
Crispín se soprendió mucho cuando encontró el cuerpo de su compañero de oficina, Billy W. Bolsh, esparcido sobre las vías del tren. Lo había visto hacía apenas dos horas, durante el almuerzo, incluso había charlado con él, cosa que no solía hacer pues las diferencias entre ellos eran muchas. Apenas reconocía los pedazos, solo la cabeza parecía incolumne al hecho de que acababa de ser separada de su soporte. No parecía triste, solo vacía.
Por la mañana, todavía aquejado del crónico madrugar, Crispín se había fijado en W. Bolsh. Vestía de gris, miraba gris, hablaba gris. Definitivamente le había parecido abatido. No tanto como para pensar que pudiese poner fin a su vida. Quizá si irse al bar, engañar a su mujer, perder mucha dignidad y volver a empezar. Esa si hubiese sido una salida razonable.
A mediodía se convocó una reunión. Tras los cristales del despacho del jefe se despejaba un día por lo demás oscuro. Llovía tímidamente, provocando un sordo murmullo en el exterior. Cuando se preguntó quién iba a encargarse del seguro de la viuda Walsh, Crispín cerró los ojos, esperando que le cayera el muerto encima. Billy W. Bolsh se adelantó, reconociendo cierto interés por las circunstancias de la muerte: el Sr. Walsh se había suicidado utilizando aceite de motor y litio. Una agonía lenta, en opinión de Crispín. Y así se lo haría saber a Bolsh, durante el almuerzo.
Escogieron el Chiken Rey: los dos querían comer algo rápido y grasiento. Por primera vez habían coincidido en algo.
– Yo solo hice fotografías– sentenció Crispín antes de escoger una mesa. Las camareras bailaban con zapatos blancos, sin mirar a nadie, llenándose los oídos de súplicas y quejas y las manos de platos sin apurar. –Chiquita, dos cervezas –hizo saber a una camarera que trataba de escapar.
Crispín todavía tenía una perspectiva fragmentada de la escena de la residencia Walsh, pero desde luego sabía ser muy rápido en los bares. Apuradas unas jarras y sus hermanados platos de aceitunas, describió el cuerpo retorcido del Sr. Walsh, su mandíbula desecha por el dolor y la expresión pávida de la viuda.
–No sé, chico. Una tortura. Hay métodos más sencillos.
Billy W. Bolsh esbozó casi media sonrisa ante la acidez de su compañero, lo que Crispín interpretó como un síntoma de ansiedad. No tenía un buen concepto de su compañero, y en su opinión nunca sería así, pero decidió que aquella cara resbalosa afrontaría mejor su trabajo con algunos ánimos.
–Malos tiempos ¿eh, Bolsh? – siguió Crispín, alzando la mano en pos de la atención de una camarera. –Hay días que uno se levanta como si hubiese dormido bajo un elefante. ¿Sabes lo que hago entonces? –Bolsh, negó con la cabeza, entornando los ojos y pareciendo prestar atención a su compañero por primera vez. –Camino dos, o tres millas, hasta estar lejos del alcance de los cláxones y los ascensores, y me siento sobre las viejas vías del tren. Se está cómodo allí. Espero, a veces durante horas, al primer tren que pasa. Siempre el mismo: Topak-Belgrado, con su desgastada línea amarilla. En las ventanillas no consigo distinguir a nadie, pero imagino un asiento libre junto a una mujer bonita. Puede que sea la forma de recordarme que todavía me queda una salida. Coger un tren y no volver. ¿No te parece un sueño?

2 comentarios:
Seguro que fue un accidente :D.
Desde luego, cuando ves la muerte tan de cerca a diario, lo más lógico es que termines por banalizarla. Hasta que te toca a nivel personal, claro...
Lo que más me gusta de este relato es la atmósfera angustiosa en la que transcurre. Parece que el tiempo no pasa. Es gris...
Claro, coincido con el comentario de Arancha, esa atmósfera de angustia y desesperación es el delgado hilo que une la trama.
Saludos.
Grises
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