra los posibles manifestantes pro-libertad del Tíbet es, sin duda, una idea digna. Que lo es: digna de algún cerebro reblandecido por el poder, por el dinero o por algo peor; por pensar que se tienen motivos para cometer actos atroces.

Textualmente ese motivo es "la necesidad de asegurar el territorio del Everest y controlar cualquier posible manifestación pro-tibetana que pueda producirse al paso de la Antorcha Olímpica". Se habrán quedado a gusto. Ni comunicaciones, ni grabaciones, ni fotografías, ni intentos a la cumbre, solo un gran pasillo blanco para que el chino de marras (y las decenas de secuaces que lo acompañen) suba la llama hasta el punto más alto del planeta en homenaje al deporte y esas cosas. Y todo con las armas cargadas. Por si las moscas. Por si a algún tibetano o alpinista se le ocurre sacar una banderita y mentarles a la madre.



Menos mal que a algunos aún les late el corazón y les chirrían las neuronas al contemplar el escenario que acompañará a las Olimpiadas. Reinhold Messner, entre ellos: "Todo esto es una farsa", ha comentado recientemente en el periódico alemán Frankfurter Rundschau. "En cualquier caso no creo que la llama arda debido a la falta de oxígeno y al intenso viento". Messner sabe algo de ochomiles y probablemente no le falte razón, pero ya se encargarán los chinos de hacer lo que este en sus manos (que no son ni débiles ni pocas) para que "el logro" y "su fuego" se vean en cualquier rincón del planeta. "No estoy a favor de ninguna clase de boicot, pero sí apoyo las protestas. De cualquier forma todo esto es culpa de China y de sus métodos".

Las declaraciones de Messner no han sido el último capítulo de la reacción montañera. El Grupo de Alta Montaña Francés se ha mostrado de acuerdo con sus palabras, definiendo la ascensión como "contraria a todos los principios éticos del alpinismo" y anima "a todos los alpinistas y sus organizaciones a unirse juntos contra la próxima coronación china del Everest". El GHM, además, se reafirma asegurando que ayudarán a todos los alpinistas cuya inspiración sean los valores humanos y que mantendrá una dura oposición contra todos aquellos que violen esa ética. "Que la Antorcha Olímpica suba al Everest es completamente inapropiado, ofensivo contra el pueblo tibetano y degradante para el Himalaya en general y para el Everest en particular". Pero ¿qué piensan de todo esto los expedicionarios que permanecen en el Everest, aguantando el puño de hierro chino hasta finales de mayo?¿Realmente no prefieren ir a otra montaña?¿Es mejor sacrificar el espíritu y el compromiso que una cima?


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Semana de locos

Día 987

La abuela dice que estoy como una regadera. Como hace casi treinta años que no me meo en la cama supongo que lo dice porque cree que estoy loco. Hoy le he demostrado a todo el mundo que no, cuando he corrido por las calles del pueblo desnudo. Todos vitoreaban, aplaudían y reían y la viuda Marga me ha perseguido alrededor de la fuente de la plaza con una manta. Creo que a Marga le gusto.

Al cura Fermín no le ha parecido bien. Me ha dicho que espera que el Diablo me lleve pronto, que si no él mismo vendrá a por mí y me llevará al infierno.

Día 988

Hoy no he salido. Ha llovido todo el tiempo. Me he quedado en casa esperando al Diablo y al cura Fermín, pero no han aparecido. Supongo que al final tendré que ir yo a por ellos.
Con el aburrimiento he roto una foto de mis padres. La abuela se ha enfadado mucho y la ha vuelto a pegar con celofán, aunque la foto ya nunca será la misma. Cuando ha venido a regañarme me he puesto a llorar, pues se que así me deja en paz.

La viuda Marga ha venido a visitarnos. Ha traído pasteles. La abuela se ha quedado comiendo y Marga ha venido a mi habitación.




Día 989

Al despertarme el cielo estaba bastante claro. Ha llegado un viento muy frío de las montañas, así que antes de salir me he abrigado, poniéndome varias bufandas. Aún así creo que me he acatarrado.

