"La soledad es una fuerza que te aniquila si no estás preparado para superarla, pero que te lleva más allá de tus posibilidades si sabes aprovecharla para tu propio beneficio".

Reinhold Messner



Maurice Wilson junto a su avioneta 'Ever-Wrest'
Foto: Libro 'Everest'

En la historia de la exploración, como en la de las artes o las ciencias, siempre han existido hombres que han marchado permanentemente por el vertiginoso filo entre la genialidad y la locura. Quizá la diferencia entre pertenecer a la primera clase o a la segunda sea una cuestión de resultados y puede que por eso se considere a Maurice Wilson, un tipo de Yorkshire que en 1934 intentó escalar el Everest en solitario, uno de los más locos hombres que han quedado en los anales del alpinismo.

A Wilson se le puede contemplar en una fotografía de 1933, con una inquietante sonrisa, embutido en una cazadora, con gorro y gafas de piloto, delante de una avioneta a la que rotuló Ever-Wrest, poco antes de volar al Himalaya.

El Everest, por aquel entonces, ya era el símbolo más empírico de la fé del ser humano. Como pensaba Eric Shipton, la montaña más alta de la tierra sería escalada algún día: las matemáticas no dejaban otra opción. Se había llegado a los 6.000 metros, luego a los 6.500, a los 7.000… Algún día se llegaría a los 8.848, aunque aquello representase una lucha agónica en un terreno que no entendía de piedad ni de gloria.

En la década de los 30, en Inglaterra ya había germinado una importante cultura montañera por lo que no se puede achacar la temeridad de Wilson a la desinformación. Las primeras tentativas británicas al Everest se remontan a 1921. Charles Kenneth Howard Bury (1881-1963), un intrépido botánico y explorador irlandés, dirigía una expedición sobre la vertiente china, llegando a alcanzar el Collado Norte (7.010 metros) antes de retirarse. A aquella aventura se la conocería como la de "Las esperanzas marchitas", pues toda la información que llegaba desde su base en el Rongbuk hacía pensar que se hallaban ante una cumbre tan intangible como el espacio entre las estrellas. Un segundo intento se llevaría a cabo en 1922, en el que Arthur William Wakefield (1876-1949) también llegaría al Collado Norte, aunque no podría continuar a través de la ruta descubierta el año anterior por Edward Oliver Wheeler (1890-1962). Y en 1924 tendría lugar una de las aventuras más legendarias, inescrutables e infinitas del ochomilismo: la protagonizada por Andrew Irvine y George Mallory, desaparecidos entre los 8.500 y los 8.600 metros durante su avance por la arista norte. Puede que por siempre, la duda de si dicha cordada alcanzó la cumbre se mantiene perpetua en la historia de la montaña.




Cara norte del Everest.
Foto: desnivelpress.com
Incapacidad para llevar una vida cotidiana
La vida de Wilson, antes de su intento en solitario a la montaña de los sueños británicos, ya estaba marcada por su imponente afán de meterse en líos. Hijo de un granjero de Bradford, Maurice no se veía dejando pasar los años entre el centeno. El día que cumplía 18 años tomaba una decisión, basada en variables tan cercanas como el patriotismo y la sed de aventura, que encumbraría su persona al conocimiento público. Se alistó para combatir en la Primera Gran Guerra, demostrando una capacidad de sufrimiento ilimitada que pronto lo convertiría en Capitán y le haría regresar a casa con la Military Cross, uno de los más excelsos reconocimientos del ejército británico, acomodada en su chaqueta. Había sido el único superviviente sin heridas de una refriega cerca de Materen. Aunque no volvería ileso. Meses después sería herido por el fuego de una ametralladora y enviado de regreso a Inglaterra. Sus heridas en el brazo izquierdo nunca terminaron de sanar, provocándole dolor hasta el instante final en el Everest.

Wilson encontró en la post-guerra una complicada etapa de su vida. Vivió en Londres, Estados Unidos y Nueva Zelanda, desarrollando múltiples trabajos en los que no terminó de cuajar (desde vendedor de automóviles a fabricante de medicinas naturales). La Llamada le perseguía, sus finanzas no evolucionaban y su fuerza física y mental cayó en un profundo abatimiento que desembocó en enfermedad. Y entonces desapareció.

