Habiendo llegado ya a su casa, costándole el paseo un buen litro de vino, encontró, tras la puerta, una necesidad imperiosa de ser poseída, puesta de arriba abajo en una morena decisiva, que le dio la esperanza de que su suerte hubiera cambiado y la tumbó en la cama y enfiló con tino, creando, parece, ángeles en gritos, que se oían, según dijeron, cuatro pisos más arriba, pues de abajo, como en las buenas fincas, no suben los secretos.
Tuvo que ponerse frente al espejo para creérselo, cosa que hacía cada mañana desde el primer día y ojalá, pensaba, hasta el último. Vivir con ella es vivir entre purpurina. Buscar los huecos en su cuerpo y la almohada del mediodía. Cenar callados, y follar rendidos.
León Pastor no ha llorado, pero sabe lo que es sentirlo, y duele, y a veces quema, saber que no hay tiempo suficiente. "Hasta viejitos". ¿Y después a dónde?
"La pareja del carro"
Rafael Zabaleta, 1959
Mayo de 2008