He ido a buscar al cura Fermín. Había algunos obreros en la iglesia para arreglar el tejado. Fermín estaba en el confesionario y me he sentado tras la rejilla de madera para hablar con él. Le he contado que la viuda Marga viene a mi habitación a veces. Luego he empezado a masturbarme y Fermín se ha enfadado mucho, por lo que me he asustado y he salido corriendo. Fermín me ha tirado una teja de las obras a los pies, me he caído y me han sangrado las rodillas. Al detenerme en una esquina para ver si me perseguía, he visto llegar a Marga a la puerta de la iglesia. El cura Fermín la ha cogido fuerte del brazo y la ha arrastrado al interior.

Ahora estoy bien, aunque estornudo sin parar. Es la primera vez que Fermín se enfada por masturbarme en el confesionario. He tenido que acabar en casa.

Día 990

Marga ha vuelto de madrugada. Ha llegado llorando, creo que por eso no ha traído pasteles ni ha venido a mi habitación.

Por la mañana he salido a leer a la plaza. Y por la tarde, cuando me he despertado en la fuente, me he acercado a la tienda y he comprado naranjas.

Después he ido a la iglesia, no sin antes quitarme los pantalones. Estaba cerrada y los obreros bebían fuera. Me han dicho que Fermín no iba a venir y me han echado.

Mi catarro va a peor. Las naranjas me vendrán bien.




Día 991

Hoy me he levantado decidido a ir al médico, pero durante el desayuno la lluvia ha vuelto. Se ha dejado de ver por las ventanas. Me he quedado callando un rato escuchando como la abuela limpiaba. Hay muchas cosas que limpiar en casa, pero ha terminado pronto y se ha puesto su chaqueta negra y una boina. Hacía veinte semanas que no la veía salir de casa.

Por la noche me he despertado tosiendo. Fuera solo había una mancha negra y se escuchaba al viento chillar. He cerrado las cortinas. Si no llueve, mañana iré al médico.

Día 992

La tormenta sigue sobre el pueblo. Ha nevado y he aprovechado que la abuela se ha marchado temprano para salir. He pasado horas tumbado en el suelo. La ropa se ha quedado empapada. Al anochecer he regresado y la abuela todavía no había llegado. Me he ahorrado una bronca.

Ahora me encuentro muy mal. El estómago me arde y la garganta me palpita. En vez de jugar debería haber ido al médico.

Día 992

Anoche me desperté en mitad de la noche. Sudaba mucho y he bajado a beber agua. La abuela no estaba en su habitación. Por las ventanas de la cocina he podido verla. Enterraba un saco junto a la viuda Marga en el jardín.

He amanecido un poco mejor. Cuando he ido a por el desayuno la abuela estaba despierta fumando en el salón. Nunca la había visto fumar. No me ha dado los buenos días.

Me he pasado todo el día fuera. El cura Fermín tampoco ha ido hoy a la iglesia.

Por fin, hacía calor.

Abril de 2008

Aladino XXI


“¡He aquí ahora lo que atañe a Aladino!”
Las Mil y Una Noches


Tanteó la superficie de la alfombra con la mano. Kurt se deleitaba con el leve ronroneo de ésta al ser acariciada. Kurt sentía las fibras agazaparse bajo su palma para luego recobrar su posición original. Kurt preguntó:

—¿Esto vuela?

El dependiente buscó ayuda por la tienda con la mirada. Despegó las manos que mantenía anudadas en la espalda y las enfundó en los bolsillos de su chaleco verde.

—¿Disculpe señor?

Kurt volvió a rasurar la alfombra con la mano.

—¿Qué si esto vuela?

Con un sonrisa aplastante, el dependiente respondió.

—Es una alfombra, señor.

El dependiente esperó razonablemente, pero Kurt no dijo nada, limitándose a estudiar curioso su figura rubia y espigada. De arriba abajo. De izquierda a derecha. Y hasta la rodeó con pequeños pasos para después regresar junto a la alfombra y pasar un dedo por su borde. El dependiente, cansado de mantener la sonrisa, abordó de nuevo a Kurt.

—¿Quiere ver alguna otra?

—Quiero probar esta —se decidió Kurt, levantando el mentón.

Bajando desde la sonrisa, un temblor se alojó en las rodillas del dependiente. Volvió a recorrer la tienda con los ojos, pero solo había alfombras por todas partes, que no podían echarle una mano.