Un largo vuelo
En 1932 Wilson puso fin a su retiro y regresó con el sueño de escalar el Everest. Habiéndose sometido a un extraño tratamiento de 35 días en una cueva del Bosque Negro, supervisado por un hombre de Mayfair en cuya leyenda se incluía la curación de un centenar de personas (y de sí mismo) calificadas como irrecuperables por la ciencia médica, Maurice regresó a Londres y se compró una vieja Gypsy Moth a la que le quedaban pocas ganas de volar y pagó las escasas clases de vuelo que consideró necesarias para llegar hasta el Tíbet. Su instructor dijo de él: "No sería capaz ni de dar una vuelta completa al aeropuerto". Poco recorrido a tenor del plan de Wilson: aterrizar en los bastiones superiores del Everest, algo que ni tan siquiera estaba al alcance de los mejores aviadores de la época. Claro que tampoco los grandes alpinistas se habían planteado una ascensión en solitario. Wilson no tenía nada que perder (excepto la vida, y tampoco parecía pensar mucho en ello) pues nadie consideraba el reto a la altura de una mente equilibrada. "Llegaré a la cima o moriré en el intento", afirmó Wilson antes de partir.

Si su preparación como piloto era mínima, como montañero era aún peor. Su entrenamiento había consistido en pesados paseos por las colinas de Snowdonia y el Lake District y no pareció mostrar ninguna inquietud por la escalada en hielo, la técnica de una ascensión o los efectos de la hipoxia. El de Yorkshire consideraba que el ayuno y la oración eran suficientes armas para combatir los imponderables verticales del Himalaya (y más aún: para todas las complicaciones de una vida), una convicción de la que intentó hacer partícipe a todo el que se encontró, llegando a pensar que la escalada del Everest produciría el eco necesario para que sus palabras fueran tenidas en consideración. Para probar su capacidad en altura aterrizó con el paracaídas en el mismo centro de Londres, ante la mordaz expectación de los transeúntes. El nombre de Maurice Wilson ya era sinónimo de valor y excentricidad en Gran Bretaña.




Cara norte del Everest, desde el monasterio de Rongbuk.
Foto: Exped. Guardia Civil Everest 2003

¡Y sabía pilotar! El 8 de febrero de 1933, Wilson despega con su Gypsy Moth, yendo a estrellarse poco después en un campo cerca de Clifton. Sale ileso, pero las autoridades londinenses le prohíben volver a volar. El Air Ministry no contaba con que aquello le importaba más bien poco a Wilson y tres semanas más tarde (lo que tardó en reparar su Ever-Wrest) volvía a zambullirse en los cielos británicos.

Quién iba a pensar que semanas más tarde aterrizaría en la India, habiendo ignorado por segunda vez una anulación de su permiso en El Cairo, posando su avioneta en pequeños y recónditos aeropuertos y completando uno de los vuelos más impresionantes hasta la fecha.

El entusiasmo de Maurice Wilson alcanzaba cotas ignoradas por él mismo y pronto partiría de Darjeeling, tras pasar un invierno de logística y meditación y recibir el rechazo del Tíbet para traspasar sus fronteras a pie. Pero si Wilson había hecho caso omiso de las indicaciones del Gobierno de su país, no se podía esperar que se atuviera a los requisitos del tibetano. En Darjeeling conoce a tres sherpas; Tewang, Rinzing y Tsering, a los que convence para acompañarle en su aproximación al Everest. El 21 de marzo de 1934 parte de la ciudad hindú disfrazado de monje. Tan sospechosamente alto como ancho, Wilson pronto cambia sus ropas por las de un campesino, atravesando de dicha guisa y en pleno invierno la exigente orografía de la región, siempre de noche para evitar a las autoridades, siempre hacia delante. "¡Que mala suerte, este clima muerde!", escribía el inglés en su diario. Ni las tormentas ni los feroces ríos impidieron su llegada al Monasterio de Rongbuk.

Tentativas al Everest
Sin conocimientos de las condiciones de un ochomil, sin equipo técnico, sin experiencia, lo osado del intento de Wilson iba a la par con el disparate. A pesar de ello la montaña le permitiría hasta tres tentativas por alcanzar la cumbre. En la primera llegaría al tercer campo de altura, bajo el Collado Norte, encontrando afortunadamente un par de crampones abandonados por una expedición anterior. Se retiraría exhausto, casi ciego, con el frío abrazado a sus huesos, al Monasterio. Necesitaría ocho días, cuarenta horas consecutivas de sueño y su habitual ración de ayuno y rezos para sentirse restablecido y volvería a la montaña llevando a Tewang y Rinzing con él, con lo que la progresión por el glaciar Rongbuk, que le había supuesto jornadas de calvario, sería mucho más fugaz. De nuevo llegaría al Campo III, donde se vería reducido a la mínima versión de sí mismo, confinado en su tienda de campaña.

