Kurt Albert y el mundo de las posibilidades



En los bosques al norte de Nuremberg, Kurt Albert había encontrado su remanso de adrenalina, cuando a los 14 años se compró un estribo (“era lo primero que comprabas cuando te iniciabas”, explica Kurt) y desató un potencial que haría de él uno de los padres del rotpunkt. Adiestrado y asegurado por un cura (“realmente hacía falta creer en Dios”), a la semana ya era capaz de resolver todos los itinerarios de la escuela y no tardaría en explorar las posibilidades de otras regiones: en la suya “se habían olvidado del libre”. Con la llegada de los años 70, Kurt visitó Elbsandstein donde descubrió y admiró una nueva forma de enfrentarse a una ruta.

Contemplar una escalada libre fue todo lo que necesitó para convertirse en uno de los pioneros del free-climbing en el país de las Ideas, rompiendo con algunos de los estrictos conceptos de la escalada alemana. “Supuso un estímulo para mí. Resolver movimientos imposibles con tu propia fuerza… aquello era una filosofía que hoy se ha convertido en fundamento”. En Elbsandstein conoce a Bernd Arnold, autor del primer grado VII alemán (1970), con quien abre en 1995, la Royal Flush al Fitz Roy, por mencionar una de sus aventuras. “Bernd lleva escalando más de 50 años y todavía está motivado como el primer día. Su vida es la escalada, son las montañas”. Bajo su tutela, Kurt se afiliaría pronto a esta escalada sin medios artificiales de progresión, lo que depuraría un talento que cuajaría con la liberación de largas vías técnicas y la consecución de los primeros VIII, como Exorzist (1977, Frankenjura).

En 1975, en un bar, Kurt Albert se reúne con algunos amigos escaladores, y mientras corren las cervezas, consideran una buena idea pintar un punto rojo bajo las rutas escaladas en libre sin usar los seguros como reposo. El hombre contra la roca, en toda su desnudez. Ha nacido el rotpunkt, y aunque la idea de “manchar” la pared suena a moda juvenil y pasajera para buena parte de los escaladores alemanes, Kurt Albert y el resto de los “Perros del infierno”, como se hacían llamar, logran que su filosofía fecunde, con el tiempo, las escuelas del país. “El rotpunkt soportó duras criticas y fue en realidad pura provocación. Algunos escaladores veían el punto rojo e ignoraban la idea que se escondía realmente detrás. ¿Era acaso el "punteo" un nuevo capricho?¿Una nueva forma de ensuciar la roca? Al contrario, por aquel entonces, Werner Popien, Norbert Sandner, Werner Scharl, Rainer Pickl, Wofgang Fietz y yo ya habíamos pensado mucho sobre el tema. Así pues comenzamos a escalar las rutas ya existentes bajo la filosofía de la escalada libre. Para dar conocimiento de este mérito al resto de la comunidad de escaladores comenzamos a marcar estas rutas con un punto rojo. Fin de semana tras fin de semana nos íbamos desplazando con el cubo de pintura por las paredes de Frankenjura. Para nosotros era una experiencia asombrosa y extremadamente motivadora descubrir lo que era posible escalar en punto rojo”, escribía Albert en "Fight Gravity, Klettern im Frankenjura". Y sigue: “Hasta el momento las vías de Frankenjura representaban únicamente una posibilidad de entrenar para proyectos alpinos. La nueva filosofía del punto rojo nos hizo capaces de desprendernos de este camino: la escalada de despertó del letargo en el que la escalada tradicional lo había sumergido”.


Kurt encuentra a Wolfgang
En 1979, Kurt conoce a Wolfgang Güllich, cuando éste visita por primera vez Frankenjura, atraído por el ambiente pionero de la escuela. Su amistad se alargaría doce años, hasta la muerte de Gúllich en un accidente de coche regresando de una entrevista en unos estudios radiofónicos. En otoño de aquel año, Wolfgang Güllich logró Exorzist, siendo ya por entonces uno de los ejemplos más excelentes de la escalada europea, pero su bautizo en la escuela no llegaría hasta la primavera siguiente, cuando Wolfgang “Flipper” Fietz le preguntó, sin mediar más palabras, cuantas superaciones podía realizar con un solo brazo, pues en su opinión cualquiera que hiciera menos de siete no tenía posibilidades en Frankenjura. “Fietz era un loco creativo”, rememora Kurt Albert. “Escalaba en top-rope porque solo le interesaban los tramos imposibles y tenía su propio sistema de cotación, que iba del 0 al 1: 0 significaba imposible y 1 todo lo contrario”. El rubio Fietz encontró rutas “increíbles” que captaron la atención de Güllich o Jerry Moffat, quien visitó Frankenjura por primera vez en 1983.