—Verá señor, solo trabajo aquí desde hace una semana y no estoy seguro de poder autorizarle a extender la alfombra.

—No me gusta su sonrisa —dijo Kurt —Quiero hablar con el dueño. ¿Supongo que el podrá autorizarme?

—Sí señor —la voz del dependiente se fue apagando— pero está descansando.

Kurt se llevó arrebatado las manos a la cabeza. El dependiente alzó la suyas para prevenir un posible ataque.

—¡Que tiempos estos en que los dueños descansan!¡¿Dónde esta ese tipo?!

El dependiente levantó tembloroso un dedo señalando al techo.

—Creo que en la azotea, fumando. Lleva arriba un par de horas —. Luego murmuró — No le gusta que nadie interrumpa su descanso.

Con una agilidad notable, Kurt se echó la alfombra al hombro y se dirigió a las escaleras, dejando que un “vayamos, pues” se perdiese tras su paso. El dependiente le siguió, tratando de disuadirle, pero a Kurt le pareció que de sus labios solo brotaban siseos incomprensibles.

Tras ascender 134 escalones anegados de oscuridad, un brillo metálico se apareció ante ellos. La puerta se abrió servicial, golpeándoles con la luz del día en la cara. Los ojos de Kurt, acostumbrados a la nueva iluminación, encontraron una silla cuyo respaldo se apoyaba en una complicada chimenea de barro. Un hilillo de humo se elevaba desde ella serpenteando hasta difuminarse. Con paso decidido, Kurt se dirigió hasta el humo. Tras él se arrastraba el dependiente, preguntándose si le hubiera venido bien una alfombra para cuando lo tirasen de la azotea.

—El dueño, ¿verdad? —inquirió Kurt al llegar a la silla, sin siquiera mirar a quien contenía, equilibrando la alfombra en su hombro —Quiero probar esta.

El humo cambió de dirección y fue a chocarse contra la chimenea. Una mano de uñas verdes trituró el cigarrillo, haciendo saltar centellas entre sus dedos. Luego se elevó en el aire para recorrer unas curvas vertiginosas, llegar a un bolsillo y sacar otro cigarrillo. Una vez acomodado entre los labios –y estos eran muy cómodos- otra mano acompañó el gesto con un encendedor y el humo volvió a ascender vertiginoso.

—Claro, hágalo.

Kurt bajó la mirada siguiendo la voz. Surgía de un cuello finísimo, sobre el que se asentaban algunas asimetrías atractivas. Más abajo, Kurt se detuvo en unas simetrías turgentes.

—Encantado, señora. ¿Puedo hacerlo aquí mismo?

Todas las simetrías y algunas curvas más se levantaron de la silla. El cigarillo cayó al suelo y fue aplastado sin piedad por una sandalia.

—Aquí mismo, tiene todo el espacio del mundo —dijeron todas las curvas al unísono, para luego dirigir una mirada inquisitiva al dependiente.

Éste pensaba en decir cosas como “hay mucho polvo, se va a ensuciar” u “oiga, que está loco y quiere alzar el vuelo con la alfombra” pero bastante tenía con imaginar a cuantos metros se levantaba aquella azotea del suelo.

Con la alfombra ya extendida, Kurt se sentó, se chupó un dedo y dejó que la saliva adivinase el devenir del viento.
—Bien, al sur. No tenía pensado visitar esa parte de la ciudad, pero puede ser una buena prueba —dijo Kurt convencido.

Las uñas verdes se extendieron hacia el horizonte.

—Adelante —invitó aquella mano esculpida y Kurt agarró los extremos de la alfombra y fue dando botes hasta el borde de la azotea.

El dependiente se acercó a las curvas vertiginosas, tanteó en uno de sus bolsillos y sacó un cigarillo. El mechero volvió a chasquear, el humo a volar y el dependiente tosió compungido. Con un “allá vamos” Kurt se dejó caer. El dependiente esperaba escuchar algo parecido a un racimo de uvas aplastados por un pie o a un mosquito accidentado en un parabrisas, pero no logró escuchar nada. Agitó su cabeza por ver si desaparecía el rugido batiente de la sangre en su orejas y logró distinguir un silbido cortando el viento. Miró a los ojos de las curvas, aterrado. Ellas respondieron.


—Bueno, era una alfombra.


