Ojo, lunar y rojo


Las olas no sabían a donde iban, desparramando sal y conchas, enloquecidas. Las gaviotas chocaban unas con otras, dejando a su paso, como las olas, una estela blanca. Un cielo inflamado mecía el barco, batiendo sus velas sin respiro.

Quiso el azar, o el destino, o los dos, que fuese el navío a clavarse en la arena de la playa, estallando su quilla en astillas. Un hombre solo navegaba, y de un salto tocó tierra. Sus ojos: alucinados, blancos de luna y rojos de sangre. Según terminó de estirar su camisa, se colocó un parche con esmero.

El hombre solo tomó el único camino que escapaba de la costa, llevándole inmediatamente a un caos de rocas y arbustos que precedían un horizonte de montañas azules. Varias veces tropezó, pues casi andaba a tientas, ya que con solo un ojo, lunar y rojo, poco veía en una tarde que se apagaba.

Fue a cruzarse con otro hombre, que arrastraba aparejos, cañas y una cesta exagerada.
-Unos huyen y otros llegan- se apresuró a decir el hombre solo.

El mar, detrás, gritaba endemoniado.
-Las circunstancias obligan -respondió fatigado el de los aparejos, que se confesó pescador, y de categoría.

Los aparejos dieron con el suelo, y los traseros con las aristas afiladas de las rocas.

-¿Qué ha sido de tu barco, pescador?- dijo con tino el hombre solo.
-Su Majestad quería el pez más grande del mundo- murmuró el pescador, con el aliento desbocado. Aguardó unos segundos y añadió- Y vos ¿a qué os dedicáis?

El hombre solo se rascó el parche y desclavó una astilla de su bota.
-Soy pescador -concluyó.

Llegaron al fin la luna y las estrellas pulsantes y cada uno siguió su camino. Las montañas se habían difuminado, arrojando sombras hacia el cielo.

El camino: larguísimo. Paredes de roca, pálidas en la noche, y senderos que se volvían inexistentes, le llevaron, tras horas, a una cumbre. A una mínima cima, enquistada en la piel de la montaña. La luz del sol ya se derramaba al frente, y a la hora de los gallos el valle se despertaba como un nido de hormigas. Y aunque ni los halcones pudieran llegar a distinguirle, el hombre solo sentía que cualquiera podía verle, como un extraño en la inmensidad de la cumbre. Y allí, fijándose por primera vez, reconoció la figura de otro hombre sentado junto a él. En las manos de éste un chusco de pan se partía en dos y una navaja rebanaba queso tierno.
-No me importaría desayunar -probó suerte el hombre solo.

Una mano le invitó a sentarse y pronto se encontró con un trozo de queso. También le fue ofrecida la navaja, pero el hombre solo sacó la suya propia del bolsillo.
-El mejor acero que he encontrado- aseguró-¿A qué os dedicáis?

El otro hombre, sin quitar la vista de un horizonte que iba ganando colores, respondió.
-Era herrero.

El hombre solo, con su ojo lunar y rojo, repasó con el índice el filo de su navaja, y mostró un corte nítido en la yema, de la que pendía una gota de sangre.
-Buen trabajo -confirmó el herrero-. Yo hacía trabajos como ese. Incluso el Rey se beneficiaba de mi oficio y reclamaba espada tras espada- aguardó un instante, resopló y se llevó un trozo de pan a la boca. -Hasta que decidió que quería la espada más bella del mundo.
-No me digáis más - siguió el hombre solo.

El herrero asintió. Regaló su último trozo de queso y se puso en pie, llevándose la mano a la frente, a modo de visera, para protegerse del sol incipiente.
-Me queda mucho camino -dijo al cabo, despidiéndose con una reverencia para después enfilar la misma senda improbable por la que había llegado el hombre solo, que levantó su parche para observarle desaparecer entre las rocas. Antes de perderse del todo por la pendiente, el herrero se giró y preguntó.
-Por cierto ¿a que os dedicáis vos?

El hombre solo devolvió su navaja al bolsillo.
-Soy herrero.

El nuevo sol arrojaba un calor terrible. La bajada al valle no supuso un gran esfuerzo, aunque el sudor del hombre solo era formidable. Una vez abajo se calzó una pelliza parda con cintas de cuero que caían desde el cuello. Frente a él, entre fachadas idénticas y tejados negros, se erguía el castillo del Rey, flanqueado por unas torres que parecían sostener el cielo.

No tardó el hombre solo en volver a detenerse para hablar, esta vez con una familia en cuya cabeza marchaba, con aspecto virulento, el padre, seguido de la mujer y cuatro niños arrastrando de sus faldas. No parecía el mejor momento para detenerles para charlar, pero el hombre solo saludó.
-Siempre he añorado una familia como la suya -interrumpió.

El padre pasó zumbando, pero la mujer se detuvo obligando a derrapar a sus hijos.
-Por eso nos marchamos, caballero- sostuvo ella, irguiéndose hasta donde era capaz.
-Parece que se va todo el mundo -respondió el hombre solo.