Incapaz de pensar en el fracaso, solo atendía a las creencias que le habían llevado hasta aquel momento inusitado de la historia del alpinismo, y por si sus convicciones no eran suficientes, la cumbre ejercía una atracción que Wilson no era capaz de sacudirse. Aquello solo era el principio de una vida que había previsto como legendaria: con su siguiente proyecto pretendía convertirse en el primer hombre en alcanzar la estratosfera. La fé, la fuerza de voluntad, los límites desconocidos del ser le empujaban directamente hacía un lugar que habría de significar un hito para el tesón humano.

El 21 de mayo saldría de nuevo dispuesto a cumplir su loco sueño. Mas no tuvo éxito. Volverían al Monasterio, pero Wilson ya no era él, si no un hombre arrugado y abatido, carente de razón (o sobreexpuesto a ella) que abandonaría silencioso su habitación, por tercera vez, dejando como único testimonio un papel en el que escribió: "He de hacer un último intento".

A finales de julio, a su llegada a Kalimpong, Tewang y Rinzing anunciaban el fallecimiento de Wilson, cuyo cuerpo sería encontrado por Eric Shipton, un año más tarde, al pie del Collado Norte, con síntomas de haber fallecido de agotamiento después de soportar noches al raso por encima de los 6.000 metros, con las manos juntas sobre el piolet, confiándose al poder del alma. Desde entonces se le ha tomado por chiflado o por un hombre extraordinario a partes iguales, pero si hay algo innegable fue su capacidad para traspasar los dictámenes de su tiempo, su capacidad para llegar hasta donde se lo dictó el espíritu.

Publicado en Desnivel.com, octubre de 2008.

Cuenta la anécdota de que en el siglo XIX una mujer, con ocasión de su ascenso a una cumbre alpina, le comentó a su compañero: «Dijiste que ninguna mujer podría subirla». Él respondió: «Dije una dama».

Nos encontramos en 1978, en plena efervescencia de expediciones al Himalaya. Se ha logrado ascender cada una de las 14 cumbres principales de ocho mil metros. Apenas quedan grandes misiones exploratorias en la superficie terrestre, pero permanecen inmaculados tantos retos alpinos que es difícil hacerse a un lado. La mujer empieza a tomar relevancia en el ochomilismo. El camino lo iniciaba la japonesa Junko Tabei, en 1975, cuando ascendía la ruta normal del Everest y alcanzaba la cumbre con Ang Tsering. Esa misma temporada una multitudinaria expedición china ponía a la tibetana Phantog en la misma cima, carcajeándose una vez más de la desafortunada cita aparecida en un artículo de 1838 que definía a la mujer alpinista como "una virgen que es incapaz de encontrar u obtener un hombre con quien casarse". Han pasado cien años y las eras han iniciado una carrera inigualable en todos los campos, pero la mujer continúa minusvalorada en la senda de las grandes montañas y hacen falta más ejemplos que encumbren la actividad femenina.

En el 78 escalar el Annapurna sonaba razonable. Pero ¿por una expedición exclusivamente femenina? 13 mujeres pensaban que su lugar durante aquel otoño estaba a los pies de esa altiva Diosa de la Abundancia. La expedición sería liderada por Arlene Blum (1945), una escaladora de Chicago cuya perseverancia la había llevado a ascender, ocho años antes, el Denali, la cumbre más alta de Norteamérica, convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo, lo que le valdría una invitación para intentar el Everest en el 76.

Arlene había escogido para su equipo a lo más granado del alpinismo afincado en los Estados Unidos. Vera Komarkova, una botánica de Pisek (Checoslovaquia) cuya afición a la montaña desembocó en dos matrimonios fallidos y un traslado a Boulder, avalada por su currículum en las paredes de Tatras y los Cárpatos, y Alison Chadwick-Onyszkiewicz, quien había inaugurado el Gasherbrum III junto a Wanda Rutkiewicz en 1975, serían las puntas de lanza de una expedición que también contaba con Irene Miller, jefa de suministros, Joan Firey, Liz Klobusicky-Mäiländer, la médico Piro Kramar, Margi Rushmore, Vera Watson, Annie Whitehouse, la administradora del base Christy Tews y un equipo de filmación formado por Dyanna Taylor y Marie Ashton.