Abril de 2008

El río de los dos amigos

“Yo no soy tus ruedas rodantes, yo soy la carretera”
Audioslave – I am the highway


El anzuelo entra en el agua con un ligero chapoteo, hundiéndose un metro arrastrado por el plomo. El sedal que lo apresa asciende por los espacios azules del río hasta la punta de la caña, donde instalado con precisión un cascabel refulge al sol. Éste es observado por Molino y Cantarranas, que en sus viejas sillas plegables aguardan pacientes a que un pez apure sus últimos coletazos. Por ahora no ha habido señal de que el cebo deleite el paladar de ninguna criatura.

Mauricio Cantarranas le da un tiento a una cerveza enlatada que se calienta con los rayos de la primavera. Algo de espuma se asienta en su selvático bigote, ocasión que no desaprovecha para lanzar su lengua en busca de los refrescantes residuos. A su lado, Sebastián Molino escruta el silencio del cáñamo en movimiento, de las sombras escapando por la ladera de los montes y de las aves que palmean sobre el río.

El cascabel se agita con un ¡clink! esperanzador. Entonces Cantarranas se levanta de un salto y afina la mirada buscando movimiento bajo las aguas. Cuando comprueba que ha vuelto a ser un juego del viento, se sienta con mucho tacto y le da otro trago a la cerveza, que ya empieza a colorearle las mejillas y la punta de la nariz. Finalizada la operación, Molino se pone en pie para acercarse a la caña y afianzarla en su agujero de barro, para después dejar que sus dedos se arruguen con las tenues sacudidas del río en la orilla. Cuidadosamente se ajusta el parche del ojo y se enciende la pipa. El humo le sigue en su regreso a la silla. A lo lejos se escucha el rumor de un coche avanzando por alguna carretera.




-¡Que tranquilidad! –comenta alegre Molino.

Cantarranas le mira algo angustiado y vuelve a levantarse para maldecir el plácido devenir de la superficie del río, sobre la que el sol derrama sus reflejos.

-Mejor sería si picase alguno –farfulla Cantarranas, casi dolido.

Sebastián Molino niega con la cabeza, haciendo que el humo de la pipa zigzaguee frente a su cara.

-Aquí lo único que pica son las ortigas –concluye.

Otro coche traquetea a lo lejos, como cansado. Mauricio Cantarranas regresa a su silla y hunde sus nalgas y su espalda en la tela, haciendo que los muelles de la silla rechinen. Inaugura otra cerveza después de apilar la lata vacía junto a las otras. El cascabel reclama de nuevo su atención, esta vez con insólita fuerza. “Clink, clink, clink” chilla, arrojando destellos dorados. Con muchos ademanes Cantarranas trata de incorporarse, pero la silla cede, se pliega y se lo traga y sus nalgas van a parar al suelo, mientras el respaldo le cubre la cabeza, cual bocadillo de bigote empapado por una cerveza que ha burbujeado con frenesí.

-¡Ha picado, ha picado! –grita Cantarranas mientras trata de deshacerse de su presidio de tela y metal.

“Clink, clink, clink” sigue chillando el cascabel. Molino aletea con su nariz, dejando que el humo se expanda delante de sus ojos.

-Será el viento- asume con tranquilidad.

Cantarranas, atrapado, rasga la tela y asoma el bigote. Su mirada pasa del cascabel a la pose pasmosa de Molino.

-¡Haz algo, saca el pez! –exige.

-No he venido hasta aquí para sacar peces del agua –responde Molino, rascándose bajo el borde del parche. “Clink, clink, clink”…

La silla estalla y Cantarranas emerge como un borbotón. Su cara chorrea cerveza, que a tiempo rescata con incursiones racheadas de su lengua. El cascabel deja de sonar.

-Maldición -.Su gemido se escurre entre las lanzas de cáñamo -¿Y para que diablos has venido a pescar si no quieres sacar peces del agua?

Sebastián Molino retira la pipa de los labios que la retienen. Boca abajo la apaga sobre la arena y la guarda en un bolsillo. Se estira en su silla, dejando que los pies desnudos resbalen por el barro, y complace a Cantarranas con una respuesta.

-He venido a escuchar como el viento agita los cascabeles.

Abril de 2008.