La mujer silbó y ordenó a avanzar a sus hijos con un cachete.
-Aún quedan algunos. Pero no tardarán en marcharse. Si fuera vos volvería sobre mis pasos. Muy rápido.
-No puedo volver, mi barco encalló.

La mujer estudió las tiras de cuero que se derramaban sobre el torso del hombre solo.
-A cambio de esa chaqueta tan bonita podría conseguir un billete nuevo.

El hombre solo lució su pelliza.

-¿Le gusta? Yo la cosí.
-Mi mismísimo marido la hubiera firmado -asintió la mujer, alcanzando con la mirada a su familia en retirada -He de marcharme.

El hombre solo la agarró por la falda antes de que diera tres pasos.
-¿Su marido es sastre?

La mujer se deshizo de la mano.
-Hasta donde que yo sé, vos también.

Y se dio la vuelta, enfilando las huellas de su familia. A su espalda, el hombre solo puso su ojo, lunar y rojo, en el castillo. No dejó de caminar hasta que se plantó ante la puerta. Ni cuando atravesó el pueblo, deslizándose entre casas abandonadas, ventanas sacadas de sus goznes y polvo en remolinos, se detuvo.

El castillo le recibió con la boca abierta, cubriendo el foso con su gran lengua de madera. Las carnes flácidas de un hombre con sombrero salieron a su encuentro.
-Bienvenido caballero. Guillem, sin apellido, secretario personal del Rey, a su servicio. Raro es recibir visita en estos días. El castillo se encuentra muy solo.

El hombre solo agachó su cabeza, sumiso.

-León, de apellido Pastor, para servirle. Pescador, herrero, sastre y lo que guste Su Majestad -hizo una reverencia-, con quien desearía celebrar audiencia.

Guillem secundó la reverencia, haciendo balancearse como un flan a todo su cuerpo. Tendió una mano e invitó al hombre solo a que le siguiera.

El Rey, frente al espejo, se probaba con esfuerzo una chaqueta carmesí. Líneas de plata, y algunas de oro, se cruzaban frenéticas sobre la pechera, de la que colgaba un hilillo huérfano de adorno. Guillem carraspeó, a lo que el Rey respondió dándose media vuelta y haciendo saltar su barriga de la prisión de tela en la que la había confinado.
-Majestad, León Pastor, herrero, sastre, pescador, y muchas otras cosas, desea que le reciba.

El Rey asombrado con tan excelsa presentación, asintió sin pronunciar palabra. Guillem salió y regresó con el hombre solo. Éste clavó una rodilla en la alfombra y resopló mirando a su alrededor. Allí se concentraban cuadros gigantes y pequeños, ropa fina abandonada a merced de las arrugas y estatuas que no sabían donde posar la mirada. El hombre solo habló primero.
-León Pastor, ahora y quién sabe cuánto más, a sus pies- el Rey extendió su mano, dubitativo, para que fuese besada- Debe ser un gran rey si puede permitirse tantos lujos -siguió León, sin hacer caso a la mano que se le acercaba.
-La gente me quiere y gusta de concederme el fruto de su trabajo. Todos aquí disfrutamos de ello -dijo el Rey, retirando la mano y buscando con la mirada la confirmación de Guillem. Éste apoyó el comentario moviendo la barbilla, pero mirando para otro lado. El rey concluyó- Todos los vasallos me ofrecen su servicio, y vos parece que ejercéis varios.

El hombre solo se puso en pie haciendo rebotar las tiras de cuero. Se quitó el parche y enfrentó sus pupilas incandescentes con las del Rey.
-A un rey que lo tiene todo solo se le puede ofrecer un servicio -León se llevó los dedos a los párpados y los separó hasta que le dolieron- Abrirle los ojos.

El Rey se alejó unos pasos. Guillem se golpeó la frente con la palma de la mano.
-¿Y quién ejerce ese oficio? -dijo irritado el Rey.

Las pestañas de León Pastor parecieron romper en llamas.
-Un hombre solo.


Escrito por Jorge Jiménez Ríos y Ana Pérez Pastor


La chaqueta del Rey


Con suavidad, la aguja perforó la tela por última vez. El sastre alzó su obra y dejó que su mujer y sus cuatro hijos la contemplasen. Un “ohhhh” al unísono confirmó el buen hacer del maestro costurero, que con las yemas mantenía en alto la chaqueta carmesí que había confeccionado para el Rey. Líneas de plata, y algunas de oro, se cruzaban frenéticas sobre la pechera, que se culminaba con un único botón, una perla moldeada con forma de elefante. Ésta prenda, por fin, había de ser del gusto de Su Majestad, pensaron todos. Ahora sí que se había ganado la jubilación.

La puerta del castillo, una lengua de madera y hierro, fue descendiendo sin prisa, haciendo chillar a las cadenas que la sostenían. El sastre batía su pie contra el suelo, de espaldas a la multitud que lo acompañaba. La masa le había seguido desde la puerta de su hogar, donde un calendario marcaba el último día de costura. Después de cuarenta y tres intentos, todos estaban convencidos de que aquella chaqueta incandescente sería del gusto del Rey, años, hilos y puntadas después.