Blum encontraba a Komarkova la más enigmática de las mujeres que había conocido. El carácter combativo de la checoslovaca llevaría a más de una discusión por diferentes aspectos logísticos de la escalada.

La intención inicial había sido contratar solo mujeres sherpas, pero Arlene descubrió que éstas solo estaban interesadas en labores como la colada y la cocina, una actitud que, a la vista del espíritu feminista de la expedición, se consideró remilgada . El sadar Lobsang Tsering, lideraría el equipo de apoyo local para el intento a la cara norte donde escogerían entre dos rutas: la holandesa del 77, abierta por el equipo encabezado de Alexander Verrijn Stuart (1923-2004), que ponía tres hombres en la cima, y la española del 74 a la cumbre este (8.026 metros), abierta por J.M. Anglada y E. Civis, quienes lograban con su escalada el primer éxito del ochomilismo español.

El Annapurna había sido el primer ochomil en ser ascendido a manos dos jóvenes algo ingenuos, pero con una fuerza de voluntad irreprochable, como Louis Lachenal y Maurice Herzog, pero se la consideraba (y aún hoy es así) uno de los ochomiles más exigentes. Lachenal y Herzog se enfrentaron a uno de los retos de mayor envergadura de la exploración alpina. La conquista de su cara norte fue el primer paso para una actividad que se había cobrado dedos, mentes y vidas a partes iguales. Alison Chadwick escribiría a su marido, Janusz Onyszkiewicz: "La vida en el Annapurna es una constante ruleta rusa. Es la montaña más peligrosa que he visto". Para el equipo era la montaña por excelencia, una hazaña vital incomparable a las ascensiones en Alpes o Alaska, una meta que solo se podría alcanzar aprentando el corazón e invocando la clemencia del santuario de cumbres y lenguas de nieve que la envuelve.

Una camiseta para una cumbre
La comercialización de las expediciones era un concepto que el excelente Chris Bonington había introducido años atrás, pero para nadie fue fácil abastecerse de ingresos que facilitasen sus intentos a las cumbres de los Himalayas. Con en lema "El lugar de la mujer está en la cumbre... Annapurna" impreso en una camiseta, el equipo de Arlene logró recaudar tres cuartas partes de los 80.000 dólares necesarios para partir, lo que se completó con el patrocinio del American Alpine Club, la National Geographic Society y la marca de tampones 0B de Johnson & Johnson, "la inesperada ventaja de un equipo integramente femenino" como plácidamente observó Vera Komarkova.

El equipó había optado por un estilo tradicional de escalada en el postmonzón, usando oxígeno suplementario y un "pequeño" número de porteadores de altura (6) que incrementasen la posibilidades de éxito y la seguridad de la expedición. El 15 de agosto daban los primeros pasos para la aproximación desde Pokhara: 13 alpinistas y 200 sherpas marchaban hacía los pastos de los Nilgiri, el aislamiento del Miristri Khola y la última aldea antes de los terrenos salvajes, Chhoya, donde la mayoría de porteadores había desertado durante la expedición francesa de 1950. Afortunadamente, a ellas no le sucedió lo mismo. Sus problemas con los porteadores llegarían más tarde.

Gastando las botas durante once días, la larga fila de expedicionarios se amontonó por encima de los 4.300 metros, en un campo base con vistas al caótico reinado de los Annapurnas. Joan Firey sufría el primer impacto de aquellas caprichosas latitudes, con una neumonía monumental. El 28 de agosto, Liz Klobusicky, Alison Chadwick y Lakpa Norbu, quien ya había participado en la ruta holandesa del 77, establecían el primer campo de altura, a 5.000 metros, entre los desechos de una morrena al norte del glaciar principal. Desde allí, la montaña ofrecía sus alternativas: la Francesa del 50 suponía un riesgo que era afrontado en menor medida por la Holandesa del 77, que compartía espacio en la única papeleta con la posibilidad de abrir un nuevo itinerario utilizando parte de la ruta española, menos técnica pero más larga y expuesta a las frecuentes avalanchas.Tras observar durante días las condiciones de la montaña, el debate, que se había enquistado en la moral de la expedición, concluyó con la Holandesa como elegida. Los sherpas serían tratados como iguales, teniendo la oportunidad de ascender hasta la cumbre con el equipo principal, lo que se alejaba de la línea purista que perseguían Alison Chadwick, la única británica, y Vera Komarkova.

