Trilogía del cementerio: Y un poco de paz

Es increíble como una tapa de madera puede aclararte muchas cosas. O tal vez sean los kilos de tierra sobre ella. Lo que es seguro es que uno tiende a simplificar la existencia cuando la muerte ya no es una incógnita.

En mi opinión no me merecía morir. ¡Diablos, ni tan siquiera me lo esperaba! Pero en estas me veo, rodeado de otras tapas de madera y otras flores, a pocos palmos de distancia. Y aunque digan que todos morimos solos, solemos tener mucho ambiente. La señora Ruiz discute con el señor Ruiz todo el tiempo, seguramente por la misma inercia que les llevó a la tumba. A ella nunca le gustó el epitafio que escogió su marido: "Señor recíbela con la misma alegría con que yo te la mando".

Margarita, a la que le mordió una serpiente, se pasa el día llorando, excepto cuando viene su marido cada primero de mes, entonces canta algo de Gloria Lasso. Por pura falta de oído y talento, todos preferimos que llore.

Pedro el panadero está hecho de otra pasta. Apenas abre la boca pero en las pocas ocasiones que lo hace detenemos nuestras penosas quejas para escucharle. Tuvo mucho tiempo para pensar mientras amasaba hogazas para toda la comarca, seguramente porque allí solo vivíamos cincuenta personas. La mayoría está ahora ocupada criando malvas a mi alrededor, mientras el resto ya ha reservado su eterna finca de dos metros.

Se respira tranquilidad, aunque ¡hay tantas cosas que echo de menos! Una partida de ajedrez, una jornada de caza y ¡diablos! sobre todo una mujer. Ramiro, que se ahogó intentado
sacar a su collie del río, suele comentar que la vida (es irónico el tipo) no es lo mismo sin un rebaño que guiar. Amelia Coto, bastante popular en sus años tiernos, todavía espera a que alguien se le ocurra llevarle un transistor para seguir a Lucecita hasta la capital. El señor Ruiz está de acuerdo en que lo que menos abunda por aquí son las mujeres.

Llevábamos la tierra en los huesos, no es tan raro que finalmente acabáramos en ella. Lo que me cabrea fue la repentina transición. Para los que no lo sepan, un perdigón en el ojo puede traer complicaciones eficaces. Más aún si es tu sobrino medio imbécil el que intenta sacarlo. El hombre es una pieza fácil de aniquilar, aunque sea un perfecto inútil el que descargue la posta lobera.

No es cuestión de quejarse, pues ya hay poco que alguien pueda hacer por mí. Y es curioso descubrir que es al final cuando todo continúa.

1 comentarios:

Arancha dijo...

¿Ahora te falta la tercera,no?
La segunda me recuerda a Pedro Páramo, ja,ja. La primera me da miedo. Los niños son siempre inquietantes...