“Moffat no tenía trabajo y pasó seis meses en nuestra casa”, sigue Kurt. “Nunca había visto un escalador como él. Le dio un gran impulso a la escalada en Alemania y en el mundo”. Moffat era capaz de hacerse con todas las rutas de Frankenjura a vista, lo que hería humildemente la moral de los locales. “Era un mago, no podíamos creerlo. Le llevábamos a nuestras rutas más duras, en las que habíamos trabajado durante semanas o meses, y Moffat las lograba casi sin esfuerzo”. Kurt deseaba que aquel inglés cayera de una vez, por lo que elucubró una astuta venganza. “Le llevamos a El baile de los perros (7c+). Yo había ido antes para poner crema en dos bidedos indispensables”. Y escondiendo una media sonrisa, se dispuso a asegurarle. “No podía contener las carcajadas a medida que ascendía por la ruta”. Cuando Jerry exclamó “maldito bastardo”, Kurt recibió la confirmación de que las yemas del británico habían topado con su ingenio. “Pero no cayó. Se limpió los dedos y utilizó otro agarre que yo ni siquiera sabía que existía. Era un tipo muy fuerte”.

Junto a Wolfgang Güllich, Kurt sería partícipe de la época más creativa de la escalada mundial, repartiéndose entre ambos los escalones desde el VIII al XI de dificultad, representado por Action direkte (primer 9a de la escala francesa). “Güllich estaba simplemente entusiasmado con la gente del Frankenjura”, dijo Hans Nathan. De entre todos ellos, Kurt Albert fue el amigo más cercano de Güllich, lo que le llevó a compartir su forma de vida y parte de sus pasiones durante más de una década en Oberschöllenbach. Como escribía Tilman Hepp en su biografía de Güllich:
“La calle Mosel se convirtió en el ombligo del mundo de la escalada. Aquí se contaban las novedades, se forjaban planes. […]Casi todos los escaladores famosos del mundo estuvieron alguna vez”. En las pequeñas habitaciones de Wolfgang y Kurt “coincidían más de una vez freaks de la escalada”, que no se refrenaron en sus asaltos a la despensa, ni tuvieron dudas a la hora de usar como catre la bañera. “Del sótano de entrenamiento brotaban a mediodía auténticos rebaños de especialistas de las verticales aún medio dormidos” continúa Hepp.

En ese sótano se había instalado el primer campus board, una suerte de tabla de entrenamiento que Kurt y Güllich habían diseñado y que tuvo buena parte de la culpa de la descomunal potencia de las falanges alemanas. “Entrenábamos como fanáticos”, recuerda Kurt rememorando las 200 tracciones antes del desayuno, las ocho horas de escalada y las 200 tracciones nocturnas con que acababan su jornada habitual. “Esto nos llevó de un modo bastante consecuente al sobreentrenamiento”.

“Güllich fue un hombre de gran ambición, pero no por ello dejó de ser generoso y un buen amigo… ¡y sus vías todavía son una auténtica referencia!”. Con él, Kurt viajó a Yosemite en 1977, una experiencia que reafirmaría toda su filosofía y con la que verían brillar las primeras luces de la mentalidad deportiva en una gran pared, y donde Kurt casi se deja el pellejo mientras se lucía probando un bloque “demasiado alto” ante la evidente atención de dos bonitas excursionistas.

En verano de 1981, Kurt y Güllich, por iniciativa del primero, desarrollaron su faceta alpina, viajando a las montañas de Wetterstein o a la Marmolada en los Dolomitas, y a finales de julio le añadían otro capítulo a la historia de la escalada con Locker vom Hocker, en el Schüsselkarspitze, una ruta que se prolongaba durante nueve tiradas y que supuso la primera ruta en libre de octavo grado en los Alpes. Fueron juntos a las emergentes competiciones de escalada, primero a las de velocidad en Rusia, y luego a las que fueron brotando por Europa, sin demasiado éxito, aunque acabarían como diseñadores de las rutas de algunas de las pruebas más importantes del momento. Tilmann Hepp escribía: “Albert y Güllich poseían el mismo nivel de escalada y los mismos objetivos. Escalaban todos los días, incluso en invierno, cogían una alfombra, la enrollaban y se la echaban a los hombros, y ante la desconfiada mirada de los vecinos la sacaban de la casa, la metían en el coche y se iban a las paredes. Allí desenrollaban la alfombra gracias a la cual disfrutaban de una entrada seca a la ruta. La relación de ambos empezó a cambiar cuando sus perspectivas sobre la escalada adoptaron poco a poco rumbos diferentes”.