Aunque la dirección de Arlene Blum era de tono democrático, los días en la montaña, en aquella soledad donde suena la roca como un engranaje, iba dilapidando la moral de la expedición. Komarkova se impulsaba por una escalada menos mecánica, dispuesta a lanzarse al ilimitado sueño de cumbre, y sus propuestas se estrellaban con la visión más comedida de Arlene. "Esta forma de pensar es una pérdida de tiempo" sentenciaba la checoslovaca.

El equipo necesitaba un salto emocional; una bendición de la montaña que llegaría el 12 de septiembre, cuando durante los cantos y ofrendas de la tradicional ceremonia en el campo base, el Annapurna mostró su cumbre entre unas nubes que la habían abrumado durante semanas. La mágica pregunta de Lachenal a Herzog durante la primera ascensión, "¿Crees que vale la pena"?, iba a encontrar pronto una respuesta en cada una de las 13 mujeres del Annapurna; con mayor relevancia en cuatro de ellas.

Profundamente vacío
El equipo de cumbre estaba decidido. A pesar de la resistencia de Alrene, Komarkova, Irene Miller y Piro Kramar ascenderían sin ayuda de los sherpas, a los que se incluiría en un ocasional segundo intento. Algunas tormentas de nieve amenazaron el avance de la cordada, pero el 13 de septiemrbe se alcanzaba el cuarto campo de altura. "Otra vez, el día ha traído viento y frío", escribía Komarkova en su diario. La única radio dejó de funcionar y una avalancha casi arrasa el campo base, quedando a pocos metros de una cocinera nepalí que se enfrentó al alud cargada con un puñado de arroz bendecido.

La jornada siguiente, tras lidiar con la secciones superiores al campo IV, Piro Kramar se retiraba con congelaciones en sus pies. Komarkova y Miller seguirían solas hasta el último cono de nieve, contando con los relevos de los sherpas, de Vera Watson y de Alison Chadwick para abastecer los depósitos en la montaña. A las 3:30 del 14 de septiembre Irene Miller y Vera Komarkova tomaban la cima.

"El frío nos perforaba", relató Komarkova al explicar su estancia en los 8.091 metros. "Se reconocía la ruta por el valle de Kali Gandaki, la soberbia figura del Dhaulagiri entre brumas rojas y azules y un mar de montañas emergiendo entre turbulentas nubes". Komarkova, "de fuerza increíble y una escaladora dedicada", como la definió Arlene Blum, concluiría: "Aquí se siente un profundo vacío". Pronto ese sentimiento se vería trágicamente confirmado con la desaparición de Watson y Chadwick, observadas por última vez por el equipo de filmación a pocos metros por debajo del campo V, cuando caía la oscuridad.

El éxito en su objetivo se mezclaba con la impotencia del equipo de rescate formado por los sherpas Migma Tsering y Lakpa Norbu, quienes encontraban el cuerpo de Alison Chadwik en las imediaciones del campo IV, hasta donde se precipitaba el día 17 durante un intento a la cumbre. Vera Watson se había precipitado por una grieta, frenando así una caída de más de 350 metros. "No pudimos absorber la tragedía", reconocía Komarkova.

La retirada definitiva fue irremediable. En la piedra de conmemoración del campo base quedarían labrados los nombres de las dos alpinistas fallecidas y posteriormente se realizarían diversos homenajes destacando que "mantuvieron la fé en que el lugar de la mujer estaba en la cumbre".

Se había sentado un precedente fundamental para las expediciones femeninas, con todos los ingredientes de una gran aventura, que depositaba una vívida luz en la cima del Annapurna.


14 Momentos del Ochomilismo:

El largo camino de Yorkshire al Everest.


Publicado en Desnivel.com, octubre de 2008.

La bruja

A mi mujer le ha encantado la sopa. A mí, como de costumbre, no. Suele pasar cada vez que se acerca a un cucharón y con su magia negra y culinaria hace brotar
burbujas de su caldero antioxidante. Y yo no me callo, porque me gusta dar conversación y la única conversación que desde hace años comparto con ella es a gritos. Así que la provoco concienzudamente, rompiendo vasos y arrojando bolas de polvo por el salón hasta que saca las uñas y nos enzarzamos en una discusión que acaba entre las sabanas negras que nos regalaron en nuestra boda.