Walter Bonatti, montañas maestras




Tengo un amigo en Australia. Muy montañero el tipo. De los que hacen caso a aquella cita de Maurice Herzog: "No es más quién más alto llega, sino aquel que influenciado por la belleza que le envuelve, más intensamente siente". Y le he escrito un e-mail para contarle que había cruzado unas palabras con Walter Bonatti. "Con Bonatti, macho". Mi amigo me leerá desde el otro lado del mundo y podrá tenerme envidia. De la sana, claro.

Además,Walter Bonatti, ha llegado con una buena noticia para la montaña. Se ha reescrito la historia del K2, aunque solo sean unas líneas, y de las más oscuras. Hace 54 años que la vieja disputa se viene alimentando. Nacida ésta a 8.100 metros, durante la que sería la primera ascensión a la montaña de las montañas. Al K2. Lino Lacedelli y Achille Compagnoni, tras una lucha homérica plantaban el noveno campo de altura a 8.100 metros, según su versión. Cincuenta metros más arriba, y fuera de la ruta, según Bonatti. Esa diferencia sería insalvable para Bonatti y el hunza Mhadi, cuando ascendían de noche portando las dos botellas de oxígeno necesarias para el ataque final. 20 kilos cada botella. Nunca llegarían a acceder al campo de Lacedelli y Compagnoni, por lo que pasaron el peor vivac imaginable. Por encima de los ochomil y a pelo. A Bonatti se le acusaría de haber tratado de llegar a la cima arriesgando la vida de Mhadi y de haber consumido en su intento todo el oxígeno necesario para el ataque de Lacedelli y Compagnoni.

Cuando la providencia lo permitió, Bonatti y el hunza descendieron, dejando el equipo de oxígeno que más tarde recogerían Lacedelli y Compagnoni antes de volver a ascender, llevando a la expedición liderada por Ardito Desio al Espolón de los Abruzzos, a hacer cumbre. Lacedelli y Compagnoni tendrían el honor de ser los primeros en mirarnos desde el segundo punto más alto del planeta. Pero la historia no se cerró ahí, y desde hace cinco décadas las versiones se han mantenido alejadas, a pesar de las sentencias favorables para Bonatti. Ahora el Club Alpino Italiano reconoce la versión de Bonatti, espoleados, entre otras cosas, por la aparición de las fotografías de Lacedelli y Compagnoni con el equipo de oxígeno en la cumbre. Bonatti aún espera leer el libro editado por el CAI para ver si concuerda con la cuarta edición de su K2. Historia de un caso, al que con los años ha ido aportando datos, acabando con una polémica que solo servía para oscurecer el gran paraguas blanco que a veces cubre la cima del K2.

De todos modos, esto es solo un capítulo de la gran historia de Bonatti.

Bonatti Alpinista
"Ahora todo ha cambiado. Se ha matado la curiosidad por lo imposible", comentaba Walter Bonatti en la Librería Desnivel, ante muchos que, como yo, acudían a verle. "No me reconozco con el nuevo alpinismo, es muy diferente a mi concepción", continuaba, reforzando su opinión de que la técnica es sólo una herramienta del espíritu. Y es que para Bonatti los valores han desmejorado un tanto en los últimos años, por culpa de las metas, del espectáculo, de la competición por las montañas. Lo cierto es que ha llovido desde que escalara la Walker de las Jorasses con 19 años, o desde que abriera el Pilar SO del Dru en solitario (1955) tras 126 horas y 7 minutos.

Pero, para Bonatti, esto viene de lejos, aunque la sociedad actual no ayuda mucho. Ya en 1958 se daba de bruces con el futuro, cuando era llamado por una expedición argentina para participar en un intento al Cerro Torre y quizá, con suerte, escalar por primera vez el colmillo de roca más hermoso del mundo. Meta codiciada por su compatriota Cesare Maestri, quien cogió un vuelo inmediatamente al enterarse de la partida de Bonatti, llevando con él a Toni Egger. "Me dijeron que la montaña era suya, así que respondí, pues ve y yo mientras me busco otra cosa que hacer". Y vaya si lo hizo. Rodeó la montaña y exploró los hielos australes, ascendiendo por primera vez el Cerro Mariano Moreno (3.526 m) y completó la travesía de las cumbres del Cerro Adela, después de agotadoras jornadas de lucha con el estómago vacío.