Tras las torres, que como colmillos arañaban un cielo sin nubes, se levantaban unas montañas azules, sobre las que las aves trazaban círculos inseguros. Desde allí, sin mediar rayos ni truenos, vino la tormenta. El cielo limpio se llenó de jirones y la lluvia levantó el olor húmedo de la piedra y el heno, mientras la puerta se posaba cansada sobre el foso, haciendo elevarse polvo y guijarros.

El sastre, su mujer y sus cuatro hijos y una mojada multitud entraron en el patio de armas. Allí les esperaba el secretario personal del rey, Gillem, sin apellido, pues se lo quitaron al nacer. Había sido adoptado por el monarca desde su mismo alumbramiento y las excelencias de la vida en palacio le habían convertido en un hombre insano, sudoroso y entrado en muchas carnes, que se movía haciendo oscilar toda su masa de un lado a otro.

Guillem portaba una imitación a la vara del rey y un sombrero de tres picos color turquesa, con una cinta que culebreaba al viento. Su pelo rizado empezaba a empaparse, derramándose sobre sus ojos y orejas. Con un gesto, hizo acudir al sastre, y éste, más cauto que presto, se aproximó y alzó una vez más su obra carmesí.

—Esta vez sí, maestro costurero —asintió Guillem.

El sastre volvió a doblar la chaqueta y la guardo bajo su zamarra, antes de que terminase chorreando agua gris de lluvia.

—Más vale, mi Señor, porque yo mañana me jubilo.

La sorpresa en el patio de armas fue monumental. “Ohhhh”, exclamaron todos repetidas veces y sin pizca de entusiasmo. Los hijos del sastre, en cambio, saltaban y danzaban bajo las nubes negras, planeando escapadas a las montañas y aventuras con su padre, al que nunca habían visto sonreír.

Tras el espasmo general de la concurrencia, Guillem tomó la palabra.

—Que así sea, maestro costurero, pero antes has de celebrar tu entrevista ante el Rey.

El sastre besó a sus hijos y limpió una lágrima de felicidad que caía por la mejilla de su esposa. Los años de servicio llegaban a su fin. Siguió a Guillem al interior del castillo, que los digirió en su oscuridad y fue a sacarlos a otro patio luminoso, presidido por un león de piedra de cuya boca un chorro salpicaba los bajos de los pajes. Entre ellos, elevado en una silla con aspecto de coliflor, el Rey, aguardaba.

—Mi señor —empezó Guillem— he aquí una vez más el maestro costurero —concluyó, a lo que siguió una reverencia del sastre, que aprovechó el movimiento para sacar la chaqueta y plantar su tela carmesí, sus cintas de plata y oro y el perlado elefante a pocos palmos del monarca.

El Rey, corona en ristre, posó sus pies sobre un charco y descendió de la silla con mucho tiento, cuidando de salpicar minuciosamente a los pajes. Se atusó la barba, gris como las nubes, entornó sus ojos, vacíos como los años entre las estrellas, y tomó la chaqueta de las manos del sastre.

—Vaya, esta sí es una buena chaqueta—se apresuró a decir, mientras la tendía sobre su pecho para asimilar la talla, algo pequeña.

—Quizás Su Majestad ha engordado en las últimas semanas —se excusó el maestro costurero, viendo peligrar su retiro.

Los pajes, Guillem y las aves del cielo hicieron un corro alrededor del Rey y del sastre, temerosas de que pudiese estallar una tempestad a ras de suelo, pero tan contento había quedado el Rey, por primera vez en su vida, que en vez de empezar a repartir bofetadas, se despojó de su capa y fue a encajarse en la chaqueta carmesí.

Que hermoso elefante, fue a decir el Rey, pareciendo más un barril, cuando el botón saltó y fue a rodar por todo el patio, yendo a caer en el desagüe de la fuente.

Los pajes, Guillem y las aves del cielo se retiraron, dejando a solas al sastre y al monarca, y si acaso a una nube negra y eléctrica que se hizo con todas las dimensiones del cielo. El Rey, que trataba de forzar sus carnes hacia el interior del tremendo descosido de la pechera, dijo:

—Pues tiene razón maestro costurero, habré de perder unos centímetros para ponerme esta chaqueta que os traerá el reconocimiento del todo el reino.

El sastre suspiró aliviado y pudo destensar sus músculos, listos para protegerse ante cualquier contingencia real. Alucinadas, varias cabezas, incluyendo la del sombrero de tres picos, asomaron tímidas por las ventanas, también sofocadas tras correr por las escaleras. Más allá del patio, el silencio de la multitud crecía, expectante. El Rey prosiguió:

—El que yo vaya a perder peso solo puede suponer un beneficio para vos, maestro costurero, pues habréis de renovarme el vestuario.