Pero esta vez ha sido distinto, porque me ha echado de casa. Por una sopa, amigos. Y eso que esta mañana me he afeitado para ella, dejándome el bigotillo blanco que tanto le gusta, aunque a mi me parece como si hubiesen cosido un lirón bajo mi nariz. Con la de sacrificios que he hecho por ella. ¡Bah! Pues no me habré quitado la bata cientos de veces para bajar a por tabaco... ¡y yo odio el tabaco! ¡Lo dejé hace semanas!

Y sexualmente, no digamos. A ver si encuentra a alguien que le apriete así los muslos (de todos modos prefiero no pensar en un sustituto). ¡Bah, que bruja!

Seguro que todo esto es por no haber tenido un niño. ¡Un niño! Eramos pocos... Si todo el dinero que nos sobra es para tabaco. Hacemos malabares con trocitos de carne y zanahoria para que duren una semana. Flacucho iba a salir el niño. ¡Bah!

Pienso volver a casa a decirle que es una bruja. Y si puedo se lo recordaré todos los días.

Inspiración

Andaba devorando una manzana asada, con mis calzoncillos favoritos y los calcetines más cómodos que tengo (dejan los dedos a su aire y no hacen sudar) cuando llamaron insistentemente a la puerta. Yo vivía en un cuartucho demencial, en compañía de un jergón con más cucarachas que paja y una pila estúpida de libros incapaz de enseñar nada (¡Un buen libro!, solo pedía eso). No estaba nada contento aquella mañana y ni siquiera me tomé la molestia de limpiar el caramelo que resbalaba por mi barbilla. Algo de lo que me arrepentí en el mismo instante en que abrí la puerta. Unas piernas largas como cuellos de jirafa desembocaban en un embutido sinfín de carne bien proporcionada. Tenía unos ojazos camaleónicos que cambiaban según el lugar en que los posara. Hubiera soportado con buena cara su cuerpo rebotando contra el mío.

—Hola —dijo ella con una sonrisa total.

No tenía palabras, pero sí los dientes llenos de piel de manzana (además mis calzoncillos eran demasiado cortos como para hacerme el interesante), y no dije nada.
—¿Pensaba que me buscabas? —añadió sin parpadear.

Como yo no tenía ni idea de quien era ella, rápidamente apelé a mi sentido común y este me falló como siempre, así que a la vista de la situación respondí con sinceridad, repasando una vez más aquellas piernas ilimitadas.
—Te he buscado toda la vida.

Ella asintió con una expresión infantil y me dijo que entonces pasaría, sin darme tiempo a advertirla que un paseo fuera de mi cuartucho complacería más a su festiva mirada.
—Esto es un asco —corroboró, sin darle mucha importancia, mientras lanzaba fugaces vistazos a mis escasos calzoncillos —. ¿No quieres ponerte algo?

Eché mano a unos pantalones que se arrugaban en una silla (ella no tenía porque saber que eran los únicos que tenía). No iba a ponerme nada en los pies porque así estaba más cómodo y porque ya no iba a remediar el primer encuentro.
—Mucho mejor —confirmó ella —. Ya podemos empezar, venga coge una pluma.

Me iba a dejar llevar todo el tiempo que ella quisiera. Aunque no albergaba ninguna idea de que hacer con una pluma que ni siquiera tenía.
—No tengo — repliqué. En seguida me lanzó una mirada punzante que me hizo temer que igual que había venido se marcharía—. Y tampoco tengo papel.

Sus estupendos pechos repicaron al dejarse caer sobre la silla, desencantada y lanzando un prodigioso suspiro.
—¿Y cómo piensas escribir una novela entonces?

Constaté que estaba como un queso, y como la cabra de donde sale. En mi vida había tenido la intención de escribir nada, ni me sentía capaz de hacerlo. Por el torpe arqueo de mis cejas ella debió adivinarme los pensamientos. Estaba a punto de decirle que se ahorrara cualquier comentario.
—¿Y para qué me has llamado? —se adelantó, inquisitiva.

Repasé mis últimas cogorzas de vino ajado y peleón y no recordé a nadie como ella. Ni a nadie diferente porque siempre me emborrachaba solo, en calzoncillos y con los calcetines más cómodos que conozco, dentro de mi cuartucho.
—Yo no te he llamado, tú te has presentado —comuniqué dándome aires de irrebatibilidad.

