–¿Por qué vinimos? ¡Mamá nos matará! La hermana que lloriquea encoje los hombros y se agarra las coderas de su áspera chaquetilla azul, mirando frenéticamente cada pedazo de piedra: Amelia Coto…. 1904-1962; Felipe Yagüe… 1895-1955; La Rosa… 1937-1960; fechas, nombres… tratando de memorizar cada lápida, aunque cuando quiere recordar la siguiente ya se ha olvidado de la anterior. –Mamá está muerta –responde la mayor, si bien sabe que es precisamente eso lo que más aterra a su hermanita. –Es el camino más rápido a la escuela. –¡Mientes, mientes!–replica la pequeña, más enfadada ahora que asustada. ¡En cuantos líos la habrá metido su hermana! Cuatro zapatitos negros avanzan apocadamente por el descalabrado camino. Hay una ráfaga de viento, que viene y va, agitando sus faldas gemelas. Se oye el chocar de una virgen dorada contra el tronco de un ciprés desnudo de hojas. Olor de la tierra mojada y pocha, de la que surgen matorrales famélicos, como pulpos boca abajo. –¡Corre, ven! – se excita la mayor, deteniendo su carrera frente a una cruz azul, tallada de espirales, bajo la que crecen, asilvestradas, flores de todos los colores, o por lo menos de todos los que las hermanas creen recordar. –¿Aquí está mamá? –Aquí es. ¿Ves las flores? Mamá era muy alegre. La pequeña niega con la cabeza, poniéndose en cuclillas, encajando sus manitas blancas bajo las corvas. –Nuestro padre nunca ha dicho eso –se enfurece. –Pero yo lo sé. ¡Mira las flores! No hay más flores en el cementerio. Ni más lápidas que no sean grises. –Mamá era una egoísta. La mayor empuja a su hermana, dando ésta con el pelo en el barro. –¡No digas eso! –¿Por qué no? ¡No sabes nada de ella! –Sí lo sé. Mamá era muy alegre. ¡Mira cuantas flores! Con sus manitas blancas, manitas de hueso, la menor arranca una de las flores, no sin mucho esfuerzo, y algo de pena, y la posa a la sombra de la lápida más cercana. Y sigue haciéndolo, mientras su hermana mayor trata de impedirlo con empujones e insultos, arrojándola al barro, tirándole del fino pelo. Cada flor se resiste más que la anterior, pero al final ceden, aunque causando estragos en las palmas vírgenes de la hermana pequeña. Sobre las lápidas más gastadas arroja las flores más deslumbrantes. ¡Hay tantas! Las arranca y las acomoda, menos una, una margarita viva, amarilla muy amarilla, que ya no necesita, pues todas las lápidas alojan ahora una flor. Y se para a contemplar su dolorosa obra, mientras la mayor, consternada, patalea y llora por el arruinado oasis de su madre. Entonces la hermana menor, con una sonrisa como la luna creciente, exclama: –Tenías razón… ¡mira cuantas flores!¡Mamá era una mujer muy alegre!
Un cementerio partido en dos por una tímida franja de arena que algunos llamaban camino, aunque ya ni los ratones se atrevan a usarlo. A ambos lados de la franja, lápidas, no muchas, comidas por las plantas, castigadas por la lluvia, como orejas de la tierra que ya no quieren escuchar. Dos niñas. Una embriagada por las historias, por las cadenas y las sábanas de tela. La otra, lloriqueando resignada ante la desventura de tener una hermana adicta a los problemas. Y un pueblo, cada vez más reducido a vigas de madera y piedras en el suelo. Un esqueleto de pueblo, cuya mayor gloria es una Iglesia blanca, visible desde varios kilómetros, que apunta al cielo casi solicitando un auxilio divino, cuando menos, mucho más cáustico de lo prometido en los seminarios.
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Es increíble como una tapa de madera puede aclararte muchas cosas. O tal vez sean los kilos de tierra sobre ella. Lo que es seguro es que uno tiende a simplificar la existencia cuando la muerte ya no es una incógnita.
En mi opinión no me merecía morir. ¡Diablos, ni tan siquiera me lo esperaba! Pero en estas me veo, rodeado de otras tapas de madera y otras flores, a pocos palmos de distancia. Y aunque digan que todos morimos solos, solemos tener mucho ambiente. La señora Ruiz discute con el señor Ruiz todo el tiempo, seguramente por la misma inercia que les llevó a la tumba. A ella nunca le gustó el epitafio que escogió su marido: "Señor recíbela con la misma alegría con que yo te la mando".
Margarita, a la que le mordió una serpiente, se pasa el día llorando, excepto cuando viene su marido cada primero de mes, entonces canta algo de Gloria Lasso. Por pura falta de oído y talento, todos preferimos que llore.
Pedro el panadero está hecho de otra pasta. Apenas abre la boca pero en las pocas ocasiones que lo hace detenemos nuestras penosas quejas para escucharle. Tuvo mucho tiempo para pensar mientras amasaba hogazas para toda la comarca, seguramente porque allí solo vivíamos cincuenta personas. La mayoría está ahora ocupada criando malvas a mi alrededor, mientras el resto ya ha reservado su eterna finca de dos metros.
Se respira tranquilidad, aunque ¡hay tantas cosas que echo de menos! Una partida de ajedrez, una jornada de caza y ¡diablos! sobre todo una mujer. Ramiro, que se ahogó intentado
sacar a su collie del río, suele comentar que la vida (es irónico el tipo) no es lo mismo sin un rebaño que guiar. Amelia Coto, bastante popular en sus años tiernos, todavía espera a que alguien se le ocurra llevarle un transistor para seguir a Lucecita hasta la capital. El señor Ruiz está de acuerdo en que lo que menos abunda por aquí son las mujeres.
Llevábamos la tierra en los huesos, no es tan raro que finalmente acabáramos en ella. Lo que me cabrea fue la repentina transición. Para los que no lo sepan, un perdigón en el ojo puede traer complicaciones eficaces. Más aún si es tu sobrino medio imbécil el que intenta sacarlo. El hombre es una pieza fácil de aniquilar, aunque sea un perfecto inútil el que descargue la posta lobera.
No es cuestión de quejarse, pues ya hay poco que alguien pueda hacer por mí. Y es curioso descubrir que es al final cuando todo continúa.
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