Con Santanz (IX, 1980) y Magnet (IX/IX+, 1982) Kurt acaba su aportación al salto en la dificultad, pero no dejó de escuchar esa llamada por la incertidumbre y deseaba transportar el concepto del rotpunkt a las grandes paredes. El enfrentamiento del hombre solo con la naturaleza descontrolada. Consiguió arrastrar a Güllich, que también estaba bastante por la labor, y juntos lograron rutas que son parte de la memoria colectiva, vías cuyos nombres inspiran primero desconfianza y luego una punzante sed de aventura. En el 86 Kurt abandona su trabajo como profesor de matemáticas: “La escalada era una droga para mí. Queríamos crear una aventura completa y renunciamos a la logística complicada. Ya sabíamos que los momentos malos solo servirían para saborear mejor aquello que lográramos”. Esa ética de probar suerte a pelo contra lo desconocido, llevó a Kurt ver un oso polar a cincuenta metros mientras un inuit le explicaba las desventajas de no llevar un rifle o a estar a punto de perder a Stefan Glowacz, otro mito del libre germano, cuando su kayak volcó sobre las aguas árticas (Stefan no volvería a coger un remo). En 1987, Albert libera Los suizos (7b+) a la Cima Ovest di Lavaredo, confirmando su necesidad de plasmar la mentalidad deportiva en pared.

Expediciones en rotpunkt
1988 viviría la “reveladora” expedición que el DAV puso en marcha a las Torres del Trango con dos objetivos, dos rutas nuevas en el pilar noreste de la Gran Torre del Trango (Pilar de los Noruegos) y en la Torre Sin Nombre. Albert y Güllich formarían parte del equipo liderado por Hartmut Münchebach. “Era una experiencia mucho más completa, algo totalmente nuevo”. Kurt explicaría así el estilo de la aventura que iban a “construir”: “La expedición emprendió la tarea de escalar una ruta en rotpunkt, interrumpida por vivacs”. Las jornadas de aproximación les daban la oportunidad de “caminar cómodamente meditando a fondo por una vez sobre tu vida entera”, como contaría más tarde Güllich.

La expedición no llegaría a alcanzar ninguno de sus objetivos, resarciéndose con la liberación de la ruta Eslovena a la Torre Sin Nombre, pero serviría para asumir lo suficiente el capricho del clima asiático como para regresar al año siguiente para abrir Eternal Flame (7b, A2), en el mismo colmillo granítico. La ruta, bautizada en honor de la canción de los Bangles, había sido abierta por Kurt Albert , Wolfgang Güllich, Milan Sykora y Christof Stiegler, aunque los dos últimos regresarían a casa antes de que Albert y Güllich llegaran a la cima, a pesar de la lesión de tobillo de Wolfgang, que superó el trago con un masivo consumo de analgésicos.

La cabeza de Kurt se había vuelto dura como el granito. Estas ascensiones, con parte del riesgo escapando a su control, se revelaban como la evolución lógica de sus actividades. Habían cambiado la concepción de la escalada a través de sus vías y de sus artículos en las revistas especializadas del momento como Rotpunkt y Alpinismus, abierto nuevas fronteras de dificultad e incluso asomado al más allá. “Con las escaladas en solo integral ves la cara de la muerte, hay que estar muy preparado, ser perfecto”, reflexiona Kurt. Wolfgang Güllich, quien en 1986 había escalado sin cuerda Separate reality (7a+, Yosemite) lo definió así: "Quien olvida la cara de la muerte ha perdido en el juego”. Kurt Albert comprobó la franqueza de tal afirmación con escaladas en solo como la de Fight gravity (7a+, Frankenjura), pintado de indio de cintura para arriba, o la de Devil´s crack (6a), disfrazado enteramente de tirolés y en la que permaneció colgado de la mano derecha, y sosteniendo una cerveza con la izquierda, para obtener una fotografía que supuestamente les abriría las puertas de un nuevo patrocinador.

A finales de 1990, tras un viaje en coche por los Estados Unidos, Kurt inició los preparativos para la que sería su tercera expedición a la Patagonia. “Las maravillosas fotografías de las Torres del Paine que aparecen en el libro Cumbre de Chris Bonington, nos fascinaron de inmediato. Ningún escalador puede sustraerse a la idea de echar un vistazo a estos tres pináculos de granito desnudo, compacto y vertical, con mil metros de desnivel. Una nueva ruta en la Gran Torre Central ¡Qué desafío!”, escribiría exaltado Wolfgang Gúllich, quien acompañaría de nuevo a Albert. Al equipo se unirían Bernd Arnold, Norbert Bätz y el fiable Metter Dittrich.