Se desplomó aún más sobre la silla y estiró las piernas, que apenas cabían en el cuartucho. Cruzó las manos sobre el vientre y se quedó escrutándome, seguro que con el cerebro chirriando y moviendo sus engranajes a toda velocidad.
—Siempre te estás quejando de que no lees un buen libro —mintió. Nunca me había quejado a nadie. A todos los que conozco les parece que un libro es más útil si sirve para apuntalar una mesa. Mi colección está formada por un puñado de volúmenes con la tapa hundida por una pata de madera. Quise excusarme.
—No he tenido tiempo para comprar más—. Tampoco tenía dinero pero no era asunto suyo.

Seguía escrutándome sin ningún reparo, como si mis palabras le resbalaran por el escote, las piernas y otras partes que me ponían nervioso y frenético.
—No tengo intención de volver así que aprovecha —sentenció. Mis esperanzas se mudaron a un lugar profundo y lleno de alimañas.

—Pero si no tengo ni idea de escribir, soy igual de malo que los autores de ahí —señalé sin mucha convicción el montón de libros. Los ojos de ella seguían clavados en mí apremiándome a dejar de decir verdades.

—El libro lo vas a leer solo tú—. Esa era otra verdad monumental, aunque sentí una punzada incandescente en el pequeño rincón que ocupaba mi amor propio. Hasta mis dedos de los pies lo notaron y se agitaron molestos en sus agujeros.

La muy meliflua no me había convencido, pero no quería que se fuese todavía, y por alimentar más falsas esperanzas, busqué mis zapatos (distintos) y perturbé a las cucarachas en su jergón para atrapar algunas esquivas monedas, mientras ella me observaba con una sonrisa triunfal y los ojos cambiando caprichosamente de color.
—Voy a por una pluma —aseguré dando pequeños pasos hasta la puerta por ver si tenía intención de seguirme—. Y a por papel –demoré mi salida.

Finalmente estuve seguro de que saldría solo y abrí la puerta, con lo que el hedor moribundo que se extendía por el edificio me azotó la nariz. Ella, desde su silla, me detuvo.
—Cuando vuelvas ya no estaré —.Por alguna razón, que identifique como falta de atractivo, carisma y dinero, no me extrañó—. Pero no seas cobarde, puede que si terminas por desgastar la pluma me llames de nuevo.

He de reconocer que la idea me sedujo, además solo me podía permitir una pluma usada, con lo que la mitad del trabajo estaba hecho. Cerré la puerta por fuera y bajé las escaleras antes de que los dedos de mis pies empezaran a quejarse por su enclaustramiento. Un último consejo brotó de mi cuartucho cerrado.
—¡Y cómprate otros pantalones!

Vacas flacas


Por la mañana apareció otra vaca muerta en el jardín.
Era la tercera vaca que el sol revelaba desangrada y mutilada en dos semanas. Alguien tenía mucho hambre y el pequeño Pelut pensó que sería mejor acabar con ese hambre para siempre antes de que él y su madre se vieran obligados a recoger pulgas y empanarlas para acompañar la sopa de cinturón. Pelut no tuvo que investigar mucho para decidir que era un lobo quien diezmaba su ganado. Las noches se llenaban de aullidos, las mañanas de cadáveres moteados y los bajos de los pantalones de greñas grises y furtivas.

Era una visión insólita contemplar las moscas acometer el culo de una vaca sin el consiguiente golpe de rabo de ésta. Y eso irritaba mucho a Pelut que consideraba las moscas seres despreciables a los que arrancar las alas para después arrojarlas a su gato flaco y amarillo.

Pelut, a expensas de su madre, que pocas veces se levantaba de la cama, trazó un minucioso plan para acabar con la alimaña insaciable que le había desperezado sangrientamente en dos ocasiones (la primera de las vacas muertas la encontró el cartero en un huraño crepúsculo. Más bien la reconoció cuando sacó la gorra de sus tetas estiradas y se dio cuenta de que había tropezado con un ex–ser vivo).

Un lobo también mordió a su madre una vez, pero a juicio de Pelut no había sido nada grave.

El plan de Pelut era el siguiente: 1) Subir a la habitación mientras su madre roncaba. Abrir el tercer cajón del segundo armario, revolver entre la ropa interior y las polillas y llevarse los cartuchos de escopeta. Hundirse debajo de la cama, levantar el quinto tablón desde la pata trasera derecha y localizar la escopeta. 2) Matar al lobo como buenamente pudiese, con culatazo, descoyunte de hombro y demás efectos secundarios de un rifle de palanca oxidado y con inquilino: una araña majestuosa cuyo oscuro reino cilíndrico se había convertido en un remanso de paz alejado de los pisotones y persecuciones del imberbe Pelut.