Maestri y Egger, por su parte, protagonizaron la primera absoluta del Torre, para Bonatti con un desmesurado uso de expansivos. "Lo que hizo Maestri fue una monstruosidad, mató un símbolo de lo inaccesible. Para que ascendemos montañas sino es para medirnos con ella, para conocernos nosotros y conocer el mundo". Un mundo que en su caso comenzó en una llanura del Bégamo italiano, con un río para soñar y unas cumbres disipadas en el horizonte.

Su educación en la montaña comenzó a los 18 años. "La montaña puede enseñarnos a ser mejores, siempre que uno quiera mejorar. El valor de la curiosidad, de la aventura, reside en la naturaleza. Actualmente las escuelas de montaña se dedican más a mostrar la técnica que el espíritu. También es cierto que he tenido la suerte de vivir en la mejor época para el alpinismo". Una época que compartiría en gran medida con Carlo Mauri, con quien hizo cima en el Gasherbrum IV y realizó las invernales a las caras Norte de la Cima Ovest y Cima Grande di Lavaredo. "Carlo es como un hermano. La amistad es lo más importante en la montaña", motivo este por el que pronto dejaría de ejercer como guía, para lo que se sacaba licencia en 1954. "No llegué nunca a congeniar con el concepto de cobrar por una ascensión que debería compartirse simplemente por cariño hacia quien te acompaña".

Bonatti Periodista

Su carrera alpinística acabaría en 1965 con la apertura de un nueva vía en solitario y en invierno en la cara norte del Cervino. Que no es mal final. "Sentí que ya solo me podía repetir, y mi intención era seguir descubriendo. Había hecho todo cuanto deseaba en la montaña". Y se hizo periodista, aceptando la oferta del semanario Época para realizar reportajes por el mundo."También viví la época dorada del periodismo, cuando uno se podía marchar a cualquier parte en cualquier momento y escribir bajo tu auténtico punto de vista".

Después de 30 años ofreciendo a los lectores columnas y fotografías de rincones inéditos del planeta (Sumatra, Antártida, Alaska...), desde arriba trataron de moldear su enfoque. Y lo dejó. "No tiene ningún sentido escribir sino es para decir lo que uno quiere decir". Empezó una nueva etapa, disfrutando de los años junto a Rosanna Podesta, actriz retirada que había trabajado en más de 30 películas, y que ahora en absoluto se arrepiente de haber abandonado su carrera a tiempo. "Hubo un momento en que no me gustaba lo que hacía, aunque pudiera traerme fama o dinero, así que busqué otra cosa".

Llegó a protagonizar Helena de Troya, una de las cintas más desapercibidas, probablemente con motivo, de Robert Wise. Se divorció y conoció a Walter Bonatti en una época en la que éste no andaba muy fino. "Pasaba por unos meses tristes. Había pasado su vida recorriendo el mundo como alpinista y como periodista, y ahora al dejarlo se veía obligado a quedarse encerrado en casa" recuerda Rosanna. Bonatti necesitaba seguir asombrándose, y lo hizo gracias a la actriz, que aún conserva una expresión que explica por qué representó a la mujer más bella de la historia. "Somos dos cuerpos con un solo alma", comenta él mientras le da un tiento a una cerveza "suave", refrescando su garganta después de la charla en la Librería.

A sus 78 años, Bonatti mantiene la ilusión de los 20, en lo que le ayudan los nueve nietos de Rosanna. "Nunca quise tener hijos en mi época como alpinista. No hubiese podido soportar la incertidumbre de la muerte si hubiese tenido que preocuparme del futuro de alguien más".

Ahora Bonatti va a recoger el premio que le entrega la Sociedad Geográfica Española, para después regresar a casa y recuperar la soledad con los más cercanos, a la que ya se ha acostumbrado. Nos ha permitido hacerle la última entrevista que concederá, así que en cuanto pueda se la enviaré a mi amigo en Australia. O quizá me espere a que vuelva para mirarle a la cara cuando la lea.

Fotos: Jorge Jiménez (http://www.sacalacamara.blogspot.com/)

Vídeo:Bonatti habla del K2
Premios de la SGE
Vídeo: Conferencia en Madrid

Publicado en Desnivel.com