El onanismo masculino es bueno (el de la mujer prefiero seguir investigándolo antes de emitir un juicio). Es el mejor invento del hombre para el hombre, muy por encima de las sobrevaloradas Guillete. El onanismo es bueno, cuando los callos se reblandecen dichosos en la Zona Viril (que para muchos va desde las rodillas hasta el ombligo, independientemente de la longitud de uno). Pero hay un onanismo pernicioso que afecta por igual a tipos de cualquier condición, tipos bajos y tipos altos, en varios sentidos: el Onanismo Mental. Ese que lleva a la masa a creerse todos mejores que todos y al individuo a hacer lo que le dicten sus dos ilustres pelotas. Y eso que el concepto es práctico, cuando no interfiere en el modus vivendi del prójimo que, curiosa y tristemente, el otro día era yo.
Tranquilo, quizá lúcido por la huída del sol, salí de casa para comprar tabaco. En la puerta del estanco, como hundido en sí mismo, esperaba un señor (debía de ser señor porque llevaba corbata, aunque a mí me pareció un hijoputa). Sostenía un vaso del que arrancaba un tintineo vago que hacía sospechar que no era su mejor día. Atendiendo al siempre renovado precio del tabaco y a las pocas monedas que encontré esparcidas en la mesa, iba con lo justo. Cinco céntimos me sobraban. Y tampoco estaba seguro de ello.
La moneda tocó el fondo del vaso alegremente, a pesar de que no me gusta la extorsión.
Ya me regocijaba yo en mi bondad, buscando entre la clientela una femenina distracción, cuando el señor me escupió en la chaqueta. A la vista de las pintas del colega, que lo único que lucía salubre era la corbata (y no quiero saber por qué), fue como si me vomitara el hermano bulímico de Falete. Un horror.
Las más de las veces uno se la envaina ante una situación semejante. Deja que la propia realidad del momento (Toxicómano Retirado vs. Joven del Montón) ilumine la escena como merece. Eliminar los factores radicales. Pero no. Evaluando la posibilidad de mi futuro al entrar en contacto con la sangre de aquel señor, y la posibilidad de que fuera yo quien recibiera la paliza, me decidí por hablar. Esta es la transcripción del brillante diálogo:
–Pero macho, ¿a ti qué coño te pasa?– dije yo.
–Cabrooooooooooooón. Más que cabroooooooón– respondió él con voz de lija, mirando el lúgubre fondo de su vaso.
Y se acabó. Eso fue todo lo que compartimos. Dos frases y su saliva. Compré el tabaco. Había calculado bien. Me limpié el monumental lardo con una lista de la compra de diciembre que llevaba en el bolsillo y me largué de allí para, tras semejante muestra de la capacidad humana para la anormalidad, fumarme un cigarro.
–Cabrooooooooooooón– se escuchó de nuevo, esta vez como en la lejanía, cuando al marcharme escupí en su vaso.
Como decía, la masturbación es buena. El tú me masturbas a mí y yo a ti, es mejor. Pero el Onanismo Mental es puro egoismo. Provoca que veamos el resto de cosas por debajo de nuestra barbilla, que la razón –por supuesto– se escurra siempre hacia nosotros y que aquí, en la ciudad maldita del hermoso cielo, tengas que caminar como un ciego malvado al que le acaban de regalar un bastón de veinte metros.


4 comentarios:
A veces la realidad supera la ficción, no se qué es lo que me ha dado mas miedo de todo.
Buenas noches.
PD:Una pena perderte de clase, ahora que llegaba el buen tiempo y había posibilidades de verte sin gorro...
Gracias por el comentario.
Yo también tengo mucho miedo.
Llevo gorro, nieve o abrase el sol.
Nos vemos cuando los astros salgan y los demonios palidezcan.
Ayer vi palidecer un demonio, ¿qué crees que significa?
Me pregunto que habrá debajo del gorro.
Que mamón, colega.
Te echamos de menos en clase, tío.
Publicar un comentario en la entrada