Como es costumbre en un muchacho nervioso y adicto a las rodillas magulladas, nada le salió como esperaba.

La habitación
Subió los escalones con todo el sigilo que le permitieron las puntas de sus pies, que no era mucho debido al crujiente reposar de la madera. Se despeinó los rizos con una fabulosa telaraña. Cruzó el umbral de la habitación de su madre, que dormitaba, entre convulsiones y esputos sanguinolentos, más plácidamente de lo habitual. Su pelo, ahora cano y desordenado, caía sin gracia por un lateral de la cama. Abrió el tercer cajón del segundo armario, revolvió la ropa con las yemas y le quitó las alas a una polilla que guardó en el bolsillo. Encontró la caja de cartuchos. Solo quedaba uno y no tenía idea de a donde habían ido a parar el resto. Quizá a la cazuela en tiempos mejores en los que su madre todavía cocinaba. Un solo disparo efectuado por un niño con tembleque crónico debía acabar con la fiera más inteligente del bosque. Eso si la fiera aparecía de nuevo.

Se tumbó y fue arrastrándose (trazando una línea sobre el polvo) hacia la cama. Al introducirse bajo ésta enganchó el pelo gris de su madre, que protestó con lo que a Pelut le pareció un impecable ladrido. Las tripas de Pelut respondieron hambrientas y él recordó su último almuerzo consistente en una mazorca de maíz, hacía dos noches. Localizó el rifle, salió de la habitación con bastante menos cuidado, tropezando con el cañón habitado por la araña, y bajó las escaleras quejumbrosas en busca del cuenco del gato, en el que dejó inmisericorde la polilla arruinada.


El lobo
Llevaba 32 minutos con el cañón apoyado en la ventana de la azotea y ya había decidido centrarse en otro asunto. La luna huía hacia mejores escenarios y brillaba, en cambio, un abismo de estrellas. La hierba del jardín se mecía tímidamente iluminada, como esquivando las mandíbulas rumiantes de la (ahora) solitaria vaca. Pelut había encontrado una diversión apropiada para una noche de espera: arrancarse costras de las rodillas y tapizarse la cara con sangre. Había cargado el arma y preparado minuciosamente su expresión de cazador frente al pequeño espejo roto en el que se miraba cuando meaba en la palangana. Hasta probó un bocado de la polilla del gato, pero decidió que el manjar no estaba a su altura.

En su opinión, estaba preparado para matar.

Una sombra chepuda se desprendió por la valla de madera, o por lo que quedaba de ella, hasta el jardín, con un contoneo torpe. Aunque recordaba haber cerrado la puerta, ésta se batía contra el umbral insistentemente y los goznes chillaban sombríos. Una estupenda nube cerró el cielo. La sombra aullaba atormentada y la vaca mugía histérica, pisoteando la hierba. Con menos precisión de la deseada, la mira del rifle acorralaba al ánima salvaje que se arrimaba lánguidamente hasta la res. Pelut no esperaba que aquella alimaña de movimientos enfermizos fuera capaz de un salto tan monstruoso. Un destello pálido cruzó el vientre de la vaca y ésta se desplomó callada, mientras la sombra bufaba y se revolvía en un caos de miembros y pelo volátil. Pelut afianzó la culata contra su hombro, aguantó la respiración, cerró los ojos y gastó su único cartucho. El rifle cayó por la ventana, la araña planeó calcinada y Pelut voló un par de metros en dirección contraria, golpeándose la cabeza contra el suelo.

Por la mañana apareció otra vaca muerta en el jardín… pero esta vez no yacía sola. El gato flaco y amarillo combinaba lametazos a la mejilla de Pelut y al charco de sangre bajo sus rizos. Pelut se despertó con una cabeza aerostática que latía como si un tren descarrilase con cada pensamiento. Decidió que las pastillas de su madre le harían bien y fue a su habitación descalzo para no despertarla, cosa harto improbable. No se acordó del incidente del lobo hasta que se percató de que la cama estaba vacía y de que un tufo a sudor inextinguible se había instalado por toda la escalera. Bajó angustiado, comiéndose los labios, y salió al jardín. Como temía, encontró sangre, pelo gris furtivo y a su madre con los incisivos clavados entre dos costillas de la vaca.

Pelut descubrió una mosca posada en su hombro, la atrapó y abrió mansamente la mano. La mosca voló, dibujando zig-zags, inconsciente de su suerte. Pelut entró en casa y puso la cazuela al fuego. Aquella mañana almorzaría carne.