El recibimiento de la Patagonia sería el convenido para este tipo de aventuras: un intenso temporal que les relegó las primeras semanas bajo las copas del escuálido bosquecillo en el que habían instalado su campo base. Semanas nerviosas en la tienda, escuchando el rugir del viento y el precipitarse de piedras, provocaron una intensa necesidad de conocer la pared y al menor síntoma de flaqueza de la tormenta, se lanzaron a abrir Riders on the storm, con la que, tras salir airoso de una escabrosa caída, Kurt se sentiría inspirado: “Hay un ambiente enrarecido, todo está tranquilo pero el ambiente está cargado de una violencia misteriosa. ¿Qué papel juega Dios, o el destino, o la fortuna en este guión?”. Los periodos de inactividad, la fidelidad del mal tiempo y alguna disputa verbal, no acabaron con la paciencia del equipo. El 23 de enero de 1991, Albert y Arnold alcanzaron la cima. Cuatro días más tarde lo lograrían Güllich, Bätz y Dittrich. Aquella nueva ruta, desglosada en treinta y seis largos, tres de ellos de noveno grado alemán y nueve de octavo, asociados con pasajes de A3, magnificaron el arte de la escalada en libre en las grandes paredes. El rotpunkt había irrumpido en las esbeltas agujas de la Patagonia y el Karakorum, y no pasarían ni un lustro antes de que Albert volviera a añadir un hito en las paredes australes de Sudamérica.


La Royal Flush al Fitz Roy, confirmó tanto las capacidades de Albert como su pasión por la Patagonia. “Allí están las montañas más bonitas del mundo. Su granito es perfecto, su paisaje espectacular. Significaba simplemente lo que quería hacer”. Más de 1.300 metros a través de un elegante sistema de fisuras, con dificultades de hasta 7c, pusieron en jaque el pellejo de Albert, Bernd Arnold, Jörg Gershel y Lutz Richter, quienes a pesar de no hacer cima, convirtieron su vía en una de las candidatas a ruta más severa del planeta. Ascendiendo por el pilar este, la expedición se retiró debido a las lesiones de Arnold causadas por una caída de piedras, por lo que unieron su apertura con los últimos largos de El corazón. A Kurt le quedaría una cosa clara: “El Fitz Roy es el rey”.

Kurt en aguas peligrosas
Ha pasado más de una década desde aquella escalada en el Fitz Roy, y Kurt no ha perdido esa mirada sencilla con la que parece hacerte partícipe de todo lo que cuenta, desde sus viajes a Groenlandia con Glowacz a su exploración de Madagascar con Arnold . “Mi vida ha sido un sueño, y aún me gusta tanto como antes”. En los últimos años se ha dedicado a combinar escaladas en su escuela “natal”, expediciones autónomas en Patagonia o Venezuela, con las correrías en kayak que están “alegrando” sus viajes últimamente. “Hago ríos bravos, pero nunca hasta el último grado, he llegado al 4 o 5 (solo hay seis). Para mí es un medio más de conocimiento”, explica el alemán. “Es una actividad en la que difícilmente te pueden ayudar tus amigos. Tienes que ser muy consciente de tus capacidades, no hay espacio para el error”.

Kurt, que ha encontrado en esta disciplina “más peligrosa que la escalada”, sigue orquestando planes para el futuro. Circunnavegar Mallorca es una de sus pretensiones. “Será arriesgado y tengo que prepararme bastante. Ya lo he intentado pero el mal tiempo me obligó a dejar reposar la idea”. Pero no solo de remos vivirá Kurt en los próximos años y ya sueña con su regreso a Patagonia o a los Tepuyes venozolanos, cuya aproximación descubriendo los incisivos secretos de la selva son “parte de la sal de la vida” para Albert.

Ha dejado atrás etapas, metas, encendiendo a los que le han seguido a través de sus vías o de sus historias. Kurt Albert es el rotpunkt, es el inventor loco, es el ser victorioso frente a lo que se consideraba imposible por tradición. Contempló un mundo descomunal de posibilidades y le echó el lazo, haciéndose un hueco entre las ilimitadas ilusiones verticales.

Publicado en la revista Escalar nº62

1 comentarios:

Xuan dijo...

Enhorabuena por el premio.

Cambiando de tema ¿Dónde andas?